lunes, marzo 06, 2006

Intercruce (Los Exhibicionistas)

Este cuento lo escribí en septiembre de 1970, y ganó el concurso de cuento de Palabra. No se publicó en ese periodiquito a solicitud de Mauricio Brehm, "para no escandalizar a padres de familiar". Dos de los tres jurados le dieron el primer lugar. El otro, el maestro Nogueira, de historia, dijo que era pornográfico. El lector juzgará.



Intercruce (Los Exhibicionistas)


Luciano Gómez llegó cansado a su casa. Odiaba el calor de la tarde y, habiendo regresado de la universidad, tenía el calzón húmedamente pegado al cuerpo. Maldijo al sol y se dio un baño.
Luciano Gómez estudiaba tercer semestre de diseño industrial –“la carrera del futuro”-, orgulloso producto de su familia, tenía muchos amigos, dinero y un perro.
Salió del baño en cueros –previo vistazo por si la sirvienta-, se cubrió con los calzoncillos y una sudadera que abrigara. Puso el tocadiscos y se sentó en su escritorio pensando en nada.
Ruidos de mujer en la planta baja, pasos saltones en su cuarto, y un beso con nicotina: Marcela.
-Quihubo primito, tan guapo como siempre.
-Qué tal, prima.
-Oye, estás hecho un cuero, ¿eh?
-Asegún.
-N’ombre, qué música más in. ¿Quiénes son?
-Delaney & Bonnie & Friends with Eric Clapton.
-Pues traen un ondón loco. Oye, ¿sigues siendo tan brillante como siempre? Ya sabes, puros dieces y eso, porque tú eres un experto en el arte de la cultura.
-No primita, ya se acabaron los dieces. Ahora califican con letras.
-¡¿Y en el arte del amor?! Porque tú tienes que ser hombre y para serlo deveras hay que dominar el arte de la cultura y el arte del amor. De los dos hay, primito, y eso es lo que nos gusta a nosotras las mujeres.
-No prima. Arte no es cultura.
-No importa, tú me entiendes, ¿verdad primín? Oye, estás hecho un cuero.
Marcela está bailando a la música de Delaney & Bonnie & etcétera. Su primo, Luciano Gómez, la mira con sonrisa disimulada, con lástima disimulada, con deseo, con lascivia.
Marcela llegó sin avisar, de improviso. Llegó para mostrar de nuevo ese inusitado interés que siempre tuvo por Luciano. Ahora bailaba, según decía, porque la música le traía muy buena onda, pero en realidad lo hacía para poner un show. Bailaba para Luciano.
-Oye primo, tu cuarto está lo máximo y esos posters, camarísima.
-Gracias. ¿Por qué tu visita?
-Vine con mi mamá, a devolver unas cosas. Luego luego me jalé para verte. Tu mamis no me quería dejar porque quesque andabas desnudo, yo le dije que mejor y qué lástima que no te encontré en pelotas, pero qué bueno que te encontré así, porque se ve que estás hecho un cuerazo.
-Se escuchan ruidos, ahí vienen las viejas.

Mami-de-Luciano y Mami-de-Marcela entran al cuarto del hijo prodigio.
Mami-de-Luciano enseña con orgullo los cientos de libros de éste. Mami-de-Marcela se interesa mejor por las decoraciones en las paredes: el poster de Emiliano Zapata, por ejemplo. Mami-de-Luciano aprovecha para presumir de lo "grubi" de su hijo o, como él dijera, "de lo muy acá".
A Mami-de-Marcela no le interesa eso. Se concentra en la foto de cierto bicle barbón acostado junto a lo que parece un japonés homosexual de piernas zambas. "A esa bola de mugrosos los deberían de correr del mundo", dice.
Marcela, siempre a la defensa de la juventud, reacciona y se opone:
-Dirás lo que quieras mamá, pero para que se te quite lo habladora, te voy a hablar en concreto, ¿verdad primo? (léase complice): a Juan y Lloco les tomaron unas fotos haciéndose el amor y ¿por cuánto crees que las vendieron en Londres? Pues por 300 libras. Sí, trescientas ¡libras!
-Pues han de haber sido unos imbéciles.
-No comprendes a la juventud, mamá. ¿Verdad, primito?
Primito sonríe y asiente sin asentir. Piensa en otra cosa.
Mami-de-Luciano hace alusión a la música -"la eternamente esquizofrénica música juvenil- Marcela, para no perder la práctica, empieza a emitir sonidos de sus vocales cuerdas:
-Ese sensass disco lo anduve yo buscando por años, por siglos, por milenios, y no lo encontré. Es algo fabuloso, ¿verdad Luciano? Es una suerte que lo hayas podido conseguir.
-Lo compré en Gurú. Me salió carísimo.
-Pero bien vale la pena, ¿no? Oye mamá, ya vete ¿no? Estoy hablando con mi primo. ¿No, vete, no? Porque ustedes los adultos no nos comprenden a nosotros los jóvenes. ¿Verdad primo que ellos los adultos
no nos comprenden a nosotros los jóvenes?
Luciano mira hacia la puerta haciendo disimulo. Su prima lo imita y suspira al ver que las villanas se han retirado al fin.
Marcela dice ah y cierra la puerta. Ríe muy en silencio, pone cara de traviesa y se acerca al punto en donde está Luciano sentado: "Yaséquéquierestaniñaloca".
Ella lo toma del cuello y le da un beso en la mejilla, otro cerca de la boca -"está buena"- y le dice al oído "estás hecho un cuerazo primazo". Luciano ríe con risa de sicólogo. Marcela lo sigue abrazando y le dice que si no estuvieran aquí mi tía y mi mamá palabra que me encerraba tres días contigo cuero, te exprimía todito cuero, le vuelve a besar la mejilla, ahora suavemente. Suspira, toma su cigarro del cenicero, le da una última y contraída aspirada, y lo aplasta desfigurándole el filtro blanco.
Ahora Marcela está más calmada y se sienta en el escritoria, abriendo las piernas. Su primo mira, pero no hace nada. Ella recuerda que es de ondísima y salta a bailar otra vez, a hacer el show.
-Luci... ¿sabes de la última moda en baile?... es muy acá, como gallinita. Así (baila como gallinita), lo ultimísimo en Los Angeles y San Francisco. Lo último, yo te lo aseguro.
-¡Qué interesante!
-No seas irónico, primo-cuero.
-Ven.
Luciano hace una seña con la mano. Marcela obedece y corre a los brazos seudoincentuosos de él. Dice primo te adoro y se trenza con él hasta tirar la silla. "A la cama, a la cama". Besos, remordimientos instantáneos, más besos. "¡Cómo has crecido, Luciano", dice ella con una sonrisa golosa. Marcela le muerde la oreja en lo que él cae en su orgasmo inútil ("encarcelado", diría después).
Mami-de-Marcela llama a su hija. Esta se levanta con pereza, se medio arregla y baja hacia adonde la esperan. Luciano se queda arriba, no piensa en nada, o lo olvida todo hasta que oye un "adiós cuero" que se va apagando. Luego el motor del coche. Al rato silencio. Al rato nada.
Bajó a cenar. Quiso reirse con su madre. No pudo.

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