viernes, marzo 13, 2026

Cuba y Numancia

 


Numancia fue una ciudad celtíbera famosa porque a la República Romana le tomó más de dos décadas conquistarla, lo que finalmente logró a través de un cerco, que cerró todas las vías de suministro de aquella población. Tras quince meses, la hambrienta y enferma Numancia se rindió, pero la mayoría de sus habitantes se suicidó, luego de incendiar la ciudad para evitar que cayera en manos de los romanos.

En 1990, cuando, durante el proceso de caída de la Unión Soviética, Cuba se quedó sin los subsidios que mantenían precariamente su economía, el líder socialista español Felipe González advirtió a Fidel Castro que Cuba debía incorporarse a la apertura latinoamericana entonces en curso. De no ser así, consideró, habría “grandes problemas en la inserción de Cuba en el mundo futuro”.  Fidel respondió que no aplicaría “recetas de otros países”, y González calificó ese rechazo a una apertura democrática como “la estrategia de Numancia”.

No es que el dirigente español hubiera pedido una democracia liberal; lo que sugería era una suerte de perestroika tropical, que pudo haber marcado una transición paulatina del régimen totalitario hacia otro tipo de socialismo. Pero Castro prefirió la resistencia, que también era reticencia a dejar cualquier migaja de poder.

El caso fue que, como profetizaba Felipe González, en las siguientes décadas hubo grandes problemas en la inserción de Cuba en el mundo. Esos problemas fueron, por un tiempo, medianamente paliados por asistencia extranjera diferente de la desaparecida URSS, pero de países igualmente confrontados con Estados Unidos. Una ayuda cada vez más magra. Lo que no varió fue la incapacidad del sistema económico cubano para ser mínimamente productivo. Ineficiencias tan grandes que aquello se convirtió en una red de agujeros.

En lo interno, todo pequeño intento liberalizador en lo económico, que solía traer mejoras marginales en las condiciones de vida de la población, se topó después con retrocesos que, a nombre del purismo socialista, volvían a generar pobreza generalizada. Y en lo político, Cuba fue pasando de un Estado unipartidista con tintes policíacos, que permitía un poco de discusión, acotada “dentro de la revolución”, a una dictadura pura y dura, ahora encabezada por un burócrata y no por caudillos. Mientras tanto, se cristalizó la división de la población por estamentos: hasta arriba, la nomenklatura y los altos mandos del ejército; luego, los “enchufados”; más atrás, los que sólo tienen FE (Familiares en el Extranjero, que les mandan ayuda); hasta abajo, la mayoría del pueblo. Todo, en medio de una corrupción creciente.

Esta combinación de circunstancias ha devenido en un cambio social de actitud hacia la revolución y hacia la vida misma. Lo que hace más de medio siglo fue entusiasmo, se convirtió, primero, en la filosofía de aceptar lo existente (la libreta de racionamiento, los Comités de Defensa de la Revolución, el Granma) a cambio de “no virar p’atrás” y ahora, en una molestia y desazón muy amplias, porque no hay “p’atrás”, pero tampoco “p’alante”. La cubana es una sociedad asfixiada y reprimida en lo político, con carencias indecibles en lo económico y sin perspectiva de futuro.

Durante décadas, el llamado bloqueo estadunidense sirvió solamente para que el régimen cubano pudiera justificar carencias, apreturas y medidas represivas. El embargo ha tenido fases de endurecimiento y de reblandecimiento, pero los efectos en la economía cotidiana de los cubanos en ese vaivén han sido mínimos. El caso es que el sistema económico no funciona. Recordemos que la crisis de electricidad lleva décadas y que ya había arreciado antes de la llegada de Trump al poder en Estados Unidos, con el nuevo apretón de tuercas.

Aunque ya no es una amenaza directa a la seguridad estadunidense, hay motivos de política interna e internacional que explican el apretón trumpista sobre Cuba. Los primeros tienen que ver con la necesidad de apoyo a los republicanos de parte de la influyente comunidad cubana en EU, sobre todo en Florida y con la imagen de destructor de enemigos que Trump se quiere forjar. Los segundos, con el propósito hegemónico de tener bajo control todo el continente americano y abrir espacios, hoy cerrados, para las empresas estadunidenses.

Para ese propósito, lo que menos le preocupa a Trump es la situación dramática que vive el pueblo de la isla, que ya está alcanzando proporciones de catástrofe humanitaria. Se trata de una lenta asfixia, a partir -regresando al símil numantino- de la estrategia del nieto de Escipión de cortar los suministros vitales para los asediados.

El otro lado del problema es que, hasta ahora, la dirigencia de la dictadura cubana está aferrada a la estrategia numantina, reacia a cualquier cambio y dispuesta, en la práctica, al equivalente a un suicidio colectivo. Salvar por un rato el propio pellejo y que se joda la chusma. Para ello, no ceder ni un ápice, y llenarse la boca de retórica antiimperialista, que algunos en la isla repiten, pero en la que ya nadie cree. De cualquier manera, no será tan fácil para Trump encontrar en las fuerzas armadas cubanas la poca resistencia con la que se topó en Venezuela.

Hay quienes recuerdan, románticamente, la de Numancia como una resistencia heroica. El caso es que fueron derrotados y aquella región terminó siendo romanizada. No hubo medias tintas. Y el recuerdo no sustituye las vidas perdidas.

México ha sido un amigo histórico de Cuba y ha servido muchas veces de puente en sus complicadas relaciones con Estados Unidos. La amistad verdadera está precisamente en esa función de puente, no en identificaciones románticas e ideologizadas con la esperanza que alguna vez significó la Revolución Cubana, traicionada hace décadas. Si uno piensa que hechos son amores, lo conducente sería -más allá de enviar ayuda humanitaria básica- mediar para evitar que Cuba se convierta, de verdad, en una Numancia del siglo XXI. Y eso implica dejar el apoyo incondicional a una dictadura que no lo merece.


jueves, marzo 12, 2026

México en el Clásico Mundial 2026

 



El equipo mexicano de beisbol llegó al Clásico Mundial con la expectativa de poder alcanzar, de nueva cuenta, las semifinales. Terminó eliminado en la primera ronda, por tercera vez en seis ediciones. La expectativa no era descabellada, porque su line-up contaba con varios jugadores estelares de Grandes Ligas y en cuartos de final le tocaría enfrentarse con los clasificados del grupo más débil y parejo. El problema que muchos -pero no todos- vieron antes del torneo era la escasa cantidad de abridores de calidad y algunos otros huecos en el staff de lanzadores.
El tema se complicó con el asunto de los reaseguros para algunos peloteros de Grandes Ligas que se habían lesionado la temporada anterior. Eso dejó fuera a uno de los toletes más importantes: el antesalista Isaac Paredes, así como -de nueva cuenta- a Ramón Urías. Otras bajas notables fueron Luis Urías, aparentemente lesionado en un juego de preparación, José Urquidy (lo que, de todos modos, pienso, no influyó demasiado) y el relevista Manuel Rodríguez, todavía en recuperación.
Los infielders fueron sustituidos por los jóvenes ligamayoristas Nick Gonzáles y Nacho Álvarez Jr, como titulares y Mateo Gil, en la banca. Eran opciones bastante razonables, incluyendo al hijo del manager, sobre todo a la defensiva, pero quedaba claro que el bateo ya no sería tan poderoso. Había una clara diferencia entre la parte alta y la baja del orden al bat. 
Donde hubo más problemas fue en la composición del cuerpo de lanzadores. Si bien México pudo adicionar algunos relevistas de calidad, nunca tuvo la tercia necesaria de abridores y el bullpen incluyó algunos favoritos de Benjamín Gil, que habían dado evidencias de no estar en buena forma y a la hora de la verdad no pudieron con el paquete. Hubo una diferencia crucial respecto al Mundial pasado: en 2023 tuvimos cuatro abridores ligamayoristas y dos relevos largos; en 2026, dos abridores de MLB y uno de las ligas locales; ningún relevo largo. Se suponía que el límite de pitcheos en la primera ronda permitía hacer juegos casi de bullpen... pero para eso, los abridores tenían que durar y los relevistas no podían fallar.
El resultado es decepcionante, pero más que nada por el juego definitivo contra Italia, en el que fallaron varios relevistas, y el equipo se fue de 8-0 con corredores en posición de anotar. 
Veamos partido por partido. 

Una paliza engañosa, México 8, Gran Bretaña 2

En el pasado Clásico, los representantes de Gran Bretaña nos habían pegado un susto, y ahora tenían a Jazz Chisholm Jr, por lo que no había que confiarse. Por México abrió Javier Assad, de buen desempeño en 2023. Era también la señal de que lanzaría contra Italia en el juego definitivo del grupo. El tijuanense lo hizo bien, pero los bates mexicanos no tronaron ante el abridor Anderson, salvo un tablazo solitario de Nacho Álvarez. Tampoco hicieron nada ante el siguiente relevista, y Gran Bretaña empató ante el relevista Carrillo, de los favorecidos por Gil. Pero hubo un momento en el que el tercer relevo británico falló, a partir de que lo agarraron los nervios tras un mega foul de Jarren Durán en la octava entrada y vino la andanada mexicana (gran jonrón de Jonathan Aranda), que se prolongó con los siguientes brazos británicos. Empezó a verse un patrón en el line-up nacional: impotentes ante algunos pitchers, eficientes ante otros. El marcador final no da cuenta de que el partido estuvo muy tenso hasta las dos últimas entradas y que Gran Bretaña pudo en un momento irse al frente, de no ser por un tirazo de Arozarena a home, y que Alejandro Kirk se fajó para sacar ese out vital.

Slugfest y nocaut, México 16, Brasil 0 
 

A diferencia de lo sucedido en el primer juego, desde la primera entrada los cañones mexicanos tronaron, y lo hicieron a lo largo de todo el partido. La escuadra brasileña enseñó su novatez, y los tricolores se cebaron ante ellos. A Taijuan Walker le tocó de nuevo lanzar contra el equipo del grupo más débil en el papel, y lo hizo correctamente, aunque se llenó rápido de pitcheos. Gil utilizó a sus relevos jóvenes y, hacia el final, puso a jugar a la banca, que también pudo aprovechar la práctica de bateo. La paliza, que acabó en sólo 6 entradas, generó grandes expectativas, sin ver que Brasil era, de lejos, el equipo más débil de todo el torneo.

Cruz de olvido, México 3, Estados Unidos 5 

Una prueba del respeto que había generado el equipo mexicano es que EU dispuso que su mejor as abriera contra la escuadra nacional. Paul Skenes tuvo a México comiendo de la mano durante las cuatro entradas que lanzó. Por México abrió el veterano Manny Barreda, signo de la escasez de abridores de alta gama; Manny se llenó de pitcheos pero cumplió al colgar dos trabajosos ceros ante el trabuco gringo. Luego vino la equivocación de Gil: mandó a su consentido Jesús Cruz a lanzar. El potosino, que juega en el beisbol local luego de los Rocket City Trash Pandas -equipo de AA de Alabama- lo dejaran ir, hizo implosión velocísima. Recibió cuadrangular de dos carreras de Aaron Judge y, aunque se le embasaron dos de los siguientes tres rivales, Benjamín Gil lo dejó enfrentarse a Roman Anthony, quien despachó otro vuelacercas para poner la pizarra 5-0. Lo cambió tarde, porque los siguientes lanzadores mexicanos lograron contener la maquinaria ofensiva gringa, aceptando solamente dos hits. Al único de los otros cuatros pitchers estadunidense al que pudieron conectar bien los mexicanos fue a Matthew Boyd. Jarren Durán se fue dos veces para la calle, pero en solitario, y la otra carrera fue impulsada por el "matagringos" Joey Meneses. Una derrota de acuerdo al librito. Todo se iba a decidir contra Italia.

El equipo hace implosión, México 1, Italia 9 


Aunque Italia ya había dado la sorpresa al derrotar a Estados Unidos el día anterior, para México el partido pintaba exactamente como en las previsiones. Debía ser un duelo parejo y el ganador pasaría a cuartos de final. Italia, así como lo hizo EU, presentó a su mejor carta en el montículo contra México. Uno no sabía si Aaron Nola iba a ser el que alcanzó por años el estrellato o el que se estrelló el año pasado con una mala temporada en 2025. Para desgracia de México, fue el primero, y a nuestros bats les fue casi tan mal como contra Skenes. Assad empezó a tambor batiente, pero recibió dos cañonazos: uno de Pasquantino (lógico, es un slugger); otro de Berti (sorprendente). Ahí fue cuando el equipo mexicano empezó a desesperarse, a no ser paciente, y a alargar innecesariamente la permanencia de Nola. Para cuando salió el estelar de los Phillies, los italianos ya iban adelante 5-0, gracias -entre otras linduras- a un excelente squeeze-play, que jugó psicológicamente todavía más a su favor. México embasaba constantemente a sus peloteros, pero nadie bateaba a la hora buena. Dejaron a 10 corredores en base. Bernardino, Duarte y un sobretrabajado Robert García admitieron las siguientes carreras de los italianos. Los mexicanos sólo le anotaron al ligamayorista Graceffo, pero ni siquiera pudieron hacer algo ante pitchers como Scotti y Quattrini, que eran los únicos verdaderos italianos de ese equipo, y que juegan en la pobre liga local de ese país. La prensa deportiva italiana festinó las victorias de los "italoamericanos" y puso énfasis en sus celebraciones, llenas de "tópicos y estereotipos". 
 

A nivel individual, los abridores y los relevistas jóvenes cumplieron; del lado del bateo, destacaron Jarren Durán y Jonathan Aranda; del fildeo, el torpedero Joey Ortiz, el receptor Kirk y Arozarena (que tuvo un bate muy apagado). El manejo fue conservador, aún en momentos de apremio. Poco más hay que decir. No se cumplió.