jueves, septiembre 30, 2010

Biopics: Una carta al Comité Nacional


Mientras los del PMT sinaloense estábamos en la grilla universitaria y campesina, Gustavo Gordillo hizo –junto con otros compañeros- otra visita pseudoclandestina a Culiacán, para platicar de la situación del partido a nivel nacional o, más estrictamente, del avance de la “Tendencia” que él estaba formando. En esa segunda visita nos confirmó la impresión de que, más que a consolidar una corriente dentro del PMT, Gordillo se aprestaba a generar una escisión en el partido.
Al respecto, el grupo de miembros del Comité Estatal nos preparamos elaborando algunos materiales, que resumían nuestros puntos de vista sobre qué debía ser y qué no debía ser un partido político revolucionario. Uno de los documentos señalaba que hacer política de masas era premisa ineludible y que para ello eran fundamentales una tarea de capacitación democrática (“la práctica del poder que lleve a un mejor conocimiento de sus usos de parte de los trabajadores”), el manejo de todos los instrumentos de la democracia formal y, sobre todo, la “educación revolucionaria”, entendida no como supuesta fusión entre los militantes y el pueblo, sino la formación de condiciones de cooperación y participación social en todas las áreas de la vida cotidiana.
Combinábamos, en ese documento, sobre todo la visión de Arturo Guevara y la mía. Yo, pensando en la creación asociacionista de redes de participación social con intervención partidaria, a imagen y semejanza de las del PCI; Guevara, con base en su experiencia de campo, en dos temas que lo han obsesionado toda la vida: poner a la gente a mejorar su entorno (brigadas de limpieza, de embellecimiento urbano, de restauración de espacios colectivos) y sus condiciones de vida (uniones para la producción y para la compra-venta de bienes y servicios). 
El otro texto hacía referencia a la relación entre partidos y movimientos. En él señalábamos que “las autonomías sociales no se salvaguardan separándolas o poniéndolas fuera de la sociedad política o del Estado, sino dándoles una salida política y ligándolas a un mecanismo de síntesis y de dirección que exprese sin distorsiones su sentido y sus demandas”. Afirmábamos que era insostenible que un partido sea el único instrumento de expresión política de las “instancias sociales” y que estos movimientos debían tener autonomía respecto a los partidos, pero que los movimientos no se podían poder en “una relación paritaria” con los partidos y menos podían “constituir el sistema óseo de los partidos”, porque conllevaría a una degeneración de la democracia.
En realidad todas estas eran respuestas a un par de concepciones de Gordillo con las que no casábamos. Una era esa especie de “movimientismo” que le parecía más grato, en la medida en que la burocracia partidista le impedía hacer cosas. La otra eran sus escarceos maoístas, la idea de que para “servir al pueblo” había que fusionarse con él. Coincidíamos con él en su crítica a la dirigencia nacional, pero nosotros lo que queríamos entonces no era salirnos y fundar otro movimiento socialista, sino luchar por un partido democrático en su interior, abierto a las organizaciones sociales y los movimientos, participativo en las instituciones de la democracia que poco a poco se estaba forjando en México.
Para hacer las cosas más complicadas, Gordillo nos platicó que estaba en pláticas para una alianza de largo plazo con una organización de corte maoísta, llamada Política Popular, activa en el norte del país, de la que nos dio unos folletos, escritos en lenguaje muy críptico, con el título de “Unidad política, lucha ideológica”. Gordillo les llamaba “los Polipopos”; cuando nosotros les cambiamos el apodo por el de “los Pol-Potes”, se dio cuenta de que no iba a llegar muy lejos en Sinaloa con esa propuesta. La historia diría después que, a pesar del lenguaje alucinado de aquellos folletos, estos cuates eran mucho más cercanos a nuestra concepción política de lo que imaginábamos en un principio.
Aquella reunión terminó en una suerte de compromiso. Nosotros nos consideraríamos parte de la “tendencia” partidista de Gordillo, pero no cejaríamos en el intento de crear un diálogo constructivo con la dirigencia nacional del partido. Acordamos en que escribiríamos una carta al Comité Nacional, para expresar algunas de nuestras inconformidades y para solicitar una Asamblea Nacional Extraordinaria, que dirimiera los problemas surgidos en los últimos meses y que empujara al PMT hacia una democratización interna.

A diferencia de los textos que discutimos con Gordillo, no tuve participación en la redacción de aquella carta, entre otras cosas porque ya andaba en la parte toral de mi tesis. Era importante que reflejara el sentir de todo el partido en el estado, así que la elaboraron Guevara y Jaime Palacios, que seguía teniendo influencia decisiva en el Comité Municipal de Culiacán y que nunca fue invitado a discutir con Gordillo.
En la carta, se hacía un recuento de los avances organizativos del partido en el estado: 130 comités de base, 8 mil 500 afiliados, la creación de sindicatos (el del la comisión de aguas de Guamúchil, el de trabajadores de empaques legumbreros en Culiacán, uno de mineros en los altos de Culiacán), de cooperativas pesqueras y de colonias populares. Luego seguían quejas sobre la escasa comunicación con el Comité Nacional (por ejemplo, que en tres años y medio, las secretarías de Asuntos Juveniles y de Asuntos Femeniles nos habían enviado un oficio cada una) y preguntas sobre el proyecto político partidario, que no se había podido trasmitir “en caso de que exista”. Finalizaba con un análisis sobre “la inquietud e inconformidad de nuestros militantes”, proveniente de que la dirección nacional frenaba las iniciativas de los comités “en aras de lo operativo”, del creciente fenómeno del “seguidismo” incondicional hacia los dirigentes y la ausencia de “mecanismos internos que pudieran llevarnos a conjugar las experiencias colectivas”. Concluía el texto diciendo que, ante la ausencia de definiciones políticas,  “no creemos que las expulsiones, las acusaciones y los enfrentamientos internos sean la solución”.y proponiendo la Asamblea Nacional Extraordinaria. 
Firmamos Arturo Guevara, Renato Palacios, José Antonio Rios Rojo “El Zurdo” –ingeniero, miembro del comité del SPIUAS; que había sustituido a Torrecillas, tránsfuga al PST-, Matías Lazcano, Jaime Palacios, Gilberto Espinoza “El Mayo”, Flores Carrasco y yo. Se distribuyó entre los comités municipales, para que dieran su consenso, se envió el 16 de junio de 1979. No tendría respuesta hasta meses después, con una visita de Heberto Castillo en la que, como se verá, intentó, sin éxito, defenestrar al Comité Estatal.

lunes, septiembre 27, 2010

Estabilidad política, crecimiento de largo plazo... y fueros


En estas fechas en las que la celebración del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución obliga a un repaso de la historia de México, no han faltado voces revisionistas que, en el afán de relativizarlo todo, señalan que los movimientos armados que se conmemoran, en realidad tuvieron resultados nocivos para la economía nacional.

En el caso de la Independencia, se argumenta que la economía tardó décadas en recuperarse a los niveles de los últimos años de la Colonia. En el de la Revolución, que el ritmo de crecimiento posterior fue notablemente inferior al que persistía durante el Porfiriato. El argumento tiene razón en términos estrictamente numéricos, pero sale de una visión totalmente aislada del país, que no toma en cuenta ni el entorno económico internacional ni una serie de condiciones internas.

Al poner las tasas de crecimiento económico en su contexto, queda claro que los argumentos en contra de independentistas y revolucionarios no son más que un sofisma. También aparecen otras hipótesis sobre crecimiento de largo plazo, sobre las cuales bien podrían abundar los académicos.

En el estudio del crecimiento económico de largo plazo, la obra fundamental son las estadísticas históricas de Angus Maddison, una enorme base de datos sobre la economía mundial a lo largo de los siglos, que cruza información histórica, demográfica y de producción. Si bien es cierto que, mientras más atrás nos vayamos en el tiempo menos precisos son los datos, también lo es que, como se miden tendencias seculares, las imprecisiones no son capaces de nublar la visión general.

Según los cálculos de Maddison, durante la Colonia la economía mexicana creció a una tasa promedio de 0.14 por ciento anual. En otras palabras, y contra la versión revisionista que reivindica para la Nueva España cierta modernización productiva, lo que predominó fue el estancamiento (profundo, en los primeros dos siglos, moderado en el siguiente). Y aunque esta larga época no fue de gran dinámica económica mundial, la economía de nuestro país creció 57 por ciento más lento que el promedio global.

Al inicio de ese periodo de la historia del mundo, el país más rico era Italia, pero rápidamente los mercaderes holandeses y británicos se hicieron de recursos financieros y gestaron las condiciones que posibilitaron la revolución industrial. España no aprovechó su imperio “en el que no se pone el sol”, pero los tributos, alcabalas y prohibiciones en sus colonias americanas baldaron el desarrollo de las mismas. La Guerra de Independencia se hace en un país que está perdiendo posiciones a nivel mundial (de hecho su contribución al PIB global es inferior que al momento de la conquista) y que encuentra en la dependencia colonial un dique a sus posibilidades de desarrollo.

Los datos de Maddison señalan que en el periodo 1820-1870, la economía mexicana creció a una tasa anual compuesta de 0.44 por ciento. Aproximadamente el triple que el siglo precedente. Sin embargo, dadas las nuevas condiciones de la economía mundial, es un desempeño todavía peor que durante la época colonial. En términos dinámicos, México creció 53 por ciento más lento que el promedio mundial y, dado el aumento de su población, al final del periodo, el producto per capita era inferior que al principio. Pasamos (a paridad de poder de compra de 1990) de 759 dólares anuales por persona en 1820, a 674 dólares en 1870. Un empobrecimiento neto.

Ahora bien, ¿Se debió este empobrecimiento a la Independencia o a la incapacidad de una generación de mexicanos para aprovechar el fin de las barreras externas al desarrollo? Baste recordar tres cosas: Primero, que las independencias americanas coincidieron con el inicio de un periodo mercantilista de proteccionismo comercial mundial, que no generó un entorno favorable; segundo, que en México la lucha de los conservadores y la Iglesia por mantener fueros y privilegios mantuvo al país en una situación de constante inestabilidad política, al tiempo que impedía que se liberaran los detonantes del desarrollo; tercero, que en medio de esa lucha, México perdió la mitad de su territorio.

En el mismo periodo se va definiendo una suerte de división internacional del trabajo. El resto de América Latina crece un poco más rápidamente que México, sobre todo los países “vacíos”, como Argentina y Uruguay, que empiezan a recibir inversión extranjera y a especializarse en la exportación ganadera. Para 1870, el ingreso per capita en México es inferior al promedio latinoamericano. Son las décadas en que la de Estados Unidos se instala como una economía pujante y crecientemente industrial.

A partir del fin de la guerra civil en México hay un notable repunte en la economía. De los últimos años del juarismo a los primeros de la Revolución (1870-1913) el crecimiento promedio anual es de 3.38 por ciento, uno de los más dinámicos en el mundo. México crece 60 por ciento más rápidamente que el promedio mundial, su producto por persona se triplica y vuelve a rebasar al promedio de las economías latinoamericanas, se acerca al de varias europeas e incluso acorta distancias con Estados Unidos. El orgullo de Don Porfirio no era gratuito.

Pero, ¿Qué tanto de este auge es atribuible a la Pax Porfiriana? Hay un dato fundamental: el crecimiento detona a partir de la aplicación de las Leyes de Reforma, que liberan tierras y capital de “manos muertas”. En otras palabras, nace del fin efectivo de los fueros y del término de la preponderancia de la Iglesia. Durante el Porfiriato cobra forma y se define como un modelo socialmente excluyente.

El periodo 1870-1913 es conocido económicamente, a nivel mundial, como de “auge liberal” y de formación de una economía integrada y competida; y políticamente, como de “los viejos regímenes”. Todos éstos entraron en crisis a principios del siglo pasado y terminaron sepultados bajo revoluciones internas o la I Guerra Mundial. A la crisis política correspondieron un desplazamiento del centro de gravedad económica mundial hacia Estados Unidos y una vuelta al proteccionismo.

Entre 1913 y 1950 la economía mexicana creció a una tasa promedio anual de 2.62 por ciento. Un poco más lento que la del motor mundial, EU, pero 44 por ciento más rápido que el promedio global y a más del doble que Europa Occidental. En esta época despegan los países escandinavos y se hunden, entre deudas y guerras, España y Alemania.

México creció por encima de la media al tiempo que se formaron instituciones fundamentales, como el banco central o el Seguro Social, se repartieron tierras y se palió, así fuera un poco, la desigualdad en la distribución del ingreso. Pero el ingreso per capita creció poco (36 por ciento), debido al incremento poblacional.

El periodo de más veloz crecimiento económico mundial es entre 1950 y 1973, a partir de los acuerdos de Bretton Woods. Un sistema de economías semiabiertas para la mayor parte de los países desarrollados, de sustitución de importaciones para aquellos “en vías de desarrollo” y de política económica proactiva, con intervención del Estado.

Durante este periodo, México creció a una tasa media anual de 6.38 por ciento, superior en 30 por ciento al promedio mundial. Creció más rápido que Estados Unidos y salvo Japón, Alemania e Italia, que despegaron tras reconstruir sus economías, fue de las naciones más dinámicas. Sus ingresos por persona se duplicaron, pero hubieran alcanzado a los de varios países industriales europeos, de no ser por la enorme tasa de natalidad y de incremento poblacional.

En la década de los setenta hay dos crisis concurrentes: la del patrón oro-dólar, que acaba con el sistema de Bretton Woods y la fiscal del Estado, que pone en crisis la participación pública. Dan inicio procesos paralelos de liberalización de cambios, restricción presupuestal, privatizaciones y apertura comercial y financiera global. Maddison ubica este periodo hasta el fin de sus cuentas, que es en 2001, pero muy posiblemente haya terminado en 2008, con la crisis financiera que derivó en recesión mundial y que exige nuevas reglas de juego.

Pues bien, en ese periodo la economía de México creció a un ritmo de 3.45 por ciento anual, 13 por ciento más que el promedio mundial, pero su ingreso per capita lo ha hecho a una tasa muy inferior, debido al crecimiento demográfico. Mientras que el PIB casi se triplicó en esos 28 años, el producto por persona sólo creció 46 por ciento.

El más reciente ciclo mundial se caracterizó porque las naciones entraron en crisis en etapas sucesivas: a fines de los setenta, las naciones desarrolladas, afectadas por el shock petrolero; en los ochenta, varios países, como México, afectados por la deuda externa; en los noventa, las naciones árabes y –tras la desintegración de la URSS- las de Europa del Este… y durante todo el periodo, África. Los más dinámicos, en cambio, han sido China, India, Noruega y España.

De 2001 a la fecha, el crecimiento en México es todavía más raquítico y, así como la generación de Santa Anna no aprovechó el “bono de la independencia”, ésta parece dejar ir el tren del “bono demográfico”, ahora que un amplio porcentaje de la población está en edad de trabajar.

Hecho este apretado resumen, ¿Qué conclusiones – hipótesis podemos sacar?

Primero, y más obvia, que quienes pretenden poner en la picota los movimientos de Independencia y de Revolución se equivocan de objetivo. Los malos resultados económicos, tras la Independencia, no dependieron de ésta, sino –esencialmente- del severo desorden político, la falta de instituciones y la resistencia de los grupos de poder a dejar las prebendas que los beneficiaron en la era colonial. Y tras la Revolución, los resultados económicos no fueron tan malos.

Segundo, que los periodos de mayor auge relativo de la economía mexicana corresponden a etapas de estabilidad político-institucional, con rasgos autoritarios. En ambos casos, los gobernantes tendieron a priorizar la dinámica económica por encima de la estabilidad social y, en los dos, encontraron severas resistencias sociales al final del periodo, que coincidió con el fin de un ciclo, y un estilo de desarrollo económico mundial. La diferencia entre el fin abrupto y violento del régimen porfirista y la erosión paulatina del priísmo autoritario se explica por el diverso grado de madurez de las instituciones y por la flexibilidad política de supervivencia de parte de la clase priísta.
Tercero, que la correlación entre épocas autoritarias y altas tasas de crecimiento económico no implica causalidad. En cambio, sí la hay entre estabilidad político-institucional y dinamismo de las economías. La democracia en México ha sido socialmente ineficaz no por democrática, sino por la incapacidad de sus principales actores para generar acuerdos duraderos.

Cuarto, que valdría la pena estudiar qué tan fuertes son las correlaciones –y si puede explorarse la causalidad- entre intervención activa de las iglesias en política –la católica en el caso de México, Italia, España…- y las tasas de crecimiento económico. Parece que la hay, y es claramente negativa.

Quinto, que las altas tasas de crecimiento demográfico de México implicaron, en el corto plazo, un menor aumento del producto y el ingreso por persona y, en el largo plazo, un “bono demográfico”, al incrementarse notablemente la cantidad de personas potencialmente productivas. El largo plazo ya nos alcanzó y, si no aprovechamos el bono demográfico, habremos pagado las altas tasas de natalidad al doble de su precio social.

Sexto, que ningún proceso de desarrollo puede hacer abstracción del entorno internacional. Creer que a golpes de ideología se puede forzar un modelo económico es pretender nadar a contrapelo en medio de una fuerte corriente. Y el modelo que nació hace poco más de tres décadas, con la crisis fiscal del Estado, ya dio muestras de agotamiento. Ese camino quedó intransitable. No se puede seguir por él.
Esta conclusión vale tanto para el camino keynesiano tradicional, sellado hace años (aunque no deja de ser tentador constatar que el ingreso por persona en México hoy es similar al de EU del New Deal y al de Europa Occidental de 1960, a quienes ese camino hizo tanto bien), como para el que acaba de derrumbarse, de liberalismo extremo.

Séptimo, que por todo lo anterior, es ingenuo suponer un desarrollo lineal en los próximos años. La pobreza, la desigualdad y la violencia no desaparecerán dentro de cinco décadas sólo porque así lo deseamos o soñamos, como parece sugerir la cápsula del tiempo que tuvo a bien legar el presidente Calderón. El que eso suceda depende de nuestra capacidad para adaptarnos correctamente al entorno mundial y, sobre todo, para crear un ambiente de estabilidad político-institucional que sepa ser socialmente incluyente.

viernes, septiembre 17, 2010

Biopics: Mi René y la ACHIS

He comentado que uno de mis buenos cuates en Culiacán era René Jiménez Ayala, físico chilango, muy cotorro, con quien era un placer conversar. También que a René, un tipo culto, le divertía mucho burlarse de la peculiar cultura (e incultura) sinaloense. Entrando en ese juego, un día Mi René y yo fundamos la ACHIS (Asociación Contra el Habla Incorrecta de los Sinaloenses), de la que él y yo fuimos los únicos miembros.

La tarea principal de la ACHIS era recolectar gazapos verbales de compañeros, amigos y conocidos, y comentarlos. La secundaria, que acabó siendo todavía más relevante, era cotorrear sobre sus costumbres.  

Algunas perlas de la ACHIS

“Hay que apoyar a la Unión con Padres de Hijos Desaparecidos”, decía el Mayo Espinoza, una de las principales fuentes de inspiración de la Asociación. Una vez se enojó y nos dijo en el Comité Estatal que queríamos hacerlo “un chivo respiratorio”. Y años más tarde, cuando yo vivía en México y él estaba de visita, le pregunté qué opinaban los compañeros de Sinaloa acerca del sindicato polaco Solidaridad.
-Nada, loco, porque nomás nos enteramos periódicamente y los periódicos traen información incompleta.

Una alumna me dice: “Ay maestro, el examen está cuichi (fácil), pero usted no deja copear”.
-Por supuesto, no voy a permitir que se emborrachen en pleno examen –respondo.
-No maestro, yo digo copear de ver el examen del compañero.
-Se dice copiar.
-Ay no, maestro –y pone cara de extrañeza.
-Claro. ¿A poco en la papelería te venden fotocopeas?

Estamos en una reunión de académicos y un profesor de la escuela, sustituye el latinajo prima facie, por el neoanglicismo prima feis. Otro nos explica: “en grado caso que no me encuentren, es que fui a la sede del Partido”. Y todos dicen “la primer vez”, “la primer calle a la derecha” (les pregunto porque no se refieren a “la primer dama” y me responden que es una excepción).

Hay una reunión de algunos miembros del sindicato magisterial con el rector Eduardo Franco y le preguntamos cuándo nos van a hacer efectivo el incremento salarial contratado. El señor rector de la UAS contesta:
-Cuando haiga subsidio, les vamos a pagar las diferiencias.

El rector Franco, también conocido con el apodo de El Dormido, era otro de los blancos de la ACHIS. Su casa, por ejemplo, tenía un comedor de madera de seis sillas de buena calidad. Como en la familia eran siete, en el comedor siempre estaba agregada otra silla… de metal, plegable, con un anuncio de cerveza. Y a lo largo de toda la blanca pared de su sala y comedor había una fila de huellas negras de zapato, porque muchos de quienes iban a esa casa se paraban en un pie, al estilo vaquero, y recargaban el otro en la pared.

Una vez llegó a casa de Mi René un grupo de académicos. Él estaba crudo, escuchando un disco de Edit Piaf.
-¿Qué es eso, loco? –reclamó un profesor- Pon uno de Lucha Reyes.
-Pues a mí me gusta Chiquitita en español –comentó el señor rector.

Ahora bien, hubo varias iniciativas culturales durante el rectorado de Franco. Una de ellas (supongo que a iniciativa del influyente Jorge Medina Viedas) fue conceder a Juan de la Cabada, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco, el grado de Doctor Honoris Causa. En su discurso de aceptación Monsiváis habló de Culiacán como “la Atenas del Noroeste”, Mi René juraba que había sido un sarcasmo.
A lo mejor tenía razón, porque el día que iba Pacheco a dar su discurso, le dije al profesor Baldemar Rubio si no iba a ir al edificio central a la ceremonia.
-¿Y quién es ese vato José Emilio Pacheco? ¿Un economista?

Mi René sin embargo tenía claro que también en el Istmo (“de Ignorantepec”) había clases. Por eso decía que los ex Enfermos eran vándalos, mientras que los compañeros del PC y del PMT alcanzaban ya la categoría de visigodos, es decir, de bárbaros ligeramente evolucionados.

Un problema cultural de los herederos de los Enfermos era que entendían tanto a Marx como a las consignas de la izquierda de manera literal… en la medida en que eran semianalfabetas. La metáfora no se les daba. Por eso aquella pinta de “Mueran los burgueses y sus hijos, los pequeño burgueses”, su argumento de que “en la dictadura del proletariado no puede haber elecciones, sino qué clase de dictadura es”, o los intentos de linchamiento político al compañero Madariaga, que tenía sobrepeso, porque ya se sabe que “burgueses, güevones, por eso están panzones”. La mejor manera de responderles cuando te pedían que fueras concreto era decirles que no eras albañil.

La ACHIS, por supuesto, abordaba otras facetas de la cultura. La arquitectura, por ejemplo. La mayoría de las casas sinaloenses de entonces eran unos chorizotes construidos cuarto por cuarto. El que daba a la calle era la sala (tal vez con las paredes color rosa mexicano y el piso en mosaicos verdes y amarillos), luego pasabas por una recámara destendida, por otra y por otra hasta llegar al comedor, donde te servían cualquier cantidad de camarones y cervezas. Más atrás estaba la cocina, luego un cuartito con un lavabo y una ducha, el patio y hasta el final, la fosa séptica. Hasta El Nono, ingeniero, puso su bañito al mero final de la casa.

Contaba René que una vez en Mazatlán le sirvieron a él y a otros compañeros una caguama cocinada en su concha. Decía que cuando les avisaron que ya estaba lista, fue por su plato, unas tortillas, un tenedor… y se encontró con que se le habían adelantado los demás, sirviéndose con la mano, al mejor estilo troglodita, los grandes trozos de carne.

A mi llegada a Culiacán, como no tenía refrigerador, le encargué a Jaime Palacios una botella de champaña que nos habían regalado de bodas. Cuando por fin pudimos ir a recogerla, nos contó con cierta pena (no con mucha) que sus hermanos se la habían bebido.
-La sacaron del refri para meter unas chelas. Se acabaron las cervezas, y luego la champaña. Lo peor es que ni les gustó, dijeron que era una  “pinchi sidra caliente”.

La cerveza está en el centro de la cultura popular sinaloense. Por eso, decía yo, que para un culichi el momento máximo es el domingo, cuando está cruzando la Avenida Obregón en un camionetón y se escucha el clin-clin-clin del rebote de la lata vacía de Tecate que acaba de aventar a la calle. Casi el orgasmo. Por eso, decía René, el motivo principal de conversación en las fiestas es cuántos cartones te tomaste en la fiesta anterior, y su equivalente de arte efímero es la construcción recurrente, en esas fiestas, de pirámides de botes vacíos de cerveza, que llegan a tener más de diez pisos de altura.
El caso es que había una relación cálida entre el sinaloense y la lata vacía de cerveza.


Orgullo de la carne asada

La mayoría de los sinaloenses que conocí estaban no sólo conscientes, sino orgullosos de su cultura “de carne asada”. Jaime Palacios llegó a comentarme que una de las diferencias fundamentales con Sonora era que en aquel estado los ricos tenían pretensiones de aristocracia, mientras que en Sinaloa sabían que eran plebeyos. “Aquí todos nacemos plebes”, remató en un juego de palabras.

Prueba de este orgullo –y de la rapidez de pensamiento de más de un culichi- es el siguiente intercambio entre dos estudiantes, uno de Culiacán y otro de Acaponeta, Nayarit.
-Decía José Vasconcelos que en la frontera entre Nayarit y Sinaloa hay que poner un cartel: “Aquí termina la cultura y empieza la carne asada” –afirmó el nayarita.
-No loco. En la frontera entre Jalisco y Nayarit hay un cartel que dice: “Aquí termina la cultura”, y en la frontera entre Nayarit y Sinaloa hay otro: “Aquí empieza la carne asada” –ripostó el sinaloense.

Tanto René como yo entendíamos esta dualidad. Y compartíamos el gusto por estar entre ellos, por más que nos riéramos. Supongo que René más que yo, porque en algún momento a fines del 79 –con la ACHIS en una efervescencia que llegaba al delirio- me hice seriamente la pregunta sobre si teníamos derecho a criticarlos tanto, al cabo que nosotros éramos los fuereños. Cuando se dieron las condiciones para que yo dejara Culiacán, Jiménez Ayala aseguró que él también lo haría muy pronto, regresaría al DF (“al sur de la Cineteca”) para hacer la maestría y no volvería. Si llegó, vivió muy al sur (en Tres Marías), terminó la maestría, pero volvió y tres décadas después sigue en Sinaloa.  

martes, septiembre 14, 2010

Bicentenario sin ideología


El bicentenario nos alcanzó. Esta semana será de grandes fiestas en todo el país. Ojalá y sean memorables.

Celebrar los doscientos años de vida independiente ha sido útil, porque ha servido para repensar la historia, lo que significa repensarnos a nosotros mismos como nación. Entender y celebrar lo bueno del pasado para animarnos a construir un mejor futuro.

Ésta era una oportunidad para que los gobiernos, empezando por el Federal, enviaran un mensaje a la población y a los actores políticos y sociales del país. Para que intentaran proyectar en la colectividad sus intenciones de fondo. Dicha oportunidad no fue aprovechada.

Hace cien años había una clara intención política: convertir las celebraciones del centenario en un homenaje al caudillo que había traído “paz y progreso”. La historia nacional desembocaba y encontraba su cúspide en Porfirio Díaz. Como tales, las celebraciones fueron un éxito, aunque terminarían siendo el canto de cisne de un régimen que estaba carcomido y vivía el final de sus tiempos.

Ahora, la intención ha quedado oscurecida en la selva de la mercadotecnia y bajo las nubes del populismo y de la ineficiencia.

¿Cuáles han sido los mensajes más reiterados con motivo de esta efeméride? Del lado gubernamental, el concepto de “cumpleaños”, siempre causa de fiesta, la idea de que en la sonrisa del niño y en la cocina de la abuela está la patria, alguna referencia a los héroes
y el patriotismo más elemental: cantemos el himno y gritemos “¡Viva México!”. En otras palabras, la incapacidad para enviar un mensaje sobre la pertenencia a un pasado común y la necesidad de edificar un porvenir en común… u otro, menos veraz pero con más jiribilla política, acerca de cómo el país ya alcanzó la alternancia democrática.

En fin, como buen espejo de la realidad política que vivimos, se nos quiere vender un bicentenario sin ideología, neutro, superficial.

La organización de los festejos por parte del gobierno federal ha corrido con innumerables problemas. Por una parte, desde el sexenio anterior se dejó correr tiempo valioso. Por la otra, una mala concepción (la idea de un operador cultural en vez de un organizador) derivó en el cambio constante de los responsables, que tuvo su momento más bajo durante la gestión del historiador Villalpando.

Allí buena parte de las iniciativas fueron cedidas a un emprendedor australiano y se aprobaron chascos que perdurarán en la memoria colectiva como la famosa “Estela de Luz”. El principal símbolo material del Bicentenario fue aprobado sólo en base a un dibujo bonito –sin un estudio arquitectónico serio-, ubicado en el lugar más congestionado que se pudo imaginar y, además de rebasar con creces el presupuesto, no estará listo para estas fiestas. Vaya, ni siquiera limpiaron la refinería a tiempo, así que tampoco tendremos esta semana el Parque Bicentenario.

Del lado comercial, encontramos las imágenes genéricas de la naturaleza y supuestamente turísticas de cada estado de la República, con su respectiva modelo de Televisa en poses dizque sensuales (y en obvio pirateo al estilo de Gregory Colbert), y –al igual que los políticos- el bautizo de “bicentenario” a todo lo posible, desde el torneo de futbol a la nueva generación de “La Academia”, pasando por la edición especial de Coca-Colas.

Si la comercialización era inevitable, y las festividades populares una necesidad celebratoria que merecía mejor suerte, quedó al menos algo de espacio para discutir el país. Pero ese espacio fue ocupado esencialmente por académicos o personajes recientemente marginados de la política. Habría que preguntarse por qué.

Una posible respuesta es que los políticos activos están tan embebidos en la coyuntura, que pensar a largo plazo –hacia atrás y hacia adelante- les resulta sumamente molesto. Es más fácil discutir de las alianzas electorales que de las razones que están detrás de la persistencia de rezagos (“históricos”, les dicen) y de las formas para superarlos (también allí se puede abrevar de la historia, aunque no sea de las gestas heroicas de los guerreros).

Pensar a largo plazo –hacia atrás y hacia adelante- es fundamental en la construcción de las naciones. Ha sido ese tipo de pensamiento –la lucha por proyectos de nación- el que ha dado dinamismo a las colectividades modernas. México no llegó a los 200 años a partir de puras improvisaciones. Tampoco es lo que es, sólo merced a la capacidad catalizadora de héroes y caudillos.

Hay que celebrar esta obra colectiva realizada cotidianamente por millones de personas que a lo largo de los años han tenido fe en el futuro, que han apostado a algo, que han trabajado para convertirlo en realidad. Hay que estar orgullosos de nuestra pertenencia a esta obra. Y vale la pena festejarlo.

Pero también hay que entender que México inicia su tercer siglo en una situación que nos obliga a reflexionar sobre lo mucho que falta por hacer, sobre las muchas tareas que le quedan pendientes a esta generación y las siguientes. Para eso, no se vale querer identificar a la nación con las cosas más superficiales, ni pretender venderlas como espejitos. Menos se vale dar la espalda a los problemas y abocarse ciegamente, como en los peores momentos de nuestra historia, a la lucha del poder por el poder mismo. Vale revisar el pasado, para comprender de dónde venimos y adonde podemos ir juntos. También revisar el presente, para ver un poquito más allá de nuestras narices.

miércoles, septiembre 08, 2010

Biopics: Sindicalismo universitario... y campesino

El SPIUAS

El Consejo de Representantes del Sindicato de Profesores e Investigadores de la Universidad Autónoma de Sinaloa (SPIUAS) funcionaba como todo un parlamento. Obviamente, los de la Corriente Socialista, herederos de los Enfermos, se ubicaban en bloque a la izquierda. Los del Partido Comunista ocupaban el centro, y nosotros –junto con los pocos profesores genuinamente independientes- nos sentábamos a la derecha. Supongo que eso no le hubiera gustado mucho a Heberto.

Había discusiones de dos tipos. Las estrictamente sindicales y las que tenían que ver con el desarrollo general de la universidad.

En lo sindical, tejimos una alianza bastante sólida con los pescados. Se vio muy claramente en la discusión del contrato colectivo y en la política a seguir en la construcción de un sindicato universitario a nivel nacional.

Por ejemplo, los de la Corriente, para satisfacer su radicalismo, exigían un aumento salarial muy superior a la inflación, aunque argumentaban que era apenas para resarcir el poder de compra perdido. Para ello, hicieron una tabla comparativa de precios entre el primer trimestre y el cuarto del año anterior, a partir de la “canasta básica del profesor universitario”. Esta canasta era de risa loca: incluía entre otros bienes, un kilo de arroz, un kilo de carne, un kilo de sal, un kilo de jitomates, un par de zapatos, un litro de gasolina… y una tonelada de varilla. Seguramente la elaboró un profe que estaba construyendo su casa, y que no tenía idea de las proporciones ni de cómo se conforma una canasta de consumo. Les hicimos notar que estaban sumando peras con manzanas, pero no los hicimos caer en la cuenta de que, en una revisión anual, se comparan los trimestres respectivos de diferentes años: ellos en realidad estaban haciendo un cálculo para nueve meses. Lo peor de todo es que, meses después, revisaba yo las cuentas externas del estado de Sinaloa y el documento, en lo referente a exportaciones, sumaba toneladas, no importa si eran de cerveza, camarón gigante o pepino. Subdesarrollo al cubo.

Acordamos un aumento razonable y se nos otorgó en el papel, pero no en la realidad. El argumento era un retraso en el subsidio (era temporada de presión a las universidades para que “rindieran cuentas” a cambio de las transferencias de ley). Acordamos con los del PC hacer movilizaciones por el subsidio… la gran diferencia entre ellos y nosotros es que los comunistas sólo le pegaban al gobierno federal, y nosotros también al local (no porque lo creyéramos, sino exclusivamente para vernos distintos). Tras unos meses, el subsidio llegó y se nos pagaron las “diferencias caídas”.

Aunque todos los grupos políticos estaban de acuerdo en formar un sindicato universitario nacional, un punto fuerte de discusión en el CGR era la conveniencia o no de que éste tejiera alianzas con la burocracia sindical tradicional y buscara afiliarse al Congreso del Trabajo. Nos pusimos, junto con el PC, del lado de esta búsqueda de alianzas, más que por un análisis a fondo, porque así nos lo habían sugerido compañeros como Gustavo Gordillo y amigos como Pablo Pascual.

La alianza con el Partido Comunista –como ya reseñé- se expresó en una planilla única ganadora y en posiciones convergentes frente al congreso sindical en puerta.

Donde no concordamos con los comunistas fue respecto al apoyo económico a otros sindicatos universitarios que ese partido hegemonizaba. En particular, había un conflicto entre el USCUAG, sindicato magisterial de la Universidad Autónoma de Guerrero, y la rectoría de esa institución, entonces encabezada por Rosalío Wences, un tipo de izquierda medio ultrosa. Aunque Wences no nos simpatizara particularmente, parecía un sinsentido meter dinero de los trabajadores a una lucha política entre la izquierda por el control de una universidad pública. En vez de dar apoyo financiero, logramos que una comisión de tres (el comunista Rodrigo López, el trotskista Simón Castillejos y yo) fuéramos a Chilpancingo a enterarnos qué onda, para luego informar al CGR. De ese viaje aprendí tres cosas: que los cuadros del Partido Comunista eran profesionales y recibían religiosamente sueldo del partido; que los tiempos guerrerenses eran otros, porque, a diferencia de México y Sinaloa, donde las marchas y mítines iniciaban con una hora de retraso, en la capital guerrerense empezaban tres o más horas después; que no hay mejor pozole que el del mercado de Chilpancingo. Creo que a aquellos tiempos guerrerenses ahora les dicen “hora PRD”.



Pleito interejidal en La Cruz de Elota

Otro asunto que ocupó mi interés en los primeros meses de 1979 fue un conflicto entre ejidatarios en la zona de La Cruz de Elota. En esa zona, la mayor parte de ellos suelen trabajar una parte del tiempo como jornaleros a sueldo en las tierras de riego de los terratenientes, y otra en sus tierras de temporal –donde, a su vez, contratan jornaleros provenientes de Oaxaca-. Era la temporada de cosecha de jitomate, les tocaba trabajar de jornaleros en tierras de riego y varios compañeros de partido se quejaron de que en uno de los campos, el patrón había ideado una estrategia para dividirlos. Ponía a contar las cubetas a habitantes de un solo ejido, y éstos solían hacer trampa para favorecer a sus vecinos, contándoles cubetas de más, y perjudicar a los otros, descontando las que habían marcado a favor de sus compañeros. Los acusados eran los del Ejido El Oso, que además eran priístas.

Mi primera reacción fue juntar a los quejosos, con la perspectiva de organizar una coalición sindical. Había varios muy puestos; otros estaban temerosos y no faltó, en una asamblea ejidal, quien dijera que meses más tarde el partido les iba a voltear el chirrión por el palito, cuando ellos fueron quienes contrataran jornaleros. En esa ocasión tuve que decir que nosotros no estábamos en contra de que se contrataran asalariados en el campo, pero sí de que se les hiciera trampa, que si los compañeros del ejido le hacían trampa a sus jornaleros, estaríamos en contra de ellos, pero que no lo harían porque, a diferencia del terrateniente, eran gente honesta y trabajadora. Quedaron conformes.

Llevé el asunto al Comité Estatal con dos propuestas paralelas. Una era ir organizando la coalición sindical; otra era que nuestro compañero Alonso El Negro Campos hablara con su conocido, el propietario que favorecía ese conflicto entre campesinos. El Negro se negó rotundamente, con el argumento –sigo pensando que peregrino- de que era más importante promover la organización de los trabajadores que resolver ese problema en específico.

Luego me llevé a Jaime Palacios a la zona, porque la verdad tenía más labia. Con él nos topamos con un ejido en el que sólo participaban los hombres en las grillas, a pesar de que muchas mujeres trabajaban en ese campo. Los instamos a que las trajeran a nuestra reunión. “Luego les decimos qué acordamos”, fue la respuesta.

El asunto terminó arreglándose de manera informal. Se organizó una comisión de representantes de los ejidos agraviados para platicar con los de El Oso. La parte a la que yo asistí fue muy política, pero tengo la fuerte impresión de que, de manera informal, hubo un mensaje más poderoso de parte de los nuestros: “si nos siguen chingando, nos los vamos a chingar”. A lo mejor también influyó que cuando un líder priísta se acercó a mí para preguntarme cuál era la posición del partido respecto a la sucesión en la CNC local, le contesté con honestidad: “nos da lo mismo, si los compañeros quieren votar por Adrián (el candidato oficial), pueden hacerlo”. El germen de una organización sindical campesina de la zona quedó en eso, un germen.

miércoles, septiembre 01, 2010

Adrián González, estadísticamente el más valioso


Mexicanos en GL. Agosto.

Entre las complejas nuevas estadísticas del beisbol, que forman parte de esa ciencia extraña llamada sabermetrics, hay una medición que destaca por su carácter completo y se conoce como WAR (Wins above replacement o “victorias sobre reemplazo”), que calcula todos los componentes de un jugador: su bateo, su capacidad de embasarse, su velocidad en las almohadillas, su fildeo, su posición, el parque en el que juega, la defensa del equipo (para el pitcher), etcétera, en una función multifactorial, que se pondera con lo que resultaría si, en vez de ese jugador en específico, saltara al campo un reemplazo de calidad marginal, un jugador apenas con calidad de grandes ligas. El resultado (el WAR) pretende medir efectivamente cuántas victorias del equipo se deben a determinado jugador.
Bajo esa medición estadística, a la fecha el pelotero más valioso de la Liga Nacional en la campaña 2010 se llama Adrián González, con un WAR de 5.9 juegos, que son dos más que la ventaja que llevan sus Padres de San Diego sobre los Gigantes de San Francisco en la división oeste de la liga. En otras palabras, estadísticamente es gracias al mexicano que los Padres mantienen el primer lugar.
Tras esta introducción, el desempeño del contingente nacional, de acuerdo –como es costumbre- por lo logrado a lo largo de la temporada.

Adrián González mantuvo el bat caliente durante agosto, en el que bateó para .310 con seis cuadrangulares y 19 carreras producidas. Es, con toda evidencia, el motor que impulsa a los Padres. Lleva marca en el año de .299, con 27 jonrones y 87 remolcadas. El Titán batea un increíble .329 contra lanzadores zurdos, .410 con corredores en posición de anotar y .545 con las bases llenas.

Joakim Soria sigue rompiendo récords; ahora ha establecido el de más salvados consecutivos para los Reales de Kansas City. El de Monclova tuvo un agosto perfecto, en el que no admitió carrera en 13 apariciones en la lomita. En el año, 1-2, 36 rescates (frente a sólo 2 desperdicios) y un magnífico promedio de 1.77 carreras limpias admitidas por cada nueve entradas lanzadas. Su WAR es de 3.3, prácticamente la diferencia entre Kansas y los sotaneros Indios de Cleveland (y no ser coleros se refleja en la entrada al parque).

Jaime García, con discreción, a diferencia de otros jóvenes peloteros rodeados por un halo mediático, se ha convertido en un serio candidato a Novato del Año de la Liga Nacional. En el mes, luego de dos salidas trastabillantes por el descontrol, hiló dos de calidad, incluida su primera blanqueada y juego completo en las Mayores, y también dejó en ceros a los rivales en la última. En la temporada lleva 12-6, 2.33 de limpias (sexto lugar en la Nacional) y 118 ponches. Su WAR es igual al de Soria: 3.3 victorias netas. Sin el, los Cardenales no serían contendientes.

Yovani Gallardo tuvo un agosto para el olvido, con sólo una salida de calidad es seis aperturas, lo que ha disparado su PCL. Ahora tiene marca de 11 ganados y 7 perdidos, efectividad de 3.86, que lo aleja de la elite, y 171 ponches, que hacen pensar que de nuevo rebasará los 200. Es interesante acotar que el lanzador de Michoacán resulta, a la hora de medir el WAR, más productivo al bat que varios jugadores de cuadro. De hecho, es el segundo mexicano con mejor marca: le ha dado 1.1 victorias netas a los Cerveceros con la majagua, y 1.7 victorias con el brazo de lanzar.

Jorge Cantú vive la paradoja de que su traspaso a los contendientes Rangers de Texas equivalió al beso del diablo. Inicia los partidos sólo frente a pitchers zurdos y el tamaulipeco suele resentir el no jugar a diario (supongo que más que nada por su psicología). Con los texanos batea apenas para .211. Eso significa que su porcentaje cayó a .255 y, lo peor, no ha conectado jonrón ni producido carrera alguna en su nueva casa.. En el año lleva .255, con 10 palos de vuelta entera y 54 empujadas.

Elmer Dessens es, hoy por hoy, uno de los relevistas más confiables de los Mets. En agosto sólo una vez, de siete oportunidades, fue castigado. Ganó un juego. En el año lleva 3 ganados, 1 perdido y 4 holds (ventajas sostenidas) y 2.16 de PCL

Jerry Hairston Jr. estaba consolidado en la segunda almohadilla de los Padres, mejoraba de a poco sus numeritos… y se lesionó el codo derecho. En la temporada: .249, 10 vuelacercas, 50 remolcadas y 9 robos de base.

Alfredo Aceves (3-0, un juego salvado, 3.00 de PCL) todavía no regresa al bullpen de los Yanquis. Dicen que ahora sí, que en septiembre.

Fernando Salas. El derecho de Huatabampo había debutado en las Mayores en junio y se nos había pasado. Lo ha hecho bien con San Luis, lleva lanzadas 19.2 entradas, con sólo tres carreras limpias admitidas. 0-0, 1.83 y una ventaja sostenida en la campaña.

Jorge De la Rosa parece haber vuelto a tomar su ritmo. El zurdo de Monterrey y de los Rockies tuvo cuatro aperturas de calidad en el mes, de las que sólo ganó dos por falta de apoyo ofensivo. En la temporada, su marca es de 5-4, con 4.26 de CL y 82 ponches.

Rod Barajas fue dejado libre por los Mets, tras su lesión, y lo contrataron los Dodgers de Los Angeles. Regresó con fuerza, bateando en la última semana del mes para .348 con 3 jonrones y 6 producidas. En el año lleva .238, 15 cuadrangulares y 40 impulsadas.

Dennys Reyes estuvo flojo en sus pocas apariciones del mes. Luego resultó que tenía problemas en el codo de lanzar y pasó a la lista de lesionados. Su marca del año es de 2 ganados, 1 perdido, 1 salvado, 6 holds, tres rescates desperdiciados y PCL de 3.94.

Francisco Rodríguez está siendo cada vez más utilizado en el relevo de los Angeles de Los Angeles, si bien con resultados mixtos. En la campaña el de Mexicali lleva marca de 1-3, 1 hold, un rescate desperdiciado y 3.67 de PCL.

Scott Hairston perdió la titularidad en los jardines sandeiguinos. La pólvora de su bat está empapada, al grado que bateó para .081 en agosto. En la temporada: .218, con 10 jonrones, 35 empujadas y 6 robos de base.

Rodrigo López ha andado mal y de malas. Sólo una apertura de calidad en el mes, y de todos modos la perdió. Su problema con los jonrones (él dice que porque es muy agresivo ante los bateadores) ha crecido: le han pegado 32 en lo que va de la temporada, y le deshacen lo bien trabajado en innings anteriores. Su marca cayó a 5-12, con 5.24 de efectividad y 92 ponches.

Ramiro Peña ya logró rebasar la mítica Línea Mendoza, pero eso no fue suficiente para que los Yanquis lo utilizaran a diario durante la breve lesión de Alex Rodríguez. No sólo de fildeo vive el pelotero (eso sí, cada vez se maneja mejor en los senderos). En el año tiene promedio de .221 con 17 producidas y 6 robos

Juan Castro. El mochiteco, dejado por Filadelfia, fue rescatado por los Dodgers, pero sólo por un ratito y luego volvió a bajar a AAA. En el año, .194 con 13 producidas.

Augie Ojeda batea de emergente o entra al infield los últimos innings, muy de vez en cuando. Mejoró alguito en agosto. Batea para .203, con cuatro producidas.

Oliver Pérez estuvo todo el mes en el roster de los Mets, que para eso le pagan una millonada. Pero casi no le dieron chance de lanzar. Le pegaron el dia 1º y le volvieron a pegar el día 30. Como en su último relevo sacó una entrada, a cambio de un jonrón y dos pasaportes, dicen que está mejorando. Su marca en el año, 0-4, 6.75 de limpias.

Marco Estrada (0-0, con 9.53 de PCL) sigue lesionado y Luis Mendoza (0-1, 22.50 de PCL), en ligas menores.