jueves, mayo 21, 2009

Biopics: Entre Keynes y la devaluación


Luego de que Carlos Mársico regresó a Perugia, me quedé solo en el departamento, muy dispuesto a estudiar para el examen de Teoría Económica II, que pensaba presentar en poco más de un mes. Todo parecía ir sobre ruedas hasta que un día llego el Time, al que estábamos suscritos gratuitamente gracias a los métodos de Mársico, y traía una noticia espeluznante: el peso mexicano se había devaluado abruptamente frente al dólar. Pasó de $12.50 a casi $20 por dólar.

Esta noticia, que a muchas personas de generaciones posteriores parece perfectamente normal, para mí era totalmente sorpresiva. La devaluación era un fenómeno para estudiarse, pero que sucedía en otros países. Cuando yo nací el peso estaba a $12.50 y la paridad se había mantenido inamovible toda mi vida. Lo peor es que aquello lanzaba una sombra de incertidumbre sobre el futuro de nuestras becas, porque de seguro estaban tasadas en pesos.

Para mi tranquilidad relativa, había cobrado hacía poco y tenía algunos ahorros. No tantos como Castañares, quien pasó por Módena por su última beca, ya casi en camino de regreso a México, porque él ya había terminado sus estudios.

Así las cosas, con una nubecita de preocupación en la cabeza, me dediqué a preparar Teoría Económica. Otra preocupación se sumaba, y es que el maestro Massimo Pivetti tenía fama de exigente: se decía que un tipo hizo un examen perfecto y Pivetti le dio 28 sólo porque lo notó “un poco dubitativo”. Tal vez por eso no éramos más de una decena los estudiantes de sus clases.

El núcleo duro del curso de Pivetti era la Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero, de John Maynard Keynes, aderezada por el famoso ensayo de Hicks sobre la curva IS/LM y otros más, tanto los que reconducían la teoría keynesiana a la ortodoxia neoclásica, como los que la alejaban de ella. El pedo es que para entender a fondo todos los ensayos, había que entender perfectamente a Lord Keynes y, la verdad, la Teoría General es un libro bastante confuso y confundidor. Si no tienes claro el orden, que Keynes presenta en su capítulo 3, se te hace bolas todo el engrudo.

Yo estudié, estudié y estudié y se me hizo bolas el engrudo. Una tarde, desesperado, bajé al café de Lina y llamé por teléfono a Paolo Silvestri –quien ya había aprobado el examen- para decirle, quejoso, que no agarraba la hebra. Paolo, sin explicarme nada, me dio un tip excelente: separa cada una de las funciones en una gran página, haz las curvas y escribe la explicación de cada una de ellas, así como las distintas interpretaciones de sus posibles movimientos, luego que las tengas todas, armas el rompecabezas.

Más que otra cosa, fue un trabajo de orden mental, para reconstruir el desorden sólo aparente de la obra keynesiana. En efecto, la función de la preferencia por la liquidez determina, junto con la oferta (exógena) de dinero, la tasa de interés; la función de la eficiencia marginal del capital (que también tiene componentes políticos) determina, junto con la tasa de interés, el nivel de inversión y la función de la propensión marginal al consumo determina, junto con el nivel de inversión, el nivel de producción y empleo. La consecusión lógica de estas funciones me permitió, años después, cuando era profesor en la UNAM, explicar suscintamente a Keynes en un par de largas lecciones.

Después de entender, finalmente, a Keynes, quedó claro por qué Hicks y compañía lo pudieron reinsertar en su corriente (por ejemplo, Keynes no explica cómo se crea en la mente del público la tasa de interés esperada). En esas condiciones, la lectura de los otros ensayos fue coser y cantar. Salí airoso del examen, con un 27, a pesar de la dureza de Pivos.

Algunos de esos días de estudio también fueron de rol. Fui con Paolo y Anna a una cabañita que tenían los papás de él en Riccò, en la montaña modenesa. Era época de hongos y nos pusimos a buscar. También fuimos a Villa, casa de campo de los padres de la Dandi –recogíamos fresas silvestres y ella cocinaba maravillas a partir de la nada-. Veía mucho a Paolo y Anna, y poco a Claudio –quien, al igual que Daniele, estaba haciendo la naia, el servicio militar; Claudio pasó el verano en L’Aquila, pero sus conocimientos de matemáticas, y por tanto, de artillería, lo regresaron a Módena, donde era la sede de esa arma-. También por ese entonces Carreto regresó de Kenya, donde había pasado el verano, y contó sus aventuras –que están recogidas fielmente en Las Posibilidades del Odio, la novela de María Luisa Puga; lo gracioso es que los editores le dijeron a la Hija de Puga que la única parte no creíble de su novela era la del estudiante mexicano que rolaba con su cuate lúo… era la única parte de no-ficción.

A finales de octubre mi billete de avión cumplía un año. Mi opción era pagar una lana para viajar más tarde o usarlo antes de la fecha límite. Dudé, porque estaba muy a gusto en Italia, pero la preocupación por el futuro devaluado me empujó a ir a México.

-Con gusto yo tomaba tu boleto –me dijo Paolo, el día antes de mi partida.

-Con gusto yo te lo daba, pero está a mi nombre –respondí.

En el viaje de regreso nadie se tomó la molestia de ver la foto de mi pasaporte. Eran otros tiempos. Paolo hubiera podido hacerla.

lunes, mayo 18, 2009

Santomé y Avellaneda en la colonia Juárez

El sior Toño, el sior Patiño (Abuelo de Miguel) y yo solemos comer en un restaurante cerca del trabajo. Hace unos meses recaló allí, en un horario similar al nuestro, una pareja. Él, calvo y de bigotito calado, muy serio, rondando la cincuentena; ella, al menos veinte años más joven, espigada, morena, de buena formas y también muy seria. Ambos, con ropa y actitud de oficinistas menores. Daba la impresión de que iniciaban un romance. Los bautizamos como Santomé y Avellaneda, en honor a los protagonistas de La Tregua, la novela de Mario Benedetti.

También Santomé y Avellaneda se hicieron habituales del lugar. Y más de una ocasión alguno de nosotros logró robarle una mirada, y hasta una sonrisa, a la seria y guapa Avellaneda, lo que generaba en Santomé la reacción inmediata de tomarla del talle, para mostrar que la poseía y para impedir que se escapara.

Un viernes, a mitad de la junta de redacción, Toño -quien descansaba ese día- me llamó por teléfono. Me dijo que estaba con su esposa en el restaurant habitual y que había visto a Santomé "con sus retoños". Tras la junta, Patiño y yo fuimos a comer y, efectivamente, allí estaba Santomé con dos muchachos adultos, parecidos a él y que le decían papá. Patiño y yo nos preguntamos si -como en la novela- uno lo estaba ayudando con su jubilación y el otro era un gay de clóset. Esa única ocasión Santomé se dirigió a nosotros y nos deseó buen provecho.

Volvieron Santomé y Avellaneda a frecuentar el restaurante, y nosotros a robar juguetonamente un instante la atención de la joven mujer. Fueron también el último día que abrieron los restaurantes, antes de las medidas de emergencia por la epidemia de influenza los cerraran temporalmente. Avellaneda, extrañamente, iba de jeans y llevaba cubrebocas; Santomé tenía puesto su trajecito.

La epidemia de influenza pasó, los restaurantes reabrieron. No hemos vuelto a ver a Avellaneda (pero sí a Santomé, saliendo apurado, junto a uno de sus hijos). Y ahora que ha muerto Benedetti me preocupa que uno de sus personajes quiera empecinarse en seguir los pasos de la novela.

martes, mayo 12, 2009

Réquiem por el Necaxa

El descenso del Necaxa a la segunda división (eufemísticamente llamada "Primera A") me ha traído sentimientos encontrados. Es como conocer que una tragedia le ha sucedido a una ex-novia, a la que ya no queremos, pero de la que guardamos algunos buenos recuerdos.

Necaxa fue el primer equipo de futbol al que yo le fui, por una combinación de azar y decisión propia. La decisión es que no me identificaba ni con el América -el equipo de los ricos-, ni con el Atlante -los "prietitos"-, ni con las Chivas -equipo de provincia de un nacionalismo que me parecía ultramontano. En cambio, el Necaxa fue fundado por el Sindicato de Electricistas, clase media trabajadora y moderna. El azar, que mi primera asistencia al estadio haya sido a ver un Necaxa-Monterrey y que las oficinas del club hayan estado a cuadra y media de mi casa.

Me tocó aquel famoso Necaxa "caganchesco", el equipo "de los quince minutos". El primer adjetivo está relacionado con el torero Cagancho, que igual daba un faenón que salía entre cojinazos (y a quien se le atribuye la frase genial: "Trabajo que no da para levantarse a las diez, no es trabajo"). Así el Necaxa, que un domingo daba un partidazo y al otro, una exhibición infumable. O que iba perdiendo 2-0 y en los últimos quince minutos le daba la vuelta al marcador. El Necaxa de Morelos, Fal, Benhumea, Dellacha, Fumanchú Reynoso, Giacomini, Baeza, el Morocho Dante Juárez, el del grandísimo Chato Ortiz, el de Peniche (y luego vendrían otros como el Piolín Mota, Javan Marinho, Pancho el Trompo Majewski -quien alguna vez habitó la que hoy es mi casa- o el rudo Carlos Albert). Los caricaturistas dibujaban al equipo como un foquito, similar al ayudante de Ciro Peraloca.

Si algún momento selló mi infantil pasión necaxista fue el partido contra el Santos de Sao Paolo (mejor conocido como "Santos de Pelé", que era -en una época de escasa migración de futbolistas- prácticamente la selección brasileña. El duelo fue el 5 de febrero de 1961 (yo tenía 6 años y lo ví en la tele), en el estadio de CU a reventar, como parte de un Torneo Pentagonal. Necaxa inició ganando 2 a 0, Santos lo empató, Necaxa se fue arriba 3-2 y los brasileños le volvieron a empatar. En la agonía del partido, Dante Juárez anotó el definitivo: un 4-3 imborrable en la memoria.

Continué siendo aficionado del Necaxa hasta que, en 1971, la directiva adeudaba varios meses de sueldo a los jugadores y éstos empezaron a organizar un sindicato de futbolistas, encabezados por Mota y Albert. Al estilo mexicano, la directiva prefirió deshacer al equipo y acabar con la carrera de los futbolistas que permitirles ejercer sus derechos. Lo vendieron y el nuevo empresario le cambió nombre y uniforme: Atlético Español. Desaparecieron a mi equipo.

Conozco sólo una persona, Rafael Rangel El Mob, que de necaxista pasó a aficionado del Atlético Español. El resto desertamos en masa -yo coqueteé un rato con los Cañeros de Zacatepec, para asentarme, hace unas tres décadas y para toda la vida, como orgullosamente Puma de la UNAM-.

Cuando, tras el fracaso económico y de taquilla, los empresarios españoles regresan nombre y uniforme del Necaxa, unos cuantos regresan al redil -pienso en Pepe Woldenberg, Rafa Pérez Gay, JC Vargas-; la mayoría jamás volvemos. "¡Ese no es el Necaxa, es el Atlético Español disfrazado!" exclamaba yo ante los resignados que regresaban al estadio, para acompañarse del cubetero y otros cuatro gatos, porque Necaxa nunca volvió a ser lo que fue.

Volvió a ser campeón, sí, pero ya de la mano de Televisa y con un estilo que generó un neologismo: "necaxear". El necaxeo consiste en no dejar jugar al rival, anotar un golecito y destruir todo intento de futbol con tal de conseguir la victoria. Se creía que las victorias traerían público, pero el futbol de clubes no es tan exitista: exige espectáculo y una suerte de identificación sociocultural. Por eso acabaron yéndose a Aguascalientes, para ver si el localismo podía ser identificación suficiente.

Descendieron jugando sin cojones -al cabo casi todos los jugadores tienen contrato con Televisa-. vergonzosamente, haciendo malos simulacros de esfuerzo profesional. Descendieron arrastrando el prestigio, alguna vez orgulloso, de la camiseta rojiblanca de los Once Hermanos. Ojalá ésta, que para mí es la segunda muerte del Necaxa, sea la definitiva. Y sea más fácil recordar aquel partido en que los Electricistas -de aquella época tan lejana de los "Hidrorayos" y otras mamadas mercadotécnicas- derrotaron al equipo invencible -llevaba 20 victorias seguidas en juegos internacionales-, al mítico Santos de Pelé.

¡Aaaaah! ¡Aquel sublime cuarto gol de Dante Juárez!

jueves, mayo 07, 2009

Herencias hispano-meshicas

Hace unas semanas leí el apasionante La Conquista de México, del notable historiador inglés Hugh Thomas. Esa lectura me hizo reflexionar sobre la añeja herencia cultural de algunos de los atavismos mexicanos (no abundaré sobre los más conocidos).

Las ganas de fiestear.

Los aztecas derrotan de manera apabullante a españoles y tlaxcaltecas (La Noche Triste) y, en vez de perseguirlos para darles la puntilla, se ponen a festejar. Largas ceremonias funerales para los caídos en la batalla, elaborados sacrificios humanos para los enemigos capturados, enormes y suntuosas ceremonias para la asunción de Cuitláhuac como nuevo tlatoani. Los españoles, en tanto, pueden escapar, reforzar su alianza con los tlaxcaltecas –también dolidos de tantas pérdidas- y rehacer posiciones.

Tirar, auténticamente, la casa por la ventana con motivo de una boda, unos quince años, la fiesta del Santo Patrón del pueblo o barrio, o lo que caiga en el tonalpohualli, sigue siendo una tradición en un país eternamente alejado de la ética weberiana y peleado a muerte con el concepto de ahorro.


La pasión leguleya

Esta nos viene de España. Cortés hace prácticamente un motín para cambiar el destino de su expedición, pero busca, a través de subterfugios legaloides, dar una justificación legal a sus acciones. Cada pueblo que va conquistando, cada tropelía que va cometiendo, cada castigo o beneficio que va acordando para compañeros, aliados o enemigos, va de la mano con la factura de largos legajos legales que legitiman judicialmente su accionar (o, al menos, eso pretenden).

Es por demás significativo que la mayor parte de las fuentes históricas para el análisis de la conquista provenga de los diversos “juicios de residencia” que se hicieron a Cortés y a otros conquistadores, con largas y prolijas deposiciones de testigos presenciales (pero interesados).

Esto me hace pensar en dos cosas. Una es el momento en el que Victoriano Huerta intenta disfrazar de legalidad su golpe de Estado, con todo y Presidente Interino que dura 45 minutos en el cargo. La segunda es la constante queja en contra de “judicializar la política”… que sólo se expresa cuando es la contraparte la que manda el asunto a jueces.

Por otra parte, nuestra inveterada capacidad para perder tiempo y esfuerzo en la grilla está ligada estrechamente a esta herencia.


El rechazo al “centro”

Uno de los aspectos más impresionantes de la conquista fue el rechazo generalizado de los pueblos tributarios hacia los aztecas. Si la Historia de Bronce que mamamos en la escuela ubica sólo a los tlaxcaltecas como aliados de los castellanos, la que relata Thomas va mucho más allá. Los descendientes de los olmecas desde el principio jalan con Cortés; a los tlaxcaltecas se les unen los huejotzingas; los purépechas se hacen tarugos cuando los aztecas les piden apoyo; ya en el valle, chalcas y texcocanos terminan unidos a los conquistadores y, por si faltara algo, cuando casi todo estaba perdido y Cuauhtémoc pide apoyo a Tlatelolco, éste lo otorga sólo a condición de volverse la nueva capital del imperio.

La razón de todo ello está en los tributos exagerados y extravagantes que exigía Tenochtitlan. Aves, plumas, jade, trabajo forzado, doncellas, corazones para los dioses. Los embajadores del centro eran hipócritas, falsamente obsequiosos, pero terribles en sus exigencias. Cuando la capital azteca se sintió rodeada, lo más que ofreció fue un modesto descuento en los impuestos.

El trauma persiste. Hoy en día, cuando el Distrito Federal subsidia, en los hechos, al resto de la nación, sigue siendo visto –sobre todo por los chichimecas- como un lugar cuyos lujos y supuestos privilegios derivan del tributo que extrae a las provincias. Y a los chilangos se nos ve como si fuéramos, todos, los enviados del tlatoani, llenos de dobleces y ávidos de expoliación.


El gusto por exagerar los números

En las relaciones, de los dos bandos, hay un desprecio hacia todo lo que parezca un cálculo racional. Según los conquistadores, los pueblos y ciudades del México antiguo –aun los secundarios- son siempre riquísimos, bellos y superan a las ciudades españolas. Según ambas partes, los participantes en las batallas superan las decenas de miles (aunque a la hora de contar los muertos, éstos sean más bien escasos). Qué viva la epopeya, y al carajo con la verdad.

Cuatro siglos después, ese gusto épico-numérico se presenta en el cálculo de cuántas personas caben en el Zócalo. Se llega a un número mágico: un millón. No por nada el Zócalo es el ombligo del Anáhuac. Ese millón apoyaba al Señor Presidente. En 1982, los del PSUM nos pusimos a medir el Zócalo para ver si podíamos llenarlo: en la plancha caben 40 mil. Con eso se armó aquel “Zócalo Rojo”. Dijimos que no éramos un millón; nada más 300 mil.

Y cinco siglos después de la conquista, vigente –como siempre- el desprecio a la precisión, las autoridades lanzaron números alegres (en realidad fúnebres) sobre los infectados del virus A/H1N1, con las consecuencias devastadoras para la imagen del país que hoy sufrimos. Se pusieron (nos pusimos) a hacer cifras precisas, que resultaron mucho menores, cuando el daño mediático ya estaba hecho.

viernes, mayo 01, 2009

Abril de los grandes toletes



Ni la emergencia sanitaria detiene la evaluación mensual de peloteros


Mexicanos en GL Abril

Dos cañones encendidos, un par de serpentinas intratables y un millonario en apuros son las noticias más relevantes para los beisbolistas mexicanos en el primer mes de la temporada 2009. Adrián González y Jorge Cantú se han dado vuelo con la majagua, Yovani Gallardo ha lanzado joyitas –y vaya que se ha ayudado con el bat-, Joakim Soria ha pitcheado poco, pero con su habitual supereficiencia y Oliver Pérez no ha podido disfrutar a gusto el gran contrato que firmó en pretemporada (suponemos que el gerente de los Mets, Omar Minaya lo ha sufrido todavía más).

Aquí, la primera entrega –abril- del análisis de los mexicanos en Grandes Ligas, en orden de su desempeño individual de toda la temporada. Incluimos, por supuesto, a los peloteros paisanos que jugaron para México en el pasado Clásico Mundial.

Jorge Cantú. Quienes dudaban que el tamaulipeco estaba de regreso en su carrera al estrellato se están comiendo sus dudas. Su bat ha guiado a los Marlines a un prometedor inicio de temporada –que era demoledor, hasta que Cantú se perdió tres días por un pelotazo en la muñeca-. Al fin de abril, Cantú iba en tercer lugar de la Liga Nacional en promedio de bateo, con .365, en segundo como productor de carreras, con 22 y en tercero como jonronero, con 7. Más importante aún, su paciencia le está rindiendo al grado de que, juego por juego, su OPS (índice de embasamiento + slugging) es de 1.222 bases por turno al bat; obviamente, el mejor de las Mayores. El de Reynosa fue en Abril, sin duda, el mejor tolete en Grandes Ligas.

Adrián González. El de Tijuana está destrozando la liga con su poder al bat. Termina el mes de abril como líder en cuadrangulares de las Ligas Mayores, con 9 bambinazos, la tercera parte de ellos como local, en el espacioso Petco Park de San Diego. Lleva .333 de promedio 20 producidas y, algo excepcional, un robo de base –el primero de su carrera. Se ha embasado en los 22 partidos en los que ha participado y en 20 de ellos ha conectado imparables.

Yovani Gallardo. Finalmente, la ausencia de lesiones está dejando brillar al michoacano de los Cerveceros de Milwaukee. De cinco salidas en el mes, cuatro fueron de calidad –y una, un pequeño desastre-. No sólo eso, Yovani tuvo su primer juego completo, y dos de sus victorias (4-2 ante San Francisco y 1-0 ante ante Pittsburgh) han sido gracias no sólo a su brazo, sino a su bat. Contra los Gigantes bateó un jonrón de 3 carreras, el primero que un pitcher contrario le pega a Randy Johnson en su larguísima carrera; contra los Piratas, la carrera solitaria fue un cuadrangular suyo: hacía 40 años que no se daba el caso de un juego 1-0 en el que el lanzador ganador pega de jonrón y poncha a más de diez contrario. Su récord en el mes: 3 ganados, 1 perdido, 2.86 de limpias, 34 ponches y un impresionante 0.87 de WHIP (hits y bases por bolas por inning lanzado).

Joakim Soria. El de Monclova sigue siendo una garantía como cerrador de los Reales. Se le presentaron cinco oportunidades de salvamento. Salvó cinco juegos. Su equipo está desarrollando una suerte de “soriadependencia”, al grado que los fans de Kansas llevan la cuenta de los días de inactividad del mexicano (que fueron un poco más de lo normal a fin de mes, por una leve lesión en el hombro). Sus números: 0-0, 5 salvados, 8 ponches y un saludable 1.80 de PCL.

Scott Hairston. El menor de los Hairston Arellano ha estado tan candente con el bat como Cantú y González, sólo que sin el beneficio de jugar todos los días. El jardinero de los Padres bateó en abril para .390, con 3 cuadrangulares, 11 producidas y 2 robos. Lo mejor del caso es que está pegándole a los derechos con igual fe que a los zurdos, lo que podría redundar en convertirlo en el primer bat fijo de San Diego. Con algo más de continuidad, Escotito sería el tercer gran tolete nacional.

Dennys Reyes. A diferencia de lo que se le vio en el Clásico Mundial, el gordito de Higuera de Zaragoza ha estado dominador en la loma de los Cardenales. Ha hecho algo más que trabajar como especialista zurdo, al grado que se llevó el primer salvamento de los pajarracos en el año –no salvaba un juego desde el siglo pasado, en 1999-. Acabó abril con 0-1, 2.57 de limpias y su solitario e histórico rescate.

Rod Barajas. El receptor californiano de los Azulejos es una de las razones por las que el equipo de Toronto está sorprendiendo. Además de manejar bien a su cuerpo de lanzadores (ehem), está bateando con alegría: .299, con 2 cuadrangulares y 10 producidas.

Jorge De la Rosa. La mala suerte, y la falta de bateo de su equipo, los Rockies de Colorado, han impedido que el abridor de Monterrey contabilice victorias en el año. Dos salidas de calidad, pero en duelos de pitcheo que no ganó; otra que no acabó la sexta entrada, pero dejó el partido arriba 3-0 y le tiraron sus relevistas, más una mala salida, tienen su récord en 0-2, pero con un buen 3.57 de carreras limpias, 20 chocolates y la sensación de que ha mejorado notablemente en su control.

Augie Ojeda. Dos lesiones de Stephen Drew han permitido al angelino jugar una buena parte del mes como titular de las paradas cortas de Arizona. Ha estado consistente en el guante y también al bat, aunque no tiene poder. Batea para .325 con 2 producidas, sin volarse todavía la barda.

Ramiro Peña. La lesión del superestrella Alex Rodríguez le abrió un huequito en el roster de los Yanquis al novato regiomontano, quien ha jugado como utility –a veces por razones defensivas- cubriendo la tercera y el short. Batea para .269, con 2 producidas..

Alfredo Amézaga. Inició la campaña en la lista de lesionados –por aquel tirón en el primer juego del Clásico-; se incorporó a los Marlines a mediados de mes y, por supuesto, su versatilidad le permitió ganarse un lugar para jugar casi diario (lo más reciente, sustituyendo a Hanley Ramírez en las paradas cortas). En el mes batea para .250 con 2 carreras remolcadas.

Jorge Campillo. El tijuanense de los Bravos de Atlanta llevaba 1-0, con 5.40 de carreras limpias, y trabajaba aceptablemente el relevo medio, cuando una tendinitis en el hombrode lanzar lo envió a la lista de lesionados.

Jerry Hairston Jr. Las cosas no le han salido muy bien al mayor de los Hairston Arellano: multifuncional a la defensiva, pero en un largo slump de bateo: .179 con un jonrón y 2 producidas. Se embasa tan poco que no puede explotar su velocidad en los senderos.

Luis Ayala peca, como el año pasado, de inconsistencia. A principio de temporada rapiño una victoria y parecía que se movía hacia el set-up de los Mellizos (lanzar la octava entrada), pero falló varias ocasiones con marcadores apretados. Ahora lo común es que lo usen para proteger ventajas grandes o trapear innings con desventajas importantes. Sus números: 1-1, 5.73 de limpias, 8 ponches.

Walter Silva ha protagonizado una bonita historia. El mazatleco llegó a los Padres a préstamo de los Sultanes y recomendado por los hermanos González Sabín. Debutó, por fin, en Grandes Ligas a los 32 años. Su primera salida fue promisoria; la segunda, no tanto (en realidad porque se lesionó el antebrazo pegando de hit). Está sin decisión, con 6.52 de limpias y en la lista de lesionados.

Edgar González. El más pequeño (de tamaño, pero grande de edad) de los Padres Hermanos ha jugado intermitentemente, apareciendo más como bateador emergente (y a menudo fallando como tal) que como titular. Batea para .160 con un jonrón (por segunda ocasión los hermanos se volaron la barda en el mismo juego) y dos impulsadas.

Oliver Pérez. Tras haber firmado el mejor contrato en la historia de los beisbolistas mexicanos (36 millones de dólares por 3 años), el zurdo sinaloense estuvo con los Mets casi tal mal como con el equipo mexicano en el Clásico. Fue una vez Dr. Jeckyll, y ganó su juego, pero ha sido 3 veces Mr. Hyde, con salidas que estuvieron entre lo horroroso y lo espeluznante. Su abril fue de 1 ganado, 3 perdidos, 18 enemigos ponchados y un estratosférico 9.31 de PCL. Su puesto en la rotación está en peligro (su lugar en el roster parece seguro… con ese sueldo).

Juan Castro. Se colocó con los Dodgers de Los Ángeles y, como de costumbre, tiene poca acción, sobre todo defensiva. En 8 turnos ha pegado 2 hits e impulsado una carrera.

Luis Cruz. Se suponía que se iba a quedar en el roster de los Piratas, pero sólo se tomó la clásica tacita de café. El paracortos fue dos veces al bat y conecto un imparable. Puede presumir que bateó para .500 en el mes.