miércoles, mayo 28, 2008

Glorias olímpicas: Nadia Comaneci


Fue la pequeña gimnasta que entrenó duras horas bajo el programa piloto del entrenador Bela Karoly. Fue la adolescente que a los 14 años demostró que sí podía existir la perfección en la gimnasia. Fue la joven rehén de una dictadura enloquecida. Fue la prófuga, la señalada, la muñequita. Es la mujer que rehizo su vida. Nadie como Nadia.
De talento extraordinario, Nadia Comaneci tuvo una carrera fulgurante como gimnasta infantil y juvenil. Fue la más joven campeona europea y en los juegos de Montreal de 1976 estuvo simplemente asombrosa. Coleccionó lo impensable: siete calificaciones de 10. Ganó el oro all-around, en viga de equilibrio, en asimétricas y la plata por equipos. Sólo se conformó con el bronce en los ejercicios de piso. Ágil, audaz, precisa, la niña apenas esbozaba con dificultades una sonrisa. Su paso a la gloria fue inmediato.
Pero en Rumanía nada era fácil. La federación local de gimnasia le quitó a los Karoly la joya del Estado en la que se había convertido Nadia. El resultado fue que subió de peso y bajó de forma, hasta caer al cuarto lugar en los Mundiales de 1978. Fue devuelta a sus entrenadores y al triunfo. En Moscú 80 no pudo repetir el éxito absoluto de Montreal. Jueces localistas la mandaron a la plata en el all-around, mismo resultado que tuvo por equipos. Pero Nadia consiguió otros dos oros: en viga de equilibrio y piso.
Un año más tarde, Comaneci se retiró de las competencias, los Karoly se refugiaron en Estados Unidos y ella pasó a ser entrenadora. En tanto, la peculiar dictadura familiar de Nicolae Ceausescu y su esposa Elena daba muestras de creciente degeneración. Las ideas estrafalarias del “Genio de los Cárpatos” habían convertido a su país en un infierno de represión, hambre y carencias de todo tipo.
Nicu, el peor de los hijos del Conducator –y, por tanto, su previsible heredero- se había adueñado del deporte rumano. En una ocasión ordenó quebrarle los diez dedos de las manos al portero del Steua. Como prenda de ello, tenía retenida a Nadia Comaneci como “su novia”. En una cena oficial, harta de la patanería de su acompañante, Nadia se levantó de improviso y se dirigió a la salida. Nicu la alcanzó antes de que saliera del salón y empezó a arrancarle el vestido mientras le gritaba: “¡te violaré aquí mismo, puta!”. Apenas fue contenido por sus amigos.
Cuando la oscuridad era mayor, es decir pocas semanas antes de que cayera el régimen –la pareja Ceausescu acabaría siendo fusilada; Nicu condenado a la cárcel, donde murió de cirrosis- Nadia tuvo una huída rocambolesca del país, acompañada de un tipo de mala fama, Constantin Panait, de quien fue pareja brevemente. Llegó a Estados Unidos, donde la prensa no la recibió bien, se separó de Panait, se fue a Canadá, se volvió a casar y rápidamente quedó viuda.
Hacía espectáculos casi circenses cuando fue rescatada –a mediados de los noventa- por un compañero gimnasta olímpico, su actual marido, el estadounidense Bart Conner, con quien por primera vez se le vio sonreír abiertamente. Habría que agregar esa sonrisa de la mujer al rostro concentrado, muy serio, orgulloso, de la pequeña adolescente que alcanzó la perfección y la gloria olímpicas, que no son efímeras, pero pueden parecerlo.

martes, mayo 20, 2008

Biopics: Maschio sciovinista

Otro de los cuates que nos hicimos rápidamente fue Giuseppe “Beppe” Falavigna, quien era uno de los trabajadores que asistía a los cursos de las 150 horas en la Facultad. Beppe había nacido de familia campesina, en la provincia de Mantua, y había terminado hasta la primaria. Del resto, era autodidacta, lo que significaba que de repente te sorprendía con conocimientos enciclopédicos y de repente con una ignorancia homérica. Como su origen no era emiliano, sino lombardo, no se crió en la tradición comunista, sino en la católica. Empezó su militancia en grupos cristianos radicalizados y cuando lo conocimos, era muy cercano al PdUP. Meses después cambió: se inscribió al Partido Comunista e hizo de L’Unità su biblia. Era unos diez años más grande que nosotros.
Habrá sido por la combinación de católico y comunista convencido, pero Beppe era tal vez el tipo más bueno que te podías encontrar en Módena. Solidario, amistoso, a veces sentimental, ávido de conocimiento y de la Verdad (porque para él era muy difícil esto de las verdades relativas). Le gustaba, por otra parte, que los proletarios estuvieran de moda y en ocasiones intentaba utilizar su origen de clase como argumento de autoridad. Desconocía la diplomacia.
A esas alturas, Beppe ya no era obrero. Trabajaba para una cooperativa comunista que, en una de tantas “aldeas artesanas” fabricaba cocinas integrales para bares y restaurantes. Él era el vendedor estrella y –según nos confesó años después- lo explotaban miserablemente argumentando causas ideológicas. Vivía en uno de los microdepartamentos cercanos a la estación de trenes de los que no renté, pero hubiera tenido para una casa magnífica de haber trabajado por comisiones para una empresa privada.
La cooperativa le daba un auto, que funcionaba con gas, y en el que rolamos por toda la provincia modenesa varios fines de semana, a menudo yendo a comer a algún restaurante popular en la campiña: llanura o montaña. Así conocimos Pavullo, Castelvetro, Castelnuovo Rangone, Sassuolo y Formigine, pero también nos adentramos en la provincia de Bolonia, adonde a veces íbamos a alguna exposición.
Entre su natal dialecto mantovano y los de los diferentes pueblos emilianos en donde tenía clientes, Beppe tenía un habla toda suya, y para nosotros resultó sencillo hablar, juguetonamente, en una jerga semidialectal con él. Una vez regresábamos de Bolonia, y nos pusimos a cantar, con la música de la Marcha de los Santos, una festiva cancioncilla falsodialectal:

Egh sem in sinc/ in macinin/ Egh sem in sinc in macinin/ Egh sem in sinc… nuèter/ Egh sem in cinc in macinin.
(Somos cinco en el carrito, somos cinco… nosotros, somos cinco en el carrito).


Lucrezia Reichlin era la chava más guapa de nuestra generación –y también el ejemplo vivo del red set que mandaba a sus hijos a Módena para que se prepararan a gobernar el país en el
futuro. Su papá era el director de L’Unità; su mamá, la famosa Luciana Castellina, estaba en la dirección de Il Manifesto. Además de bonita, era muy buena estudiante. Jorge Carreto de inmediato notó que ella tenía muchos conjuntos de marca, pero a menudo combinaba el top elegante con unos jeans, o la falda elegante con una blusita sencilla. Se sabía atractiva, pero jugaba en otra liga, no en la de sus compañeros estudiantes.
Un día ella estaba sentada en clases frente a Carreto y a mí. De pronto se voltea y nos pregunta quién de nosotros vive con una americana.
Le contesto que yo.
-Eres un maschio sciovinista! –exclama, muy indignada.
Le pregunto por qué y me dice que Margherita Bucciarelli, que recién entró a su grupo de autoconciencia feminista, les platicó que uno de los mexicanos “tiene encerrada a su novia americana”. ¡Ahora resultaba que yo era émulo del iraquí!
Me cayó mal que Lucrezia llegara a conclusiones sin siquiera escuchar la otra versión –la de Janette, en particular-, pero me cayó peor que Margherita inventara una historia a partir de sus prejuicios sobre el machismo mexicano, muy a pesar de la gran evidencia que era la actitud abierta, casi didáctica diría yo, que tenía Eduardo hacia ella.
Pero no fui yo quien le dijo a Lucrezia sus cuatro verdades groseras, sino Beppe. En otra ocasión platicábamos varios en el pasillo, quién sabe qué dijo Lucrezia y Beppe le contestó indignado, le dijo que era una presumida que se sentía “la gran panocha” nomás porque estaba guapa, era rica, hija de Reichlin y Castellina y le gustaba a todos los estudiantes. Nomás.

lunes, mayo 19, 2008

Sueño 58. Sensilandia (18-V-08)

Sueño 58.
Sensilandia
18 de mayo de 2008

Mucha gente se ha subido a la atracción especialísima que yo inventé (o que se dice que yo inventé, porque fue una idea mía que Víctor Monjarás terminó de diseñar y construir, anadiéndole sus locuras). Unas personas se bajan del último trenecito y me lanzo a probar, por primera vez, mi invento.
Al principio, es como una casa del terror. Pero no hay monstruos ni nada parecido. Esencialmente es estar entre la vida y la muerte. Una suerte de terror existencial, porque en el principio fueron las tinieblas y la nada. No has nacido aún y algún día morirás. El carro va entre la oscuridad -sólo pequeños destellos de luz neón- y el silencio total. En un momento determinado se ve tu lápida personalizada.
En otra parte, entramos a un tobogán de agua; una especie de serpiente-intestino de goma, con movimientos peristálticos. Mucha gente se divierte, se ríe a carcajadas. Espectadores fuera del juego, Pepe Carreño y mi mamá, dicen: "es la experiencia del agua".
-Es la experiencia del nacimiento -los corrijo.
Tal vez por eso, lo siguiente es pasar a un domo muy iluminado, solar, saliendo del tubo-útero húmedo y retomando el carrito, en el que voy veloz y con las piernas colgando. Se sienten la brisa, la rapidez y algo de levedad. Me preocupa que se me caigan las pantuflas. Se cae una, del Hotel Laissidi Palace, de Venecia. Volteo y veo cómo un empleado la recoge. Reconocerá que es mía, la del autor del juego.
Otra parte es un laberinto de espejos y muros flexibles, transparentes y membranosos. Es la "zona de identidad". Supongo que se divide el público por géneros. Camino por muro y me encuentro con la imagen del duro espejo o frente a mujeres que también están en el laberinto y, en el intento de cada quien por continuar nuestro camino -y encontrar la salida- atravesamos los muros flexibles. Caminamos por senderos laberínticos y la imagen propia con la que nos topamos es cambiante: a veces corresponde a otra persona que se busca a sí misma, y nos sonríe.
La siguiente fase es en un castillo y estamos desnudos. Nos cubren de lodo, o de cenizas. Algunos se sientan en rellanos de piedra. Hay un ambiente como de sala de torturas, pero todos están ahí porque quieren. También podría decir que, para algunos, es un spa. Unas personas se metieron en unas máquinas-catafalco, muy adornadas, que se mueven como martillo de feria, pero lentamente, y los depositan en el suelo, se abren y los visitantes salen cubiertos totalmente de una goma azul que luego van desprendiendo de sus cuerpos.
Me dirijo a otra zona, la de los retos. Se nos coloca un chaleco salvavidas y hay que ir subiendo terrazas acuáticas hasta llegar al tope de una montaña. Son cuatro etapas, la gente está animada. Cuando voy a subir a la segunda, escucho una voz que pide ayuda. Es una anciana bizca, y tal vez deficiente mental. Voy por ella, la jalo del agua -la tiene en los tobillos y aún así está atrapada- y la llevo a una sala de máquinas.
-¿Quién es usted? -me pregunta el operador.
-Soy Báez.
-¡Ah caray, qué honor, señor! -dice, la palabra "Báez" tiene un peso enorme.
-No deben dejar entrar a personas con problemas físicos -le digo-, comuníqueme con Carreño.
El operador saca su Nextel, que emite su típico sonido horrible:
-Con el senador Carreño, por favor, le habla Báez.

Empiezo a despertar. La atracción se llama "See Me, Feel Me, Touch Me, Heal Me", o Sensilandia. Para mí, el trip fue como si fuera la primera vez (yo nomás la pensé, Víctor hizo el diseño final). Las lápidas eran personalizadas porque tenías que entregar una identificación -e incluso así se adivinaba tu religión-, la zona de identidad tenía forma de paramecio: dos entradas contrapuestas, dos salidas juntas y paralelas. El reto del agua tenía un complejo sistema de represas. La atracción era efectivamente peligrosa. Termino de despertar.

jueves, mayo 15, 2008

Leyendas olímpicas: Zola Budd


A Zola Budd le gustaba correr como las gacelas de su natal Sudáfrica. Descalza, en la hierba de su granja o camino al pueblo. Tenía sólo 17 años cuando destrozó el récord mundial de los 5 mil metros planos, un portento. Pero esa marca nunca fue reconocida por una razón: en Sudáfrica se aplicaba el apartheid, y eso la excluía del resto del mundo deportivo.
Corría 1984, los juegos olímpicos de Los Angeles estaban por venir y el Daily Mail, un tabloide conservador inglés, decidió montar una campaña para nacionalizar a Zola Budd, con el argumento de que su abuelo había nacido en Londres. Era parte de una política editorial de acercamiento con el régimen sudafricano y también una manera de colgarse una segura medalla británica. El esfuerzo del periódico contó con la oposición militante de todos quienes se oponían a la política de segregación racial y dividió profundamente a los tories de Margaret Thatcher. La campaña de la derecha triunfó, las minucias legales fueron olímpicamente saltadas y a Zola se le concedió la nacionalidad británica en un tiempo récord de diez días.
Los juegos de Los Ángeles, en buena parte gracias al boicot de la gran mayoría de los países socialistas, se habían convertido en la borrachera nacionalista de unos Estados Unidos envueltos en la soberbia reaganiana. La favorita para la prueba de los 3 mil metros –el único auténtico semifondo femenil que se corrió en esos juegos- era Mary Decker, la típica rubia local, que además era poseedora de la mejor marca mundial en los 10 mil metros. La tercera en disputa era la rumana Maricica Puica. Esa competencia se inscribe entre las más polémicas leyendas olímpicas modernas.
Budd y Decker tenían estrategias opuestas. Para la sudafricana (perdón, británica), era necesario mantener un ritmo veloz durante toda la competencia, Decker tenía mucho mejor cierre y le convenía contener al grupo. Por eso, temprano en la carrera, la pequeña atleta descalza se puso adelante. Decker quería rebasar por adentro y con el muslo le golpeó la pierna izquierda. Budd perdió un poco el balance, pero continuó adelante, Decker insistió en su intento de rebase interno y le clavó el spike a Budd en la pantorrilla. En el encontronazo, la estadounidense tropezó y cayó fuera de la pista, con una horrible mueca de frustración, y también de dolor, porque se había lesionado la cadera. Budd siguió corriendo entre el abucheo ensordecedor del público angelino, que al final la derrotó. Quedó en séptimo lugar, el oro fue para Maricica Puica.
El jurado de la IAAF dictaminó que la responsable de la colisión fue Mary Decker (es responsabilidad del corredor que va detrás evitar el contacto con quien va adelante). Aún así, cuando Budd fue a consolar a Decker, se encontró con una respuesta grosera. La polémica continuó en los medios (cada quien con su campeona local), pero la medalla se había esfumado para ambas.
Zola volvió a romper el record mundial de los 5 mil, que esta vez sí fue homologado, pero en 1988 fue acusada de haber competido en Sudáfrica y suspendida por la federación internacional. Entonces decidió su muy precoz retiro. Sólo quería correr, como cuando niña en la granja, pero la política envolvió su carrera hasta asfixiarla.

En lo que respecta a Mary Decker, tuvo un par de años atléticos excepcionales, pero nunca ganó medalla olímpica. Tras haber calificado para Atlanta 96 salió positiva por testosterona en el antidoping, fue despojada de su reciente medalla de plata de los mundiales bajo techo y suspendida de por vida.


miércoles, mayo 14, 2008

Biopics: El Loco, el Cremlino, el Gran Partido

Uno de los cuates con los que hicimos migas desde el principio era Daniele Tomasi, el que nos envidiaba por poder leer a Neruda en su lengua original. Daniele nos dio valiosos tips para no llegar a clases ateridos por el frío, luego de media hora de bicicleta entre la bruma helada. “Antes de entrar, vayan al bar y pidan un vaso de leche caliente con brandy”. Santo remedio. Más tarde, nos percatamos de que él aplicaba un método similar: a media clase acostumbraba sacar del bolsillo interior de su saco una botellita de grappa, tamaño muestra, y se echaba un hidalgo, bebiéndosela de un solo sorbo.
Muchos de nuestros compañeros, como Francesca Bucciarelli, eran contadores. Otros, como Claudio Francia, habían hecho el Liceo Científico. Daniele no. Él era electrotécnico, y presumía de ello, porque también era preciarse de su origen proletario. Sencillo, gritón, extrovertido, siempre listo a la broma, se ganó el apodo de El Loco. Vivía en uno de los barrios más rojos de la roja Módena: San Dámaso, por lo que, ya en dialecto –supongo que modenés, aunque Daniele era de Mirándola, un pueblo cercano- se convirtió en Al Matt ed Sant’Almés. Fue uno de los primeros en visitarnos en el depa, donde le enseñamos a jugar dominó (terminó apasionándole) y aprendíamos algunas rolas de los cantautores locales, que él tocaba en su guitarra. Su favorita decía: “Signore, io sono Irish, quello che non ha la bicicletta”. Por su parte, le fascinaban la cultura, la política y la música latinoamericanas.
Daniele era constante activista de las labores del PCI, particularmente en su barrio trabajador. Una vez nos invitó a la primera de una serie de presentaciones de teatro que ellos organizaban en la biblioteca del barrio. Se representaba una obra didáctica de Bertolt Brecht, “La Excepción y la Regla”, que resultó bien actuada y mejor explicada políticamente, a pesar de lo escaso de la producción. El público, compuesto casi exclusivamente por trabajadores, le entró con gusto a la discusión, combinando el italiano con el dialecto.
En esa ocasión, El Loco tomó su bufanda y, utilizándola como látigo, le puso tremenda bufandiza a una pobre señora que estaba sentada esperando a que empezara la obra. Cuando se cercioró de que lo veíamos, gritó: “¡Ella es mi mamá!”.
Tras la función, todos los asistentes fuimos a tomarnos un cafetín al bar, que había permanecido abierto ex profeso. Quien servía los cafés era la señora Mancini, la vecina de arriba. Mientras los vertía, nos miró con inolvidables ojos de odio.
Con Daniele rolamos todo el tiempo que estuvimos en Módena, incluso cuando él había desertado de la Facultad y entrado a trabajar en una fábrica “artesana” (ya veremos después que eso es todo menos artesanal) de maquinaria. Allí sigue, ahora en funciones ejecutivas.


Una tarde caminaba yo solo por Via Canalgrande (Módena, como la ciudad de México, alguna vez tuvo canales) y me encontré que quien atendía uno de los puestos de periódicos –un gran kiosco, muy bien surtido- era Claudio Francia, compañero de la Facultad y dirigente de la sección universitaria del PCI. Me metí con él y tuvimos la primera de decenas (más probablemente cientos) de pláticas interesantes, apasionantes y formativas. El puesto era de su papá, de quien me platicó, a grandes rasgos, la historia.
Franco Francia fue huérfano, tuvo pocos estudios y trabajó como jornalero agrícola. Muy joven, en pleno fascismo, se hizo militante del Partido Comunista y participó activamente en la resistencia contra el régimen, primero, y contra la ocupación nazi, después. Después de la guerra, fue electo y reelecto alcalde de Nonántola, su pueblo natal (allí, dice Claudio, se instaló la tercera imprenta en Europa). Allí, gobernó bajo la escuela de Alfeo Corassori, el alcalde obrero de Módena que –narra la leyenda- recorría diariamente la ciudad en bicicleta y que resolvió magistralmente los saldos del gran conflicto causado por la huelga siderúrgica de 1950 (hubo una matanza y cientos de despidos; Corassori organizó a quienes perdieron el empleo para que desarrollaran empresas propias, “artesanales”, que terminaron siendo de vanguardia tecnológica y muy intensivas en capital). Pues bien, Franco Francia dejó el ayuntamiento, y ahora tenía un puesto de periódicos. Quedé admirado, comparándolo con muchos de los presidentes municipales de México que, a veces gobernando pueblos más pequeños y más pobres, terminan putrefactos en pesos.
En esas primeras conversaciones dentro del kiosco, Claudio me comentó algo que repetiría muchas veces a lo largo de su vida, con diferentes claves. Que había tenido una infancia en el lugar ideal, un pueblo de 20 mil almas; la adolescencia y la primera juventud, en el lugar ideal, una ciudad de 200 mil habitantes, y que haría su vida adulta en una gran ciudad. Vivió en Milán, y ahora reside en Roma. Me dijo que cuando era niño, y también cuando estaba en la secundaria, sus compañeros, criados en el catolicismo, se burlaban de él, y lo apodaban Cremlino. Agregó que los mismos compañeros ahora estaban en la izquierda extraparlamentaria y le decían “reformista de mierda”. Profetizó que, pasados los años, le volverían a decir Cremlino, porque aquellos se acomodarían y él se mantendría coherente en sus puntos de vista reformistas y socialdemocráticos. Atinó en buena parte.


Sirva también todo esto para explicar la fascinación que tuvo sobre nosotros la administración comunista de Módena. Por un lado, su penetración organizativa en la vida comunitaria, de la que es ejemplo la obra de Teatro en San Dámaso. El partido –o, a menudo, sus brazos en la sociedad civil- estaba detrás de muchísimas actividades sociales. La mayoría de los cine clubes, conciertos, exposiciones y ciclos de conferencias eran organizados por el ARCI (Asociación Recreativa Cultural Italiana), casi todas las ligas deportivas formaban parte de la UISP (Unión Italiana de Deporte Popular). Eso, sin contar con el papel activísimo del sindicato, la CGIL (Confederación General Italiana de Trabajadores), que era la más fuerte de las centrales obreras y que no se limitaba a la defensa de las conquistas laborales de sus representados, a expensas del resto de la sociedad. Clubes de lírica, gastronómicos, activas asociaciones de padres de familia, grupos ambientalistas o de viajes y excursiones completaban un panorama en el que el tejido social se cohesionaba por redes múltiples, a menudo solidarias, y en el que todo mundo participaba en algo. La libertad entendida como participación comprometida para mejorar tu entorno.
Al mismo tiempo, los comunistas habían demostrado una gran flexibilidad e inventiva para convertir a la región en una de las más ricas y desarrolladas de Italia. El ejemplo de la “Aldea Artesana” es quizás el más significativo: se trataba de desarrollos productivos sostenidos por el municipio, para favorecer el renacimiento económico del territorio, tras la crisis de posguerra. El municipio adquiría terrenos agrícolas privados, ofreciendo a los vendedores un lote. El municipio urbanizaba el área y la revendía, por debajo de los costos de mercado, a pequeños empresarios –en un principio, los obreros desempleados por el conflicto de la siderúrgica- quienes la pagaban a plazos, en función de sus utilidades. El sistema tuvo tal éxito que “aldea artesana” se convirtió en sinónimo de parque industrial. “Trabajo en la aldea artesana” era sinónimo de “soy obrero de una fábrica metalmecánica”. Había varias Aldeas Artesanas en Módena, bien distribuidas, rodeadas de verde, pensadas dentro de un proyecto regulatorio integral, con racionalidad urbanística. Nosotros vivíamos cerca de una de ellas.
Finalmente, está la cuestión de la honestidad. Alcaldes que no se enriquecían en el puesto, y se enorgullecían de una vida al servicio de sus coterráneos. No es extrañarse que el Partido Comunista Italiano nos haya parecido un ejemplo a seguir.
Años después, la lectura de Putnam (Making Democracy Work: Civic Traditions in Modern Italy) me haría entender que había mucho más que un partido detrás de ese éxito. Esencialmente, siglos de historia que habían creado un determinado capital social, con el desarrollo profundo de organizaciones de la sociedad civil: ese era el hilo con el que se podían tejer esas redes de cohesión colectiva. El hilo no existía, por ejemplo, en el sur italiano de tradición borbónica. O en América Latina. Lo que el PCI hacía en Emilia-Romagna era, finalmente, similar a lo que hacían la DC y la Iglesia Católica en el Veneto. Ni una institución ni la otra lograron tal articulación en el sur. Pero para 1975, el Grande Partito todavía no gobernaba el sur, Putnam estaba a veinte años de publicar su libro y a nosotros nos quedaba claro, porque lo teníamos –incontrovertible- frente a nuestros ojos, que la sociedad podía funcionar, y muy bien, con la izquierda en el poder.

miércoles, mayo 07, 2008

Glorias olímpicas: Abebe Bikila


Hijo de un pastor del altiplano etiope, Abebe Bikila ingresó a la Guardia Imperial de su país para ayudar a mantener a su familia. Allí lo descubrieron para el atletismo, y muy pronto destacó. Calificó de última hora a los juegos de Roma, en 1960, donde compitió en el único maratón totalmente nocturno en la historia olímpica.
Bikila corrió descalzo. No lo hizo para hacer una declaración política, sino porque los tenis que le dieron no le quedaban bien y él había realizado casi todo su entrenamiento sin zapatos (otra versión dice que el entrenador escandinavo del equipo etiope lo decidió, porque así Bikila era más rápido). El recorrido era espectacular: por la Via Appia hasta desembocar en el Arco de Constantino. Precisamente de ese arco habían salido, 25 años atrás, los soldados italianos, dispuestos a la conquista de Abisinia, en el alucinado intento de Mussolini por reconstruir el Imperio Romano.
La estrategia de Bikila fue mantenerse en punta y despegarse en la última parte del recorrido, cosa que hizo con facilidad. Su llegada triunfal, que significó la primera medalla olímpica de oro para un país africano, fue un momento destinado a permanecer. Descalzo, el atleta de la nación paupérrima y hasta hace poco colonizada, ganaba la carrera de maratón en la capital del país que quiso volver a ser imperio, y no lo fue.
La victoria romana significó para Bikila el ascenso a sargento, y un anillo de diamantes –a cambio, el Negus Haile Selassie se quedó con la medalla histórica-. Pero Etiopía no era un país tranquilo. Bikila, como parte de la Guardia Imperial, fue involucrado en un fallido intento de golpe de Estado, en el que no tuvo parte activa. Junto con los otros conjurados, fue condenado a morir en la horca, pero el Emperador amnistió al héroe nacional y lo reincorporó a filas. Los demás no corrieron la misma suerte.
El espigado atleta esperaba volver a la carga un ciclo olímpico después, en Tokio. Seis semanas antes de los juegos, durante un entrenamiento, Bikila se dobló del dolor: era apendicitis y fue operado de urgencia. Apenas terminó su convalecencia, partió a Japón y se presentó en la línea de salida, ahora con sus zapatos bien puestos. Misma táctica, idéntico resultado. Fue el primer hombre en defender con éxito su título en el maratón olímpico. De premio, el emperador lo volvió a ascender y le regaló un vocho, y la historia olímpica lo encumbra entre sus mayores glorias.
Iba por la tercera medalla en México, pero en el kilómetro 17, a la altura del Sanatorio Español, cuando va en el grupo puntero, siente que las rodillas ya no dan más de sí. Apesadumbrado, se retira de la competencia, que ganaría su compatriota Mamo Wolde.
Al año siguiente, mientras manejaba en el famoso vocho que le regaló el Negus, Bikila se topa con un caótico enfrentamiento entre estudiantes y fuerzas del orden. Trata de no atropellar a los jóvenes, su auto vuelca y cae sobre una zanja. El bicampeón olímpico queda parapléjico. Cinco años después muere de un derrame cerebral, consecuencia indirecta de aquel accidente.

viernes, mayo 02, 2008

Biopics: La saga del cheque

Para Navidad fuimos a Roma. También allá recaló Castañares, quien estudiaba en la Universidad Bocconi, de Milán. Todos nos alojamos en el departamento que tenían los Mártires (Toño Mártir y Edith, su esposa) en Trastevere, Via Garibaldi. Le platicamos al Doctor Flores de nuestras cuitas. Nos dio la noticia de que el presidente Echeverría lo había nombrado embajador de México en Cuba y que dejaría Roma en los próximos meses. Al tiempo, nos dijo que haría todo de su parte para que la beca nos llegara, y lo hiciera de manera regular. “Les garantizo que no los voy a dejar tirados, muchachos”.
La nochebuena romana me pareció muy extraña. Vi gente muy tranquila, comiendo pollo en una fonda, sin ningún ánimo festivo. Luego aprendería que lo que se celebra en Italia es el día 25, con una comida. Pasamos esa noche –la importante para nosotros- entre mexicanos, con María Luisa Puga, Irene Ruiz y otros cuates (incluso una pareja de antropólogos que, cuando se peleaban –y era a menudo- discutían en náhuatl). Fue algo rico, sobre todo por la calidez humana.
Después, comimos con Flores y su familia. Allí el Doctor me entregó un paquete que habían enviado mis padres a su casa –de cuando todavía estábamos en Perugia- y que traía un ejemplar de la revista Siete, que dirigía Gustavo Sáinz. En esta revista aparecía un cuento mío, “Ayuno”, que había escrito en Nueva York. Perdí la revista, y tampoco tengo el original. Algún número estará arrumbado en una hemeroteca.
Enterados del asunto de la falta de gas en nuestro departamento, Flores y su esposa Joan nos regalaron un buen calentador eléctrico, nuevecito. Joan también me dio un cheque personal de 200 dólares, para paliar la coyuntura, que se regresarían al momento en que llegara la beca.
Y aquí es donde debería de entrar Freud, para incluir éste en los anales de los actos fallidos. De regreso de casa de los Flores, metí el cheque y el pasaporte entre las páginas de un libro de cine que acababa de comprar. En el camión atestado me doy cuenta de que es un lugar impropio, verifico y, para mi desesperación, ya no están entre sus hojas ni el cheque ni el pasaporte. Tampoco en mis bolsillos. ¡Qué estúpido! Han pasado las décadas, me quedó el trauma y todavía no tengo idea de por qué lo hice.
Tuve que ir a la Questura a denunciar la pérdida de ambos documentos. Con copia de la denuncia, fui a la embajada a tramitar mi reposición, sustentado en mi cartilla del servicio militar (en la neura, siempre viajaba con ella). Con otra copia, fui con Joan para que no cobraran ese cheque. La señora Flores ve la copia y me dice: “Pancho, te equivocaste, mi cheque es del Chase Manhattan, no del Chemical Bank como dice aquí”. Irene Ruiz –siempre eficiente- nos sacó de apuros; con ayuda de una goma de borrar usada con maestría cambió el nombre del banco. A la señora, los burócratas bancarios al fín le bloquearon el cheque, me expidió uno nuevo y ese mejor lo cobré y cambié de inmediato.
El relajó que armé con el cheque perdido retrasó nuestro regreso a Módena. No pudimos hacerlo sino hasta el mero día 31, y Franco y Otello nos habían invitado para el año nuevo. El tren se nos hizo lentísimo, pero al fin llegamos, poco después de las nueve de la noche. De la estación misma llamamos a Otello para decirle que habíamos vuelto: se puso feliz. Nos fueron a recoger y despedimos 1974 en un local popular, comiendo carnes y más carnes, bebiendo Lambrusco y escuchando el liscio, la música que rezuma el alma popular de la cultura padana: polkas y cancioncitas, enmarcadas por un clarinete chillón, un saxo altísimo y el acordeón. Música muy paya, muy alegre y, al menos para mí, muy difícil de bailar. No importaban mis dos pies izquierdos, era el fin de un año que me parecía glorioso y había que disfrutar la llegada promisoria del sucesivo.

jueves, mayo 01, 2008

Joakim y la cortina de hierro

Estamos de regreso con la pelota caliente. Je je.


Mexicanos en GL Abril

Dos cañones y cuatro serpentinas mexicanas son lo más destacado para los nacionales en el primer mes de la temporada de Grandes Ligas. De lejos, lo más relevante ha sido la impecable actuación de Joakim Soria, cerrador de los Reales de Kansas City, que ha rozado los linderos de la perfección. Otras noticias relevantes son que Dennis Reyes recuperó su antigua forma, que Jorge Cantú –a base de riñones, pero también de inteligencia- le está dando la vuelta a dos campañas para el olvido, que Jorge Campillo por fin está mostrando su madera ligamayorista y que Yovani Gallardo deja la clara impresión de ser mucho más que flor de unos meses.

Aquí, la primera entrega –abril- del análisis de los mexicanos en Grandes Ligas, en orden de su desempeño individual de toda la temporada..

Joakim Soria. Nada más se le puede pedir a un lanzador. El de Monclova ha aparecido en 11 ocasiones, a menudo en situación de salvamento. Ha lanzado 11 entradas, en las que apenas ha dado una base y recibido 3 hits. A cambio, ha dejado viendo visiones a 13 bateadores, que tuvieron que regresar al dogout con el bat en la mano. 6 salvamentos en 6 oportunidades; los contrarios le batean un miserable .083; su porcentaje de carreras limpias admitidas por cada 9 innings lanzados es impecable: 0.00. En otras palabras: Soria baja la cortina de hierro y los bateadores nada han podido en contra suya. Y no hace todo esto con base en velocidad pura, sino en la combinación sabia de diferentes pitcheadas. Si hemos de pensarle en un defecto, es que los Reales de Kansas City son tan mediocres que no le dan a Joakim suficientes oportunidades de salvamento.

Adrián González. En la parte central del flojo orden al bat de los Padres de San Diego destaca el de Tijuana, consistente y a menudo contundente. Sus números, sin ser maravillosos, indican que va tras otra buena temporada. .284, con 5 dobletes, 5 cuadrangulares y 19 producidas. Estaría en el rango de los superestrellas si no tuviera que jugar la mitad de los partidos en Petco Park, paraíso de los lanzadores (de hecho todos sus jonrones han sido en gira). Demuestra con un guante privilegiado su calidad de pelotero completo.

Jorge Cantú. El regreso del tamaulipeco es una de las mejores noticias del año. Peleó hasta con los dientes la titularidad en la tercera base de su nuevo equipo, los Marlines de Florida, desplazando –gracias a una magnífica actuación en los entrenamientos de primavera-.a Dallas McPherson hasta AAA. Empezó con un slump, bateando tarde, atrasado y sin poder, pero se recuperó y terminó el mes enrachado, convertido en una máquina de dobletes: lleva 10, con 3 jonrones, 10 producidas y .296 de promedio. Además se ha dado el lujo de robar dos bases. Si su bat no hace extrañar mucho al slugger Miguel Cabrera, a quien sustituye en el lineup marlín, tampoco su guante: ya lleva 6 errores, y va para muchos más.

Jorge Campillo. Apenas logró estar en el roster de los Bravos de Atlanta, quienes lo querían para trapear innings, pero llegó para demostrar su madurez como lanzador y es utilizado, crecientemente, para tareas de más responsabilidad, durante juegos cerrados. En 12 entradas y dos tercios apenas ha aceptado una carrera limpia (en un rally para el que contribuyó con un error), ha ponchado a 14 y no tiene decisión. Su PCL, 0.71, es casi tan minúsculo como el porcentaje de sus oponentes (.114).

Dennis Reyes. El gordito de Higuera de Zaragoza está totalmente repuesto de sus dolencias en el brazo de lanzar, y parece en camino de repetir su magnífica actuación de 2006. Sus primeras apariciones con los Mellizos de Minnesota fueron brevísimas, estrictamente aquellas que requerían de especialista zurdo. Al paso de las jornadas ha sido utilizado con más regularidad, y ocasionalmente como preparador del cierre. Tiene 1 ganado y 0 perdidos, perfecta efectividad de 0.00 y 5 chocolates.

Yovani Gallardo. Una lesión en la rodilla, durante los entrenamientos primaverales marginó al michoacano las primeras dos semanas. De regreso a Milwaukee, con los Cerveceros tuvo dos salidas de alta calidad, en las que se enfrascó en sendos duelos de pitcheo. Las carencias ofensivas de su equipo mandaron ambos juegos a extrainnings. No lleva decisión, pero un magnífico 0.64 de PCL nos habla de una estrella en ciernes.

Oliver Pérez. El segundo lanzador en la rotación de los Mets de Nueva York es la versión beisbolera del Doctor Jeckyll y Mister Hyde. Cuando trae control en el brazo, el sinaloense de las bolas de humo es intratable. En tres de sus salidas, Oliver Jeckyll estuvo magnífico y dejó en blanco a sus oponentes. Cuando pierde el control, es Oliver Hyde, una pesadilla para su propio equipo. En sus otras tres salidas acumuló un PCL de 10.03. En ambos casos tira demasiados lanzamientos como para ir más allá del sexto inning. Su marca de abril: 2-2, con 26 ponches (pero 21 pasaportes) y 4.03 de carreras limpias.

Esteban Loaiza se encontraba a gusto en los Dodgers de Los Ángeles, y a los esquivadores se les ocurre contratar a Joe Torre, el ex manager de los Yanquis que le trae tan malos recuerdos al veterano de Tijuana. Su buena primavera le aseguró un puesto en la rotación angelina, pero a la primera mala salida, Torre lo envió al bullpen, aunque regresó en una ocasión como abridor número 5. Salvo aquel inicio, Loaiza lo ha hecho razonablemente bien: tiene récord de 1-2, con 4.15 de limpias y un bajo índice de WHIP (pasaportes y hits admitidos por entrada lanzada): 1.06. Este indicador presagia un repunte en las próximas semanas.

Luis Ayala es otro jugador que ha superado las lesiones. Con los Nacionales de Washington, es el lanzador de Grandes Ligas que participó en más juegos durante abril, con 17. El mochiteco también comparte con Carlos Mármol el liderato de la Liga Nacional en ventajas sostenidas (holds: cuando un lanzador recibe el partido en situación de salvamento y lo deja manteniendo la ventaja). La lesión de Chad Cordero lo coloca de regreso, tras el periplo de dos años por su terrible lesión en el codo, como preparador del cierre. Sus números son buenos, pero no excepcionales (su control no es el que era): 0-1, con 2.86 de CL, 8 ponches y 7 bases.

Alfredo Amézaga. El versátil y pimentoso jugador de los Marlines se hizo de un lugar en el cuadro titular (ante lanzadores derechos) al principio de la temporada, que empezó con el bat más que encendido. A lo largo de las semanas se ha ido apagando notablemente: la primera quincena bateó para .333; la segunda, para .111. En el mes llega a .234 con 5 producidas. A pesar de su velocidad, no se ha estafado ninguna colchoneta. Su fildeo sigue siendo excepcional y su tremendo brazo ha sacado, desde el jardín central, a varios audaces en jom.

Oscar Villarreal. El de San Nicolás de los Garza ha tenido la campaña inversa a la de Jorge Campillo. En los primeros días los Astros de Houston lo utilizaron en situaciones críticas, de juegos cerrados. Falló: le botaban la pelota a cada rato. Ha pasado a trapear innings, y lo ha hecho mucho mejor. Tiene marca de 0-3, con 5.19 de carreras limpias, y 6 cuadrangulares admitidos en apenas 17 entradas.

Edgar González. El otro nuevoleonés en la gran carpa se ganó el lugar de quinto abridor en los poderosos Diamondbacks de Arizona, pero parece a punto de perderlo. Sólo una de sus cinco salidas ha sido (apenas) de calidad y en dos de ellas lo han apaleado. Ojalá repunte, aunque para ello tenga que ir al bullpen. Su récord de abril es 1-2, con 6.55 en carreras limpias.

Germán Durán es el mexicano 103 que debuta en Grandes Ligas. El zacatecano fue subido a mediados de mes por los Rancheros de Texas para cubrir tareas de utility en el infield. Batea para .235 y ha anotado 3 carreras.

Luis Mendoza, también jugando para Texas, tuvo un abril muy malo. En su primera salida iba muy bien hasta que un error en la quinta entrada aparentemente lo puso nervioso, y perdió el juego. En la segunda iba perfecto, sólo que se desmoronó en la cuarta entrada. En la tercera no llegó a lanzar dos innings. ¿Nerviosismo de novato ante el primer bateador que se le embasa o cansancio prematuro? Cansancio prematuro, debido a una lesión en el hombro. La novatez fue no avisar y creer que con “echarle ganas” el veracruzano podría dominar a los rivales. El resultado: 0-2, un horroroso 9.31 de carreras limpias y una estancia incierta en la lista de lesionados.

Juan Castro. Inició con los Rojos de Cincinatti, cumpliendo tareas de utility. Está bien que el bateo no sea la característica principal de este tipo de jugadores, pero Juan de Dios exageró. Bateó para .000 y anotó una carrerita la única vez que se embasó (por pasaporte gratis). Los Rojos lo dejaron ir.

Los dos jugadores mexicanos que habían sido removidos de sus equipos a la hora del corte de inicio de temporada, terminaron cambiando franela y es probable que debuten en mayo. Jorge de la Rosa, lanzador que los Reales vendieron a los Rockies de Colorado y Oscar Robles, utility que los Padres dejaron ir y que los Filis de Filadelfia acaban de contratar.