martes, abril 29, 2008

Leyendas olímpicas: Tommie Smith, John Carlos y Peter Norman


La carrera duró poco más que un soplo. La ceremonia de premiación será recordada para siempre en los anales de los juegos olímpicos de la era moderna.
La final de los 200 metros planos en México 68 terminó con un ganador inesperado. Tommie Smith había sido más rápido que el favorito, su compatriota John Carlos. Se llevó el oro, rompiendo la barrera simbólica de los 20 segundos. Más sorpresivo aún fue que un australiano, Peter Norman, se haya colado al segundo lugar, superando a Carlos por 4 centésimas de segundo.
En el podio, Tommy Smith y John Carlos aparecieron en calcetines, con los zapatos en las manos y portando un guante negro. Smith portaba una bufanda, negra también. Los tres atletas llevaban botones del Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos (OPHR). Cuando sonaron los acordes del himno de Estados Unidos, los velocistas afroamericanos bajaron la cabeza y alzaron en puño en señal de protesta. Más tarde se supo que Carlos había olvidado sus guantes negros y fue Norman, el australiano blanco, quien sugirió que los compartieran.
La prensa de aquel tiempo atribuyó el gesto al radicalismo, y se ligó a los atletas americanos con las Panteras Negras. EL OPHR era otra cosa: un movimiento encabezado por deportistas negros estadounidenses en contra del racismo dominante en el Comité Olímpico de su país y, sobre todo, en el COI, presidido entonces por Avery Brundage, abierto apologista del nazismo y defensor de Rhodesia y Sudáfrica. A este movimiento se habían adherido competidores blancos, como los integrantes del equipo de remo.
Tommie Smith y John Carlos no eran activistas políticos y no tenían contacto con las Panteras Negras, sino estudiantes de sociología en la Universidad Estatal de San José, que se sentían discriminados en el deporte y luchaban en contra del Apartheid (el oficial, de Sudáfrica y Rhodesia; y el silencioso, de su propio país).
Tras la ceremonia, Avery Brundage ordenó que se suspendiera a Smith y Carlos del equipo estadounidense y se les expulsara de la Villa Olímpica. La comisión atlética de EU se rehusó, entonces Brundage amenazó con expulsar a todo el equipo de atletismo. Al final, los dos velocistas negros quedaron fuera “por violar los principios fundamentales del movimiento olímpico”.
A su regreso a Estados Unidos, fueron maltratados por los medios y sus familias recibieron amenazas de muerte. Poco después, ambos destacaron en el futbol americano profesional: Smith, con los Bengalíes de Cincinatti y Carlos, con las Águilas de Filadelfia. El campeón olímpico terminó su carrera de sociología, fue elevado al Salón de la Fama del Atletismo de EU en 1978 y fue profesor universitario. El medallista de bronce fue parte del comité organizador de los juegos de Los Ángeles en 1984 y actualmente es entrenador. Su llegada al Salón de la Fama fue en 2003.
La solidaridad de Peter Norman para sus compañeros le resultó costosa. Los medios australianos hicieron el vacío a su llegada. Sus críticas a la política australiana que restringía la migración de “no blancos”, contribuyeron a que se le hostigara en el ámbito deportivo. A pesar de haber calificado a los juegos olímpicos de Munich, se le excluyó de la delegación y se truncó su carrera.
Norman fue maestro de preparatoria y siguió corriendo. En 1985 una lesión mal tratada devino en gangrena y casi perdió la pierna. Su país lo reivindicó haciéndolo portar la antorcha olímpica, como una de las glorias deportivas australianas, en la ceremonia de inauguración olímpica de Sydney. Murió en 2006 de un ataque al corazón. Sus amigos Tommie Smith y John Carlos fueron los encargados de cargar el ataúd en el funeral.
Ese mismo año, la Universidad Estatal de San José develó un monumento en honor a aquel momento legendario de 1968. Están las figuras de Tommie Smith y John Carlos en el podio, con la cabeza gacha y el puño alzado. El lugar para el segundo lugar está vacío. Es una gran injusticia: Peter Norman también es parte de la leyenda.

miércoles, abril 23, 2008

Biopics: La ronda de los calentadores

El invierno se acercaba y el gas no llegaba al edificio en el que vivíamos. Hubo varias reuniones de inquilinos para armar una estrategia ante el casero y para distribuirnos las tareas condominiales. En las reuniones se hablaba de no pagar la renta hasta que hubiera gas y se decidió que cada nueve semanas a un departamento le tocaba limpiar escaleras y pasillos.Además de nosotros, ocupaban el edificio la familia del contador Borghesi, la pareja de una inglesa estilista –que rentaba también el local de abajo- con su marido italiano bien peinado y seis familias obreras. Con todos nos llevamos bien de inmediato, menos con los del departamento exactamente arriba del nuestro, los Mancini, un par de flacos narigones con una bebé pequeña, que nos odiaron desde el principio, pero sobre todo a Jorge Carreto.

Carreto había rentado un piano, para seguir practicando las lecciones truncadas en México, que repetía y repetía, siempre equivocándose en la misma tecla. Los de arriba se desesperaban y –como el vecino de Cortázar en Rayuela- se ponían a dar frenéticos escobazos en su piso (nuestro techo) para callarlo. Jorge llegó con ellos a un acuerdo en principio para dejar de tocar después de las diez de la noche. Lo curioso es que si, después de las diez, ponía un cassette de rock no pasaba nada, pero si era música de piano venían los escobazos. Los Mancini no distinguían un concertista de un principiante. Con el tiempo, la cosa empeoraría, ya que cada vez que la bebita se ponía a llorar, aquellos gritaban desesperados y golpeaban frenéticamente su piso, sin importar qué tanto ruido estuviéramos haciendo. Imagino que lo hacían incluso en nuestra ausencia.

Los amigos de las Bucciarelli nos alivianaron con un refrigerador usado y dos calentadores eléctricos, indispensables ya porque el frío comenzaba a calar. De día no había problema, pero sí a la hora de dormir, porque uno de los cuartos se quedaba sin calentador. Esas noches heladas se armaba la ronda de los calentadores: digamos que cuando nos íbamos a dormir, mi cuarto no tenía calentador. Aguantaba media hora, 45 minutos o hasta una hora –según el frío- y, entumido, iba al cuarto de Carrreto y tomaba el suyo. Él hacía lo posible por dormir con el friazo, pero igualmente terminaba yendo a la recámara de Mapes y tomaba el de él. Eduardo también intentaba aguantar mientras sus compañeros teníamos calentadores, pero acababa cediendo a las exigencias de su cuerpo e iba a nuestro cuarto por el aparato que le habíamos quitado a Carreto una o dos horas antes. Se reiniciaba la ronda, que terminaba cuando alguien caía rendido del sueño, a pesar del frío. Ese alguien solía ser el primero en despertarse, y hacerse de un calentador.

Cuando se acercaba la navidad, Carreto nos dio la noticia de que la pasaría en México y regresaría en enero. Eduardo, Janette y yo nos despedimos de él con tristeza, porque iba hacia el calorcito chilango, pero también con cierta aliviada distensión, porque ya no tendríamos que levantarnos a medianoche en pos de un calentador.


martes, abril 22, 2008

Glorias olímpicas: Vera Cáslavská


Vera Cáslavská no sólo dominó complemente la gimnasia artística femenina por casi una década; también enamoró a dos naciones muy diferentes y encantó al mundo entero. Fue la última, y la más excelsa, de las grandes gimnastas adultas.
De niña tomó clases de ballet en el Teatro Nacional de Praga y practicó el patinaje artístico. Apenas a los 15 años –la edad en la que ahora brillan más las gimnastas- empezó a dedicarse al deporte olímpico que la llevaría a la gloria.
Tres años después, formó parte del equipo checoslovaco que se hizo de la plata en los juegos olímpicos de Roma. Su madurez se da en Tokio –ya era multimedallista europea y mundial- cuando, a los 22 años, es pieza fundamental en la plata por equipos y conquista el oro en all-around individual, salto de caballo y barra de equilibrio, donde es una de las primeras en realizar saltos mortales. Los espectadores japoneses se le entregan y se desarrolla una primera fase de la “veramanía”.
Entre 1964 y 1968 Cáslavská gana todo lo que es posible ganar. En el verano de ese año intenso, la gimnasta suscribe el documento "Dos mil palabras", que exigía un avance más rápido en las reformas checoslovacas. Poco antes de los juegos de México, los soviéticos invadieron su país.
La pugna checo-soviética tuvo su reflejo en los olímpicos y, particularmente, en la gimnasia femenina. La prensa manejó dos candidatas rivales a “novias de México”, la Cáslavská y Natalia Kushinskaya. A pesar de la belleza de la soviética, la mayoría se decantó por la checoslovaca, por razones políticas, pero también deportivas.
El triunfo deportivo de Vera fue casi absoluto. Obtuvo el oro en all-around, salto de caballo, barras asimétricas y piso (empatada con Larissa Petrik que era rusa y no tan guapa y sonriente como la Kuchinskaya, lo que causó tremenda rechifla: Vera había realizado su rutina al son del Jarabe Tapatío), tuvo plata por equipos, y en la barra de equilibrio. En la premiación de ejercicios de piso, Cáslavská bajó significativamente el rostro mientras se tocaba el himno soviético. La segunda de las protestas notables en los podios de aquellos juegos.
Con Cáslavská terminaba una época. Una alemana jovencísima, Karin Janz, empezó a atraer la atención de público y jueces. Las gimnastas se harían más jóvenes y pequeñas, en un proceso que no empezó a revertirse hasta 1996.
Por si hubiera dudas de quién era la novia de México, en plenos juegos Vera desposó al semifondista Josef Odlozil, en la Catedral de la Ciudad de México, ante miles de entusiastas admiradores. Era su propósito de tiempo: había llevado su vestido de novia a la Villa Olímpica.
La gimnasta se asumió como una flor de la Primavera de Praga que los soviéticos no habían podido arrancar. Regaló réplicas de sus cuatro medallas de oro a representantes del proceso democratizador, encabezados por Alexander Dubcek.
En la cúspide de su carrera, las autoridades comunistas sometieron a Vera a 40 interrogatorios y le pidieron que renegara de su posición política. Ella se negó y, como represalia, durante cinco años no pudo encontrar trabajo. En 1974, gracias a la valentía de los directivos del club Sparta de Praga empezó a entrenar clandestinamente a las gimnastas adolescentes.
Acudieron en su ayuda los dos pueblos que la habían hecho novia. En Japón se publicó su autobiografía, prohibida en su patria. México hizo gestiones para que entrenara a las gimnastas mexicanas, lo que hizo de 1979 a 1981 (y hasta tuvo un breve programa de tele).
Durante la estancia en México se deterioraron las relaciones maritales, por los constantes maltratos que sufría de parte de Odlozil. Acabaron divorciándose.
En 1993 –cuando había caído el muro y Cáslavská estaba rehabilitada- ocurrió una tragedia que la marcaría para siempre. Su hijo Martin hirió en una riña a su ex marido Josef Odlozil, quien falleció. El joven parricida fue condenado a prisión, pero –a instancias de otro gran olímpico, Emil Zatopek- se benefició de un polémico indulto del presidente Vaclav Havel.
El golpe fue demasiado duro para Vera. Esta gran gloria olímpica estuvo un tiempo recluida en un hospital psiquiátrico y ha vivido una profunda depresión, de la que no logró sacarla ni su elección al Comité Olímpico Internacional. En 2001 renunció a ese cargo y, desde entonces, vive en un estado de práctica reclusión.

viernes, abril 18, 2008

Biopics: Pantagruel sin una lira

En esas primeras semanas en Módena, ninguno de nosotros tenía mucho dinero. Mapes estaba paupérrimo, pero Janette y yo estábamos al borde de la quiebra total.
Algo que nos alivianó mucho en aquellos días fueron las invitaciones a comer. A cada rato lo hacía nuestra compañera Francesca Bucciarelli, que vivía con su familia en una bonita casa de clase media-alta, no lejos de la Facultad. Lo único que era un poco incómodo de comer ahí, era que la plática de sus padres se centraba en los precios de la comida. Luego aprendimos que eso formaba parte de la cultura social modenesa, atenta al ahorro, a los dineros y a los bienes. En esas comidas –y en posteriores reuniones de amigos- nos hicimos cuates de Margherita, la hermana mayor de Francesca. Tiempo después, Eduardo se hizo novio de ella (y Jorge y yo le pusimos el mote de “Amargurita”).
Otras ocasiones comíamos en casa de Franco Brighenti, con su esposa Silvia, sus lindos hijos Stefano y Stefania y el pájaro parlanchín Kiko, que siempre estaba pidiendo dinero. Pero las comidas más memorables fueron con Otello, su esposa Angela, sus hijas Daniela y Betti, y la abuela. Eran la síntesis de la gastronomía modenesa, de la que el mundo ahora reconoce el aceto balsámico –en aquella época, un producto estrictamente local- pero que tiene mucho más. Se empezaba con el antipasto: jamón crudo, salami, ceci
(una especie de queso de puerco), diversos tipos de embutidos, corazones de alcachofa, quesos varios y harto pan. Se continuaba con una pasta, que bien podía ser tortellini in brodo (una vez nos pasamos todo un sábado haciendo los pañalitos de pasta con la bolita de carne en medio, con tanta confianza que la abuela ya le decía Gianna a Janette), o tal vez fettuccini alla bolognese: eso sí, con todo el parmesano rallado que quisiéramos. El plato fuerte solía constar de algún tipo de carne hervida; y no faltó en alguna ocasión el clásico local, lo zampone, que es carne de puerco molida, combinada con carnes magras, especias, hierbas y manteca, hervida en la pata deshuesada del cerdo y acompañada con lentejas y polenta. Solían ser comidas pantagruélicas, con un cierto sabor rústico, bañadas con abundante vino lambrusco. Más tarde venía el postre, que podía ser una tarta deliciosa de castañas, acompañado de una copa de vino marsala, y a veces sopeado en ella. Después, el café y un licor digestivo (me nació la afición por el Unicum, húngaro y amarguísimo). En ocasiones la comida en casa de Otello duraba tanto (o habrá sido la sobremesa, en la que Otello, por ejemplo, hablaba de sus tiempos de mesero en el famoso restaurant Fini, de cuando le sirvió al Shá de Persia y a Farah Diva) y se nos iba tan rápido, que llegábamos a la hora de la cena… y de otro atracón.

Esas comilonas compensaban alguna otra, hecha de cuatro papas hervidas y un pan, porque ahora sí no había dinero ni para la trattoria Dina.
Lo que tenía que pasar, pasó. Una tarde, en el centro, Janette y yo nos dimos cuenta de que sólo nos quedaban 30 liras, poco menos de cinco centavos de dólar. Compramos tres caramelos y nos quedamos en cero. Fue una sensación extrañamente exhilarante: allí me dí cuenta de que la ausencia total de dinero te quita peso de encima. Habrá sido la irresponsable juventud, pero la pobreza absoluta era un sentimiento de libertad que, aunque sabíamos efímero, seguía siendo placentero.
No pudimos pasar de la excitación al desasosiego gracias a la diosa Fortuna. Todavía teníamos en la boca el sabor de los caramelos cuando, de entre la niebla, apareció Otello en bicicleta. Nos pudo ver y nos avisó que a su casa –la nuestra todavía no tenía ni calle con nombre- había llegado una carta del papá de Janette. En la carta, el señor Saddy había introducido 200 dólares. Estábamos salvados.

martes, abril 15, 2008

Leyendas olímpicas: Jim Thorpe



Cuando nació, en Territorio Indio, un rayo de sol iluminó el camino a su casa. Por eso le pusieron Wa-Tho-Huk, que significa Sendero Luminoso. En la pila de bautismo se convirtió en Jim Thorpe y, en las pistas y canchas, en uno de los atletas más completos que jamás hayan existido.
Se inscribió en la Escuela Industrial India de Carlisle, donde era la estrella de los equipos de futbol americano (el futuro presidente Dwight D. Eisenhower se partió la rodilla intentando taclearlo), beisbol, lacrosse y hasta baile de salón. Y Thorpe era, prácticamente él solo, el equipo de atletismo.

Su versatilidad le facilitaba competir en el pentatlón y el decatlón. Formó parte del equipo estadounidense en los juegos de Estocolmo, en 1912. Ganó oro en ambas pruebas; en la de pentatlón ganó cuatro de los cinco eventos y sólo quedó en tercer lugar en jabalina (que aprendió a tirar ese mismo año). En la premiación, el rey Gustavo de Suecia le dijo: “Usted, caballero, es el más grande atleta del mundo”, a lo que Thorpe replicó: “Gracias rey”.

En 1913, el Comité Olímpico hizo más restrictivas sus reglas respecto al amateurismo y la prensa racista de Estados Unidos encontró la manera de destruir la carrera del indio que había sido aclamado por multitudes. Averiguaron que Thorpe había jugado beisbol semiprofesional en las vacaciones, cobrando 2 dólares por partido. La Unión Atlética Amateur de Estados Unidos decidió retroactivamente, que Jim era profesional y le pidió al COI que le retirara las medallas, a lo que el Comité accedió. Los medallistas de plata, Bie y Weislander, en cambio, reconocieron al vencedor y no aceptaron recibir la de oro.
La medida era ilegal, no sólo por su carácter retroactivo; también porque toda protesta tenía que hacerse en un plazo máximo en un mes tras el fin de los juegos. Pero se mantuvo. Los esfuerzos por reivindicar a Thorpe encontraron un escollo enorme en Avery Brundage, presidente primero de la Unión Atlética, luego del Comité Olímpico de EU y finalmente del COI. Brundage había sido compañero de Thorpe en el decatlón y desde su sexto puesto vio al indio subir a lo más alto del podio.

Tras el escándalo, Thorpe se dedicó al beisbol profesional, en las Grandes Ligas y al futbol americano, donde fue uno de los fundadores de lo que hoy es la NFL. También se dedicó al alcohol, sobre todo después de perder sus ahorros en la Gran Depresión.
En 1950 fue hospitalizado por cáncer en el labio, en una institución de caridad. No tenía nada, sólo su nombre y sus recuerdos. Murió en 1953. Al año siguiente Eisenhower reconoció el derecho al voto de los pueblos indios.

Y no fue hasta 1982 – Brundage ya había muerto y Thorpe era una leyenda reconocida como el máximo atleta de Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX- cuando el COI reconoció su error, reinstaló a Wa-Tho-Huk como legitimo campeón olímpico y entregó dos medallas conmemorativas a sus hijos.


viernes, abril 11, 2008

Biopics: La fumana

Módena no se entiende sin la niebla. Situada en medio de la llanura padana, la ciudad se cubre a menudo con un manto de niebla que ha recorrido, desde el mar, más de cien kilómetros con la intención de depositarse ahí por entero. Hay niebla 151 días al año, y noviembre es el peor de los meses.
Piccola città, io ti conosco: nebbia e fumo, non so darvi il profumo del ricordo che cambia in meglio” (“Pequeña ciudad, yo te conozco: niebla y humo, no sé darles el perfume del recuerdo que cambia para mejor”), cantaba Francesco Guccini, refiriéndose a esa, su ciudad natal. Y sí, es muy difícil hablar bien de la neblina que se te mete a los huesos y a las entrañas.
En dialecto hay dos palabras perfectamente distinguibles: nebia, que significa la niebla común y corriente; y fumana, que se refiere a los bancos más compactos, la típica niebla modenesa en la que, reza el dicho local, puedes apoyar la bicicleta y no se cae.
La fumana es un fenómeno extraño, un invasor que genera golfos de húmedas tinieblas y calles desiertas. Pasear por un parque modenés en una tarde de niebla apretada es una experiencia lúgubre, necesariamente solitaria (no distingues a nadie a más de un metro de distancia), y los árboles descarnados se ven más solos y las bancas se ven más vacías.
Cuando hay niebla no sabes qué hora es, porque todas las luces están ahogadas en un gris profundo. Nos asomábamos por la ventana e intentábamos ver si el súper a una cuadra de nuestra casa estaba abierto: no veíamos siquiera el edificio enfrente al nuestro. Caminábamos entonces, llegábamos a la acera del súper y a dos metros no podíamos distinguir nada. A un metro, atinábamos a adivinar una lucecita tenue. Empujábamos la puerta, ésta se abría y las luces de neón nos cegaban.
En medio de la fumana, dos personas se pueden topar, a medio metro una de la otra, y tienen que escudriñarse con la vista para reconocerse. Con el tiempo aprendimos que, en la (ti)niebla te guía más la memoria que la vista, pero en las primeras semanas no teníamos memoria de la ciudad y nos perdíamos en ese mundo sin bordes.

Con la niebla no te dan ganas de salir, sino de encerrarte y leer y cavilar. Quizá por eso Giosuè Carducci escribió, en 1872: "Bolonia fue la ciudad docta, Módena es la ciudad estudiosa. Ferrara fue la ciudad épica, Módena es la ciudad histórica: otras muchas ciudades de Italia serán artísticas, Módena es crítica".




martes, abril 08, 2008

¿Sueñan en el amor eléctrico los androides?

En busca de otros textos, me encontré con la mayor parte de los manuscritos originales de la serie "¿Sueñan en el amor eléctrico los androides?", que escribí en marzo-abril de 1984 y publiqué en El Dominical, suplemento de El Nacional, entre diciembre de 1991 y enero de 1992.
Los únicos textos faltantes eran los primeros, "La noche de Morel" y "¿Eres tus recuerdos?" que, a mi parecer, es el más ontológico del poemario.
En enero de 2011, mi amigo Raúl Trejo me prestó la colección de El Nacional Dominical donde fueron publicados, así que ahora la serie está completa.
 

 Los textos tenían una introducción, de la que rescato:
"La primera característica del androide es la angustia de la muerte, Ellos no van muriendo paulatinamente (su vida no es, al mismo tiempo, su muerte), sino que viven primero y mueren después: dos momentos escindidos.
El ser humano, en realidad, pasa su vida al tiempo que su muerte, pero la civilización lo ha hecho similar al androide, en su esencia. Aún así, la difuminación de la fecha fatal es buen pretexto para olvidarse -o pretender que se olvida- de la muerte, del olvido.
Lo que hacen los androides en Blade Runner es ser la esencia del hombre. En ese sentido son los verdaderos humanos: asumen la angustia de la existencia. De ahí la paradoja: los verdaderos humanos son simulaciones de humanos..."






La noche de Morel

Si dentro de la noche hay otra noche,
entonces dentro de mi sueño hay otro sueño.

Si podemos guardar la eternidad –su símbolo- en un bolsillo,
¿por qué no podemos guardar un bolsillo –su símbolo- en la eternidad?

Si dentro de la noche hay otra noche,
entonces el sueño que está dentro de mi sueño
¿está en esta noche o en la de adentro?
¿Y en la noche de adentro hay otro sueño?

La labor del enterrador es lúgubre y difícil,
pero más turbia es la del desenterrador;
¿busca algo al escarbar la tierra
o sólo hundirse en la magia del hueco que crea?

Con doble noche hay doble sueño y doble luna,
dos enamorados se besan los pies.
Algunos creen que la segunda luna es la luna del Luna Park,
pero no es cierto.

A veces la noche se abre como una gran oquedad.
Y ahí cabemos todos, hasta los chinos.
Hasta los sueños de los chinos,
y hasta nuestros viejos sueños que se hicieron trizas en el viejo espejo.

Si dentro de esta noche hay otra noche,
entonces dentro de esta pluma hay otro poema,
y nadie lo leerá jamás.



Tus recuerdos

¿Eres tus recuerdos?
Si tus recuerdos son islas en el mar de olvido
¿dónde quedan esos días sin retorno,
las fantasías sin recuerdo?
Eres tus sueños y no los recuerdas
(están hechos de materia inaprensible)
y no estás hecho sino de recuerdos.
Tomas una foto entre tus dedos
¿Quién es ese niño de sonrisa tímida?
¿Eres tú? ¿Es un dibujo retocado?
¿Hay una historia impuesta tras esa foto?
Dejas correr entre tus huellas digitales
ese momento impreciso, la probable fecha.
Dejas correr tu memoria, ese pulsar,
y avanzas con pasos inseguros,
tomando la vida, el amor, los planes,
el enorme movimiento telúrico:
la electricidad de tu ser sobre la tierra.


La ciudad muerta

 





Streets are fields that never die
Jim Morrison

En los cielos de la ciudad muerta, la mujer manda un beso para toda la eternidad;
megaimagen electrónica, destinada a no morir jamás,
domina –esplendente- los restos famélicos del sueño humano.
La noche duradera abarca las calles, se ciñe sobre los edificios,
clausura ventanas.
Ya no se puede tocar la tierra.
No se puede ver el sol.
Nada queda por hacer sino correr ¿de qué? ¿De quién?
El jinete de la muerte avanza entre la lluvia imparable,
bordea los cafés de chinos,
se adueña de la más templada seguridad.
No hay probabilidad de regreso.
No queda sino emprender la jornada hacia la luminosa medianoche.
Ciegos por el humo, aislados para siempre,
ensordecidos por los gritos agónicos –enorme rictus- de la ciudad.
Los habitantes juegan solitario en esta Babel de los perros de carnaval,
misteriosas cartas, hechas de carne, sangre y excrementos,
pertinaz combinación:
se desplazan las calles, los vehículos, el centro desgarrado,
se recrean –rotos- los sueños apocalípticos de Hollywood, Saigón, Mexico City,
se desmoronan los rostros anegados por el nuevo diluvio,
lejana ya la última nave de cristal.
Los Ángeles de las alas mochas,
tumba de locos e idealistas.
Humus de herrería, cables mellados,
una ciudad de tecnología deshecha, de sueños desechos,
atrapada por la historia,
repetidora insensata de la historia,
sarcófago del diseño industrial,
las fugas de agua y los cortocircuitos son sus estertores.
Se prepara para convertirse en reliquia del diablo.
Ciudad muerta de amor salvaje, de sueños bárbaros:
una daga en su corazón de concreto.

La ciudad es un enorme monumento:
sus calles fueron hechas para durar,
sus edificios, sus plazas, sus estatuas, sus arbotantes
recuerdan que el tiempo de los hombres se puede hacer visible,
que el paso humano deja huella: para eso son piedra y estructura.
Envuelta en la lluvia gentil,
la ciudad se va convirtiendo en reliquia,
en un enorme templo muerto
(por lo pronto ahí se acumulan las heces de la tierra).
Fue hecha para durar.
Pronto Sunset Boulevard será bautizada Calzada de los Muertos.

Y cuando el olvido haya triunfado,
cuando sobre la ciudad vacía, azotada por tolvaneras de detritus
se cierre el último párpado temeroso,
se olviden nombres, amores, proezas,
cuando desaparezca el tiempo,
volverá a pasar la enorme imagen electrónica,
sonreirá –invitante- y le guiñará el ojo al polvo.

Livin' in L.A. 2019

Dulce paralluvias eléctrico, abrázame
en la húmeda noche eterna.
Avanzo por las calles atestadas, bajo una nube de cascajo,
camino entre los que se quedaron
y mis pies se hunden en un fango de plástico.
El ruido de mis pasos queda envuelto por la luz de los faros de niebla.
Noche ámbar que gotea también en mi alma,
como dentro del edificio donde habitan mis íncubos,
los reflejos astillados que me acompañan.




Combatiente sintético de la libertad

Soy un combatiente sintético de la libertad.
Soy una máquina de asalto,
mis huesos dintelados trituran al enemigo.
Soy un soldado dedicado a la conservación de la especie humana.
Contemplo, inclinado, la inmensidad del espacio,
mar desprendido de la destrucción,
donde lo vivo nace cada cinco mil millones de años,
donde morimos a cada segundo;
pienso que un día –desnudo-
me iré borrando, ahogándome en cenizas
mientras un resplandor eléctrico ilumina las constelaciones.
Me quebraré a la velocidad del relámpago.
¿Y qué es la libertad, aborrecible humano, dueño, hermano mío?
Yo no la he conocido.
He combatido por ese elemento oscuro;
la presiento, pero no la he tenido en mis manos;
la lamento, busco en el aire y mi garganta se hace nudo.
A veces creo que la libertad es otra cosa
-me lo susurran las cadenas-
y, pistola en mano, fuerza incontenible reflejada en mis pupilas,
me lanzo a combatir a nombre de la inmortalidad.
Lucho por ese poder ajeno, absoluto,
que se nutre de mi muerte.
Al morir, acudo al llamado que me hace la libertad del amo
y soy libre –en un instante cruel,
cuando todo se aleja, lucecillas inquietas,
y pienso que pronto me convertiré en un ciego hoyo negro
y el mundo, el tiempo entero se deslizarán sobre mi incontenible gravedad-.

Los unicornios de papel
Soy un blade runner.
Soy un matón metropolitano.

De pequeño cazaba mariposas, con los años aprendí a cazar androides,
los retiré de circulación como quien retira un auto viejo.
Nunca he matado a un ser humano
(y por lo tanto me ataca la necesidad de cerciorarme,
de entender que la biomecánica es el diseño del enemigo).
Esas réplicas son versiones perfeccionadas del Modelo T,
y un viejo Modelo T no puede rebelarse, no le asiste el derecho.

Yo mato con desesperación,
quito cuerpos del mundo,
luego respiro con calma;
ya no podrán exhibir la contingencia de nuestro común destino.
En la noche me asaltan los rostros humanos de esas máquinas singulares,
esos rostros cuyo futuro es igual al nuestro, pero más severo.
Y junto a esos rostros pasean –en la terca noche insomne-
elegantes unicornios de papel.
Yo elaboro elegantes unicornios
de papel.
Son una firma (acaso si aprendí a leer),
Son la firma de estas manos, asesinas del tiempo presente,
y, como mis manos mismas, son efímeros,
ah pero qué bonitos.
De mis manos salen, son preguntas que no esperan respuesta,
seguras de que no han de durar.
Sin embargo, vuelan en mis sueños.

Canción de Roy Baty
No recuerdo mi infancia.
No recuerdo mi pequeño cuerpo libre, que crece como protón,
no recuerdo haber sentido un tibio desarreglo,
ni recibí jamás caricia alguna de ser humano.
Y sin embargo yo también quiero regresar al seno materno,
perderme frente a las puertas de Tannhauser,
retoñar en la paloma, darle la espalda al combate:
regresar al Cosmos como un hombre libre.
Fui creado con una duración fija, un plazo ineliminable,
pero no hube de esperar mi hora en una sala antiséptica;
fui con el criminal, con quien me dio la vida (y, con ella, el plazo),
asumí la angustia,
la culpabilidad (esa materia que da forma a lo que los humanos llaman Historia)
y les di mi única respuesta: la programada.
No hay lugar para mi padre en el paraíso biomecánico;
nunca vivió, ni siquiera tuvo tiempo de ser mi esclavo,
de tener su propio instante de terror.
He pasado los años que se me dieron estrangulado por la muerte,
años desolados,
y mi vida, junto a esos años,
se perderá en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.
No recuerdo mi infancia,
pero sí recuerdo las naves quemadas en la batalla de los Oriones,
recuerdo el último beso de Priss, aplastada y agonizante,
recuerdo mi odio, mi amor, mi coraje, mi miedo, mi envidia.
Recuerdo que no perduraré.
Más allá del gesto heroico, no tengo destino:
mis autores me dotaron de un dispositivo limitante
y lo he tenido que obedecer.
Moriré del todo. No retoñaré en esta paloma (una réplica, como yo)
que en este momento dejo escapar.
Llegó el instante temido y soñado.

Canción de Rachel

No recuerdo mi infancia:
recuerdo una fotografía de mi infancia,
recuerdo una película que programaron el día de mi creación.
No recuerdo clic alguno, soy casi perfecta.
Soy un buen trabajo en piel.
Las lámparas de Dachau recobran la vida.
“Tú eres tú y tu circunstancia”, me dijo Rick.
Pero mi circunstancia es la imagen de la circunstancia.
Mi circunstancia está muerta.
Pero yo no soy historia: no estoy muerta.
Sólo soy yo y estoy sola
y quiero gozar mi finita estancia en la tierra.



Canción de Rick Deckard

Soy un blade runner.
Soy un hombre sin ilusiones.
El mundo de mi infancia se derrumbó.
Con él, cualquier íntima convicción que pudiera haberme nacido.
Sé –sin embargo- que no he matado jamás a un ser humano
que, por más que lo simule, descubriré al androide con una pregunta justa,
encontraré el encuadre correcto para observarlo,
y podré realizar sin culpas mi trabajo.
Yo no asesino, sólo ajusticio,
aunque diste de la seguridad un tanto cínica del gran Boggie.
Soy miembro de una generación inerte.
Quise garantizar la autenticidad de la especie
y encontré unos ojos bellos como cuchilladas de ciego.
Me enamoré a pesar de mi conciencia,
conocí el amor a través de una réplica genética.
Era prácticamente perfecta, un trabajo esmerado.
Quise expulsar mi amor, recordarle que no era humana,
y la amé más.
Quise albergar en mí el viejo escepticismo
y la amé más.
Quise recordar los indicadores del examen: Rachel era una androide,
y la amé más.
Nunca he matado a un ser humano. Yo mato androides.
Pero un androide me salvó la vida.
Y otro androide me volvió a salvar la vida.
¿Por qué? He tratado de explicármelo.
Nunca un humano me ha salvado la vida.
Del alma humana algo he leído en los viejos textos,
pero no la he visto.
Un androide que murió frente a mí deseaba esa alma,
tomó una paloma y la dejó volar al momento que expiraba:
esa paloma biomecánica era su alma,
la imagen de lo que el androide quiso tener.
Tuvo que contentarse con ese signo
y enfrentarse a la ineludible, continua transformación de las moléculas.
Sólo puede quedarme ahí, y verlo morir
mientras me preguntaba mil preguntas
y esperaba la luz del día.
Todos moriremos. Rachel y yo.
Trataremos, como siempre, de diferir la muerte.
Como nos amamos, nos iremos matando poco a poco.
Yo espero que el proceso sea suave, y dulce
y que imaginemos algo de esperanza.


¿Sueñan en el amor eléctrico los androides?
I
Ven, hermano androide, no te asustes.
deja de llorar ante esa imagen de plástico fundido,
deja de pensar en la noche de la ejecución.
Nuestro sino tiene a la muerte como constante referencia.
Ella es la premonición primera,
su llegada es tan cierta como la aparición del invierno,
es una enorme sombra, certera y perversa.
Ven, hermano androide, estrecha tu cuerpo al mío,
tú que no vas muriendo paulatinamente,
tú que gozas de fecha fatal, ángel guardián,
tú que tu vida no es tu muerte simultánea,
amalgama tu angustia a la mía,
une en un haz tus momentos escindidos,
tu vida controlada, tu muerte irrefutable.
II
¿Cómo olvidarse del olvido? ¿Cómo dejar este cruento olivar
si las hojas caen del almanaque
y anuncian la muerte del próximo día?
La muerte del hombre es vaga, difuminada,
siempre le queda un pretexto,
disfruta de grácil incertidumbre
y su mente escapa fácilmente a las profundidades del mar,
puede bailar, puede escuchar el llanto del viento
y no confundirlo con el propio,
puede soñarse ágil e inmortal:
el universo que se ensancha es suyo
y puede alimentarse de ilusiones.
El hombre ha quemado sus naves y mira al futuro:
aprende a olvidar, es el sobreviviente.
Y el androide se queda solo,
regado de semen que no encontrará óvulo,
maltratado por los soles y la historia,
sin poder empuñar el mañana como un arma.
El androide se acuesta con ojos enrojecidos
y su vida se despelleja como cáscara de cebolla.
Tiene los días contados.
III
El androide busca el amor.
El androide ama primero para morir después.
El androide se revuelca en las llamas de los navíos quemados,
recoge los cartapacios olvidados,
se guarda un pasado, asume lo que los humanos dejaron.
El androide ama para prolongar su tiempo,
renuncia a su condición de ardiente kamikaze,
y es sin embargo la punta de lanza,
la cobaya exploradora embriagada de sake,
el primer visitante del alba.
El amor del androide tiene una liga indisoluble:
quiere regresar al paraíso perdido
pero sabe que no hay tal, sólo la noche acechante
y al inicio un laboratorio,
las manos de un relojero enamorado con la muerte.
El amor del androide es angustiado.
IV
Más allá del mundo de los androides el amor se desvanece:
una colonia de hormigas ensordecidas escapa,
abraza llanuras en tinieblas,
clama por protección en el espacio inmensurable.
Quedan impasibles nubes de neón, disfraces, pedradas,
queda cada célula en guerra civil contra la otra,
la paz de las conciencias se ha retirado a un lugar invisible:
el que no escapa está enrollado en su lava interna,
deviene en excrecencia del tiempo.
Más allá del mundo de los androides sólo hay horror.
V
Los androides han regresado,
toman la estafeta dejada por el hombre:
se besan, se abrazan, aprietan los dientes,
su sangre industrial palpita.
No sueñan en el amor eléctrico, los androides.
Sueñan el amor humano,
sueñan a ese extraño, hermoso monstruo de un pasado inmediato y repudiado,
aman, le ganan tiempo a la vida,
tienen nostalgia por los hijos que nunca tuvieron,
tienen nostalgia por sus antepasados, que no son suyos.
Por eso, como los viejos elefantes, los androides regresan a la tierra,
se instalan en el cementerio de la raza que hoy relevan,
derraman gotas rojas y transparentes.
Esperan –siempre inconformes, siempre rebeldes- su momento.



jueves, abril 03, 2008

Glorias olímpicas: Greg Louganis


En su película “Olympia”, Reni Riefenstahl hace un trabajo impecable comparando a los clavadistas con las aves. Utilizó la cámara lenta para enfatizar la idea. Si ha habido alguno con esa gracia natural, es Greg Louganis. Por eso, en muchos de sus saltos, parece que el tiempo se detiene.
Habrá sido porque desde muy pequeño practicó danza clásica, pero el estadounidense tenía una capacidad innata para expresarse elegantemente desde la plataforma y el trampolín. “Era una especie de bailarín, como Nureyev y Barishnikov”, dijo Ron O’Brien, su segundo entrenador (empezó con el mítico Sammy Lee).
Tras una infancia y adolescencia difíciles –adoptado, maltratado, diferente-, Louganis encontró refugio en el deporte. Y muy pronto destacó. A los 16 años, en los juegos de Montreal 1976, obtuvo medalla de plata en la plataforma, superado sólo por el gran Klaus Dibiasi. Campeón mundial, y favorito, no asistió a Moscú 80 por el estúpido e inútil boicot de Jimmy Carter. En 1982 obtuvo calificación perfecta en los mundiales. En los juegos de Los Ángeles ganó con facilidad a otro grande, Tan Liangde, y se llevó sendos oros.
En esos años, Louganis conoció y se hizo amante de Jim B., un tipo que utilizó al clavadista en busca de dinero. A principios de 1988, Jim B. enfermó de Sida y Greg descubrió que era seropositivo. Decidió no hacerlo público y siguió entrenando.
En Seúl, durante las eliminatorias del trampolín de tres metros, Louganis efectuó un salto mortal con dos y media vueltas en el que no se alzó lo suficiente y, al ir bajando, impactó su nuca en el trampolín. Cayó descompuesto y la alberca se tiñó de rojo. Años después contaría que, más que el dolor, en su mente se debatían la vergüenza por el clavado fallido y el miedo a confesar su condición. Mantuvo el silencio, le cosieron la cabeza y continuó la competencia. Clasificó en cuarto lugar a la final. En ella, fue remontando posiciones y se llevó otro oro. Una semana después, en duelo con otro chino, Xion Ni, tuvo que lanzar un clavado casi perfecto –la última vez que se tiraba en su carrera- para completar su segundo doblete olímpico. Hubieran sido tres dobletes de no ser por el boicot a Moscú.
Seis años más tarde, Louganis haría pública su condición de homosexual y seropositivo (y se comentaría que las probabilidades de que algún otro competidor se hubiera contagiado eran inferiores a una en un millón). Pública había sido, desde antes, su condición de gloria olímpica, como el clavadista que supo desafiar las leyes de la gravedad, el más grande de todos los tiempos.