jueves, febrero 28, 2008

Biopics: Perugia revisitada: sobreviviendo con Mársico

En Perugia, Carlos y Lynn ya habían regresado de su viaje al otro lado de la cortina de hierro. Mársico nos ofreció el cuarto más pequeño de su depa, y lo aceptamos con gusto. Los otros habitantes eran una pareja de judíos gringos que acababan de regresar de un kibbutz y un obrero/estudiante italiano.
Las semanas que estuvimos allí fueron muy divertidas, pero sobre todo encerraron muchas lecciones para la supervivencia con recursos escasísimos, arte en la que Carlos Mársico tenía doctorado honoris causa.
Los principales ejemplos están en la comida. Con Mársico aprendí a cocinar la “sopa eterna”. Consiste en llenar una cazuela grande de agua, hervirla con harto consomé de pollo y vegetales, agregarle vegetales en oferta, pescuezos de pollo y pasta chiquita. Agregar más agua al remanente después de comer, también las sobras de cualquier posible plato principal (arroz con verduras, digamos), echarle col, más consomé, tal vez alguna papa… y así ad infinitum. También a combinar el arroz con todo: con atún, con chícharos, con papas. Aprendí a que si el tocino está de oferta, vale la pena esperar otro día, porque estará todavía más barato. Que el precio del vino campesino se puede regatear. Y que la mejor leche es el chorrito minúsculo que se le echa al té inglés.
A cambio de esa comida espartana, los lunes nos íbamos al Perugina a comer una pizza y tomar una chela, porque Carlos le había conseguido la chamba al mesero. Nos chutábamos cuatro y el cuate nos cobraba una. Si llovía en el entretiempo, Carlos agarraba con total calma un paraguas ajeno –había un depósito colectivo en la entrada; los italianos tienen un pedo severo con los paraguas abiertos- y nos regresábamos bien protegidos. Leíamos L’Unità en el Turreno, donde había varias copias. Y el montón de revistas a las que Mársico se suscribía sin pagar.
En el baño del departamento de Carlos había unas instrucciones escritas como en ocho idiomas –incluído el árabe- que dejaban la impresión de que si te bañabas con agua caliente te ibas a electrocutar. Nos confesó que era para que los huéspedes usaran poco gas. La cuenta de electricidad era reducida, porque Carlos le metía una tarjetita al contador, que alentaba el movimiento de la rueda (tenía medida la fecha en que llegaban a verificar y sacaba la tarjeta cinco días antes). Aprendimos a ahorrar en jabón, en café y en pasta de dientes. Y también qué días estaba menos atestada la Alberca Comunal.


Complots para una revolución sin (mucha) sangre


De repente íbamos a fiestas o reuniones de cuates. A la casa del griego anarquista que vive con una danesa trosquista. Adonde Topino, el líder juvenil del PCI en Perugia. Con los compañeros africanos (y Ahmed quiere ligarse a Janette recitándole la letra de Piccola e Fragile, de Drupi, que se escuchaba a todas horas en las rockolas, como si fuera de su inmediata inspiración).
Pero esencialmente estábamos en casa, platicando de mil cosas. De entre ellas, la más recurrente era una combinación de fantasía política y Maquiavelo. En nuestros países, a diferencia de Italia, la ideología socialista era vista con recelo de parte de las masas. Mársico contaba que una vez –en alguna de tantas dictaduras argentinas- intentó repartir propaganda del PRT en el Parque Palermo. Nadie lo pelaba. Entonces cambió de táctica y, al momento de repartir el volante, susurraba “¡Viva Perón!”. Todo mundo lo tomaba, y algunos con entusiasmo.
Lo que inventábamos, pues, eran historias a través de las cuales triunfaba una revolución socialista que no se presentaba inicialmente como tal, sino como un movimiento político de liberación nacional. Armábamos nuestras quintacolumnas en los medios, colocábamos a “cuadros reservados” en los partidos burgueses, cabildeábamos con los gobiernos extranjeros, armábamos provocaciones de la derecha que enardecían a las masas, terminábamos instalando un régimen sólido, que sostenía formalmente las libertades democráticas, pero las acotaba en distintos momentos por razones de interés nacional. La dictablanda perfecta, hecha por unos jugadores de ajedrez que suponían que el rival iba a responder una a una sus movidas y no desarrollaría una contraestrategia integral.


Inventamos el Risk

En esa magia estábamos, cuando inventamos el Risk.
Lo digo sin rodeos. A lo mejor a alguien, del otro lado del océano, se le ocurrió lo mismo y lo patentó. Pero nosotros hicimos un juego igualito.
Sucede que una vez nos pusimos –con un venezolano más fanático de las armas que de la liberación de los pueblos- a medir, a ojo de buen cubero, el potencial de cada uno de los ejércitos del mundo.Y en la noche Carlos y yo empezamos a desplegar ese potencial en unos mapas que nos pusimos a dibujar. Se nos ocurrió que podríamos mover los ejércitos a partir del valor de una carta escogida al azar.
Al otro día, tempranito, fuimos a comprar botones en grandes cantidades. Los botones blancos representarían a Estados Unidos y sus aliados incondicionales; los amarillos, a la OTAN; los verdes, a los países no-alineados del Tercer Mundo; los rojos, a la Unión Soviética y los países del COMECON; los azules, a China y sus aliados; los rosados, a la India, y su especial posición política.
Desplagamos los botones y –como veríamos después en el Risk- dividimos a los países grandes (EU, URSS y China) en varias zonas. Decidimos que para que una nación pudiera invadir a otra, era necesario que dejara dos botones de destacamento para controlar la resistencia interna (o sea, Estados Unidos necesitaba meter siete botones en México para destruir a su ejército de cinco botones y mantener dos botones contra la insurrección civil) y que, por el momento, sólo se utilizarían armas convencionales (más tarde introdujimos bombas nucleares de capacidad limitada, representadas por piezas de ajedrez).
El primer juego fue de cuatro personas y podría llamarse “clásico”. Un jugador manejaba EU y la OTAN; otro, a la URSS, un tercero a China y el cuarto al Tercer Mundo y la India (con tres jugadores, la India pasaba al lado de la URSS y el Tercer Mundo al lado de China).
Yo escogí jugar del lado de los gringos. Mi primera impresión fue que habíamos inventado algo genial. De inmediato te dabas cuenta de que no tenías nada que hacer en Vietnam, que tenías que reforzar Israel hasta los dientes y que una buena estrategia era utilizar Sudáfrica para irse metiendo hacia la Península Arábiga. Por otra parte, los enormes ejércitos de la OTAN y el COMECON sólo servían de disuasión: cualquier intento de comerte un país de Europa del Este hubiera resultado carísimo, con gran pérdida de tropas. Carlos inició jugando con la URSS y un punto interesante es que su mejor táctica era invadir Centroamérica desde Cuba. A partir de ahí podía amenazar a Estados Unidos (y México se volvía un lugar estratégico) y meterse en América del Sur (no llegaba más lejos que Perú, porque Estados Unidos desde África enviaba tropas a Brasil). China terminaba enfrascándose en una guerra muy larga para controlar el este asiático y sólo podía avanzar a partir de errores tácticos de los soviéticos. India no salía de perico a perro y el Tercer Mundo como fuerza independiente crecía y se achicaba, pero tampoco podía meterse en las zonas de los dos grandes. Hemos de haber jugado como quince horas seguidas, al final de las cuales el mapa mundial había cambiado muchas veces para terminar casi como había empezado.
Luego invitamos a Topino y otros cuates, para juegos de a seis, y empezamos a ver un patrón. Cuando Topino fue la URSS abrió frentes en muchos lados y terminó desapareciendo: notamos que ese era un flanco débil de la Unión Soviética. Los siguientes jugadores fueron más cautos, pero eso sólo significó que tardaban más tiempo en perecer. En algunos juegos, Estados Unidos se quedaba con casi todo (la OTAN tomaba Europa del Este y la URSS, China, la India y el Tercer Mundo se quedaban con fronteras disminuídas); en otros, EU y China se distribuían el planeta, con los gringos llevándose la parte del león. La perdición de la URSS en el juego global tenía dos palabras: Asia Central. La táctica ganadora de EU tenía dos precondiciones: asegurar el control de las Américas y tomar el de la Península Arábiga (que se podía hacer de dos formas: la costosa, a través de Israel; la económica, desde el Cuerno de África). Por cierto, no era necesario acabar con Cuba, bastaba rodearla para hacerla inocua.
No teníamos vocación empresarial. Debimos haber patentado el jueguito.


El güey que llegó de vacaciones


A casa de Carlos recalaban todo tipo de personajes. Del cuate que trabajaba seis meses en un barco pesquero en Islandia para echar la güeva la otra mitad del año, al argentino maoísta pero pro-sionista con el que Carlos acaba gritoneándose.
Pero hay uno que solamente vi una vez y resultó inolvidable. Un hippie de izquierdas que se había echado un buen rol por el Oriente. Estas fueron sus conclusiones tras ese verano de 1974:
“En Líbano hay palestinos, pero no hay un movimiento socialista digno de ese nombre. Han llegado a un acuerdo de convivencia con Siria y con Israel. A todos les conviene, porque allí está la lana. Así como nadie se mete con Suiza, nadie se va a meter con Líbano…
“Irán es el último país en el que va a haber una revolución. Lo que ha hecho el Shah es darle un chingo de hashish a los jóvenes, y nada más piensan en eso. El Shah es muy astuto, los tiene adormecidos…
“Pero adonde yo quiero comprarme una casita, porque es un lugar a toda madre, pacífico, barato, para vivir a gusto, es en Kabul”.


Janette se quema


Un día a Janette se le cayó una taza de té hirviendo en el pie. Le echamos pomada y le seguía doliendo. Más pomada y aún le dolía. Decidimos que teníamos que ir al hospital. Entonces Carlos nos dice: “Vayan al Policlínico, pero lleven L’Unità: si los médicos y las enfermeras ven que son compañeros, los van a tratar mejor”.
Tomamos el camión, llegamos al Policlínico y agité abiertamente el periódico del Partido Comunista mientras explicaba lo que le había pasado a Janette. Sacaron una ambulancia para llevarla de una parte a otra del hospital. Allí la curaron. Nos preguntaron si teníamos seguros y dijimos que no. Para ellos eso era una novedad. No tenían idea de cuánto cobrar o de cómo hacerlo. Nos dieron las medicinas gratis; las medicinas correctas, porque Janette era alérgica a la penicilina.
Cuando regresamos –yo, impresionado por la incapacidad de los médicos para cobrar y su disposición a darnos los medicamentos, no sólo la receta- le platicamos a Mársico lo que había sucedido. Él sentenció con una tremenda sonrisa: “lo de la ambulancia fue porque enseñaste el periódico del Partido”.

martes, febrero 26, 2008

Robbe-Grillet: deslizamientos progresivos del placer

Ahora que murió Alain Robbe-Grillet, quienes saben hablan mucho acerca del nouveau roman, que para mí siempre ha sido un estilo tedioso y destinado al olvido. “Como no tienen nada que decir se la pasan describiendo la celosía”, me dije la primera vez que me enfrenté a uno de esos textos. Lo sigo pensando.

Pero el cineasta Alain Robbe-Grillet me parece formidable, precisamente por su formación como novelista experimental. Por su capacidad de minuciosa descripción, por su método desestructurado de narrar con imágenes; por su habilidad para que nos topemos con la compulsión a la repetición. Y también porque fue un cineasta cachondo, libertino.
De él he visto tres películas (no cuento entre ellas “El Último Año en Marienbad”, un divertimento sobrevalorado en su momento, del que Robbe-Grillet escribió el guión). “Trans-Europ-Express”, que es una historia cotorrísima de cineastas que quieren hacer una película de narcotraficantes en un tren y en la que los personajes terminan por dominar a los autores. La ilusión y la realidad se entremezclan y no sabemos si Chuang Tzu sueña a la mariposa o la mariposa sueña a Chuang Tzu. “Le jeu avec le feu”, de la que quedan en mi retina muchas imágenes rojas y sensuales, pero de la trama sólo atino a recordar que se desarrolla en una suerte de burdel onírico. Y “Glissements progresifs du plaisir”, que es uno de los filmes que más me han gustado en lo absoluto.

“Deslizamientos Progresivos del Placer” es la historia de la habitante de una cárcel-convento, que ha llegado allí acusada del asesinato de su compañera de cuarto (la encontraron amarrada al poste de la cama, con unas tijeras clavadas en el pecho). En lo que se desarrolla la cinta, empezamos a dudar: posiblemente la muerta era un maniquí (hay muchas escenas eróticas entre la prisionera y el maniquí, o pedazos de maniquí); es lo mismo que cree la guapa abogada. La prisionera parece inocente en ambos sentidos de la palabra: no culpable y casta. Pero cada uno de sus movimientos tiene la dualidad: es una niña erótica. La actriz que la personifica es Anicée Alvina, la misma jovencita de “Amigos”, la película que enloqueció a los adolescentes mexicanos al inicio de los 70. Eso la hace todavía más evidentemente lolitiana.
La abogada poco a poco va cayendo presa de la sensualidad de la prisionera. Se va volviendo su cómplice. Hay deliciosas escenas eróticas entre ellas, como cuando la abogada es cubierta por huevos crudos y vino tinto, que mezclado parece rojo-sangre. O cuando la prisionera se pinta toda ella de rojo y, estrellándose contra las paredes blancas del convento, deja su impronta carnal. Es un juego de colores que magnetiza.

En vez del típico fade-out, Robbe-Grillet utiliza imágenes de objetos, o momentos de sueños para separar los párrafos cinematográficos. Las escenas se repiten desde ángulos ligeramente distintos, se acortan y se alargan, como poniendo puntos y aparte.
Por enésima vez cae una copa de cristal y se quiebra. Habrá un momento en que la abogada –sin el chongo es idéntica a la compañera de cuarto- está amarrada al poste. Hay un corte. Y luego la mano de la prisionera que le clava las tijeras en el pecho. Un close-up al rostro de la abogada y en off se escucha a la prisionera decir: “Eres bella, muy bella”. La abogada está agonizando.
Al rato llega el detective (nada menos que Jean Louis Trintignant) para decir que ha aclarado el anterior crimen y la prisionera no era culpable. Descubre la nueva escena sangrienta, que es exactamente igual a la anterior. Se quita el sombrero y se rasca la cabeza: “¡Oh no, volvemos a empezar!”.

La abismal diferencia en la resolución cinematográfica de Robbe-Grillet frente a cualquier artesano del porno-soft o cualquier intelectual con pretensiones metido a cineasta (no digo nombres, pero me viene a la cabeza Reygadas) se resume en dos palabras: talento artístico. En esas condiciones, no importa si no me interesan sus novelas.

lunes, febrero 25, 2008

Biopics: París (oh la la)

Cuando se hizo demasiado evidente que cuatro éramos muchos para el cuarto de Helga, Janette y yo nos dimos una vuelta por París, adonde fuimos en un retacadísimo tren estudiantil. Pasamos los primeros días con Mike, el gran amigo de Víctor Monjarás, y Michelle, su mujer. Mike trabajaba en la embajada de México y Michelle en Air France. Vivían en el banlieu en una gran unidad habitacional no lejos del aeropuerto.
Dos días después fuimos a buscar a mi prima Terry (en realidad era mi sobrina, pero me llevaba diez años), quien vivía en Rue de l’Alma, en un departamento desde cuyo balcón se podía ver el Arco del Triunfo. Para nuestra fortuna, ella recién acababa de regresar de Rumanía, donde había ido a darse unos baños de lodo con su amigo el Conde.
El departamento era sin duda muy caro, y estaba decorado sin gusto alguno. En el refrigerador sólo había champagne y caviar, y Terry se puso muy contenta de que fuimos a comprar pan y huevos. Ella comía esencialmente en restaurantes a los que la invitaban el Conde u otros amigos. Nuestra primera conversación derivó en un consejo cosmético para Janette (Terry se había graduado de cosmiatra): “después de hacer el amor con mi primo, esparce su semen en tus mejillas: es magnífico astringente”. No creo necesario agregar que estaba bastante deschavetada.

París, por supuesto, nos maravilló. La ciudad y –en esa primera ocasión- también mucho los museos. El de arte moderno, el Louvre, el Jeu de Paume, que en aquel entonces guardaba, de manera muy acogedora, los tesoros del impresionismo. También hicimos la infaltable visita a la Cinematheque, rolamos un buen por el Barrio Latino y escuchamos un magnífico jazzista en Pigalle, bebiendo unas cervezas baratas (cada vez que regreso a París quiero recuperar ese Pigalle, pero sé que hace décadas que no existe).
Un momento extraordinario sucedió mientras Janette y yo paseábamos por el Barrio Latino. Nos acercábamos a un pasaje techado cuando de allí salió corriendo, con una máquina de escribir que se acababa de robar en los brazos, nada menos que Antoine Doinel. Fue como París nos hubiera tragado y nos hubiera metido a una de sus películas más representativas, porque al que vimos no fue a Jean Pierre Léaud, el actor, sino al entrañable personaje cuya vida habíamos seguido en las pantallas. Era precisamente Antoine Doinel quien corrió frente a nosotros y nos rebasó, repitiendo -él a su vez-, un momento inolvidable de “Los Cuatrocientos Golpes”, la cinta que lo llevó a él, y a François Truffaut, a la fama. Janette me convenció de que tomáramos un refresco en el café del Boulevard Saint-Germain que estaba junto adonde estaban Léaud y el resto de la troupe cinematográfica. Durante todo el rato ella estuvo coqueteando abiertamente con el actor. Yo, en tanto, busqué en vano a Truffaut.

Más tarde conocimos al Conde, que resultó ser un señor cincuentón, afable, que quería pasar por alivianado y que tenía los dientes ennegrecidos. También a una telefonista española que Terry se había conchabado para hablar a México –llamadas interminables- y a Guy, el marido, que tenía un botecito anclado a la orilla del Sena.
Una noche, Guy nos invitó a dar un paseo en ese bote. Ver la ciudad desde ese ángulo y con esa libertad fue un privilegio, un grandísimo lujo en una pequeña lancha proletaria. También fue un muchacho español que estuvo tocando la guitarra. Terry se enojó con él porque no le dio jale.
Pasaron los días, Terry se nos hizo cada vez más pegajosa. Decidimos regresar. Ella, de buena onda, nos regaló unos francos.

jueves, febrero 21, 2008

Glorias olímpicas. Emil Zatopek


Le decían La Locomotora Checa. Corría de una manera desgarbada, la calva bañada en sudor, un rictus de dolor en el rostro. En Helsinki 1952 había ganado el oro en los 5 mil y en los 10 mil metros y era la primera vez que participaba en un maratón. Poco más de media prueba había pasado, pregunta a sus rivales: "yo no entiendo mucho de maratón, ¿pero, no estamos corriendo demasiado despacio?”, y acelera en pos de su tercer laurel. Algo inédito y difícilmente repetible.
Emil Zatopek había sobrevivido a la Gestapo durante la guerra. Cuenta la leyenda que se ejercitaba en su celda corriendo horas y horas en el mismo lugar. Ya libre, crea el método de entrenamiento por intervalos. En vez de correr largas distancias, hacía repeticiones de 400 metros a velocidad alta. 60 repeticiones diarias. “Cuando yo era joven era muy lento y tenía que aprender a correr rápido: 100 metros rápidos y regresaba despacio. Así 20 veces. La gente decía ‘¡Emil, estás loco!’. Cuando gané por primera vez el Campeonato Europeo dijeron: ‘¡Emil, eres un genio!’”
Casó con otra campeona olímpica, Dana. Hizo un dibujito en la que ella lanzaba su jabalina y lo atrapaba a él, que corría en la pista. Cupido, o la caza del mamut.
Le gustaba entrenar con botas, en climas rígidos. Decía que era ventajoso, porque la diferencia, a la hora de la carrera, era un alivio. Afirmaba que es en las fronteras del dolor y el sufrimiento donde los hombres se separan de los niños. Sus métodos un poco brutales nos recuerdan que el cuerpo es noble y se fortalece al adaptarse al trabajo duro.
Fue un héroe nacional. Su carácter humanista lo hizo apoyar la Primavera de Praga, el “socialismo con rostro humano” que intentó Alexander Dubcek. Tras la represión soviética, le pidieron que se retractara. El antiguo prisionero de la Gestapo respondió: “Toda mi vida he combatido al fascismo y las dictaduras, y ahora es demasiado tarde para retirarme”. Fue expulsado del Partido Comunista y obligado a trabajar recogiendo basura. Lo hizo durante dos años, luego consiguió un trabajo de profesor de educación física y –a la caída del régimen- fue rehabilitado y reconocida su gloria.
En su carrera obtuvo cuatro medallas olímpicas de oro, una de plata y 18 récords mundiales. Sigue siendo el más grande corredor de fondo de todos los tiempos.




viernes, febrero 15, 2008

(Biopics: La matanza del Italicus)

El atentado y la prensa

La noche del 4 de agosto de 1974, el tren Italicus cumplía su ruta de Roma a Munich. Precisamente cuando salía de un túnel kilométrico entre Florencia y Bologna, se detonó una carga explosiva depositada en el baño de un vagón de segunda clase, que quedó reducido a láminas retorcidas.
Hubo doce muertos, que –como señaló la prensa- eran una muestra casi perfecta de la demografía italiana: una monja, tres miembros de una familia, una estudiante comunista, un ferroviario, un pensionado, una científica y un político de la DC. También fallecieron tres turistas: un alemán, un holandés y un japonés.
Este señalamiento, y otras cuestiones de estilo, me señalaron la enorme diferencia que había entre los periódicos mexicanos y los italianos. Por una parte, la búsqueda de contexto, de significado: que las víctimas fueran una muestra representativa era como que los terroristas asesinaron a toda Italia. Por otra, la descripción cuidadosa, casi literaria: imágenes del tipo “el olor dulzón y nauseabundo de la muerte”, “una temperatura de horno crematorio en el vagón trágico” o “un relámpago de fuego deslumbró a los guardavías de San Benedetto Val del Sambro” te incitaban a seguir leyendo y, al mismo tiempo, te daban pistas (horno crematorio: extrema derecha).
Sentías que el reportero había estado allí, así fuera para recoger la palabra espantada de un turista herido: “Terrible”. En México, las notas periodísticas te daban la sensación –ajustada a la verdad- de leer una transcripción del boletín oficial, con lenguaje neutro y burocrático. Aquellos en Italia fueron años de plomo y sangre, pero también años de mi primer romance con la buena crónica periodística.
La prensa especulaba. La bomba explotó exactamente a la salida del túnel. El tren llegó con retraso a Florencia e intentaba ganar tiempo. Si la bomba de tiempo fue colocada en Roma, debía explotar en la estación de Bologna (ciudad bastión del Partido Comunista); si fue colocada en Florencia, la explosión sería exactamente a la mitad del túnel. En ambos casos, la masacre se hubiera multiplicado.

A los pocos días, apareció un volante de la organización de ultraderecha Ordine Nero. Decía: “Giancarlo Esposti ha sido vengado. Hemos querido demostrar a la nación que somos capaces de poner las bombas donde queramos, a cualquier hora, en cualquier lugar. Donde y cuando nos parece. Les damos cita para el otoño: sepultaremos a la democracia bajo una montaña de muertos". Giancarlo Esposti era el autor material de la matanza de Brescia, quien murió dias después del atentado en un intercambio de fuego con las fuerzas del orden.
Las investigaciones dieron con una célula neofascista (muy ligada a la derecha legal). La capitaneaba Mario Tuti, “el geómetra de Émpoli”. Y sí, la bomba estaba diseñada para explotar a la mitad del túnel.


Seguimiento


Tuti y sus cómplices fueron arrestados y, como en otras partes, problemas en la integración del expediente les abrieron la puerta para que no fueran condenados por la matanza. Mario Tuti fue condenado a cadena perpetua, pero no por el Italicus, sino porque el día en que fueron a arrestarlo por ese crimen, recibió a la policía a balazos y mató a dos. Otros de sus camaradas fueron a parar a la cárcel por delitos menores, como el de posesión ilegal de explosivos o el de intento de reconstrucción del disuelto Partido Fascista.
Hay dos elementos que permiten especular acerca de una conspiración. Una mujer de Arezzo había informado a la policía que Mario Tuti era un terrorista y declarado a un juez que él planeaba hacer una matanza. La denuncia fue archivada y la mujer enviada al psiquiátrico por mitómana. El juez que tomó tal resolución era el yerno de Licio Gelli, gran venerable de la logia masónica P2 y eminencia gris detrás del poder político italiano de la época.
El segundo elemento es que, según relata su hija María Fida en el libro “La nebulosa del caso Moro”, el líder democristiano había apartado un lugar en el Italicus, ya que se reuniría con la familia en las montañas del Trentino. Aldo Moro ya estaba en el vagón, cuando se le hizo descender para firmar algunos documentos importantes. Perdió el tren. Moro no quiso, en vida, que el hecho trascendiera. Fue revelado pocos años después de su muerte, a manos de las Brigadas Rojas, en 1978.


Miedo de viajar en tren


El atentado al Italicus creó en todos quienes vivíamos en Italia una gran paranoia de viajar en tren, que duró cuando menos un año. El lugar de la tragedia estaba en una ruta que usábamos mucho. Era muy impresionante salir del túnel entre las montañas y pasar frente a los hierros retorcidos, los restos achicharrados del Italicus.
Una ocasión, poco después del atentado, viajábamos Janette y yo de Módena a Perugia. Íbamos en un compartimento de segunda, acompañados de tres mujeres: dos mayores y una joven. El tren pasó frente a las ruinas del Italicus, entró al túnel y una de las señoras empezó a rezar el rosario. Tras varías avemarías se detuvo un segundo y pidió perdón, explicando que tenía mucho miedo. La otra señora le dijo que no se preocupara, que ella venía de Padua y se había encomendado mucho a San Antonio por nuestra seguridad.
De ahí surgió una conversación algo desquiciante acerca de los milagros de San Antonio.
La señora que había ido a Padua comentaba que había tenido problemas de salud cuando estuvo en “estado interesante” (sic) de su hijo menor, por lo que el pequeño, a su vez, había tenido problemas al nacer, lo habían puesto en una incubadora y no le daban muchas probabilidades de sobrevivir. La señora pidió que le permitieran ponerle al bebé un ropón de San Antonio. Los médicos no accedieron. Entonces la mujer logró que le dejaran poner el ropón debajo de la incubadura y le prometió al santo que ella usaría una prenda similar por un año, en caso de que la criatura viviera.
-¡Mamá, me estás avergonzando con tus supersticiones! –gritó de repente la joven que había estado en silencio y con el rostro enrojecido.
-¡Tú cállate, que gracias a San Antonio es que tienes un hermano!
-¡Ay, los jóvenes de hoy en día, ya no creen en nada! –terció la señora rezadora.
Janette y yo seguimos calladitos.
-Es que antes había una fe maravillosa –dijo la madre, ya pasado el susto del túnel-, recuerdo que de niña nos sentábamos a comer, hacíamos una plegaria y se sentía una paz enorme, porque era Cristo que entraba en nuestros corazones.
-Pero ahora los jóvenes no hacen plegarias, sino que blasfeman –señaló la otra señora-. Fíjese usted que en mi pueblo, Orte, había un muchacho que estaba reparando el techo del Duomo. Y, en plena casa de Dios, sólo porque alguna cosa le salía mal, blasfemaba y blasfemaba. Pero Dios es grande. ¿Qué creen que pasó? Un milagro.
-¿Qué?
-Que un día se cayó del andamio. Y quedó de rodillas frente a la Madonna.
-Y no le pasó nada –dije yo, con mi bocota.
-Cómo no. Se rompió las dos rodillas, aunque no se murió.
-Pero se convirtió en un buen cristiano –repliqué, insidioso.
-No qué va, seguía blasfemando y blasfemando.
Hasta la devota de San Antonio comprendió que no había habido ningún milagro. Eso no impidió que las buenas señoras nos obstruyeran la salida del compartimento hasta que hubiéramos hecho la señal de la cruz. Lo hicimos.
-Ya ven. Ahora pueden bajar del tren con paz en sus almas.

jueves, febrero 14, 2008

Perugia revisitada I: con Helga, el Umbria Jazz y el rescate de Inge

En el cuarto de Helga

Nuestro regreso a Perugia no fue sencillo. La primera noche nos quedamos en un hostal muy barato, pero gacho, que exudaba pobreza y estaba separado por sexos. Noté que ahí vivían muchos de los estudiantes africanos. Buscamos a Mársico –ingenuamente suponíamos que podía haber regresado-, pero su “casa de huéspedes” estaba llena e incluso le había rentado su propio cuarto a un neozelandés loco, que trastocó completamente la habitación. Ben ya compartía su mitad de cuarto. Tuvimos que buscar alojamiento con amigos de amigos.
Por esos días también Jorge Carreto y Pepsicola George estaban de regreso de su rol por Sicilia. Duhne siguió su viaje, o se regresó a México, y Carreto se fue a vivir con Helga Van Dongen. A ese cuartito también recalamos Janette y yo, en pleno plan de arrimados.
Habitamos los cuatro ese pequeño cuarto durante buena parte de lo que quedaba de aquel verano. Al principio, fue agradable y divertido. Con el tiempo, el reducido espacio creó tensiones. Helga fue extremadamente paciente, comprensiva y tolerante con la situación, y se portó por encima del cariño y la amistad. Un acto fallido nos habla de la circunstancia: teníamos el agua compartida –muy necesaria en época de calor- en la famosa garrafa griega, y a Helga se le cayó, rompiéndose en mil pedazos.
Hay una imagen viva que guardo de esos días. Jorge y yo contemplamos, desde abajo, a Helga y Janette descender por la escalinata de piedra de una de las calles perusinas. Una rubia; la otra morena. Ambas con amplias y frescas faldas largas coloridas: rojiza, la de Janette; azul, la de Helga. La imagen de la gracia en los años setenta.

También rolábamos bastante con los loquetes ingleses Ben y Charles. A Ben, en su obsesión con Joyce, le daba envidia mi formación católica. Tenía nostalgia de las noches que no pasó temiendo quemarse eternamente en el fuego frío del infierno. “I wish I was steeled in the school of Old Aquinas, dijo, parafraseando al irlandés. Yo le decía que esa no era manera civilizada de forjar acero o alma alguna.
También tenía un conocimiento sorprendente de Shakespeare. Estábamos hablando de la relación entre América Latina y Estados Unidos y le comenté, así de paso, que los intelectuales latinoamericanos de principios de siglo tenían una visión romántica del subcontinente. Le dije que había un autor uruguayo, José Enrique Rodó, que escribió Ariel. Ben de inmediato replicó con una cita de La Tempestad: If thou more murmurst, I will rend an oak/ And peg thee in his knotty entrails till/ Thou hast howled away twelve winters”. Y explicó que Próspero mantiene la lealtad de Ariel, el espíritu aéreo, prometiéndole repetidas veces que lo liberará de la servidumbre, pero siempre difiere la liberación a una fecha indefinida. Lo que yo había tenido trabajos para entender, él lo comprendió con la mera referencia a un personaje shakespearano.

Jorge y yo fuimos a Módena, a empezar a buscar departamentos. Nuestro conocido Roberto Livi nos dijo: “Ustedes regresan de vacaciones en el momento en que todo mundo aquí se está yendo; la ciudad está muerta hasta septiembre”. De todos modos me puse a ver opciones y me interesó un departamento minúsculo en un gran edificio junto a la estación de trenes, pero nuestro plan era rentar entre los tres mexicanos uno algo más amplio.
En otra ocasión nos fuimos a Roma –Jorge fue con Helga, yo fui solo- a ver qué onda con la beca. Niguas. Nos quedamos en casa de María Luisa Puga. Flores quedó de presionar.


Umbria Jazz 1974

Lo que más alivianó nuestra estancia durante esos días fue el festival Umbria Jazz, ahora muy famoso, pero que en aquel entonces llevaba apenas su segunda edición. Había un concierto gratuito diario: en las plazas de Perugia, Città del Castello, Todi, Gubbio, Narni, y actuaban grandes jazzistas, como Charlie Mingus, Keith Jarrett o Gerry Mulligan. Para mayor bendición, había camiones que nos transportaban de Perugia a los distintos pueblos. Miles de jóvenes nos lanzábamos y era, además, un gran espacio de convivencia –por mucho que nos molestaran los “Niños de Dios”, que era una secta dizquehippie formada mayoritariamente por gringos, a los que no les aceptábamos ni el agua que nos regalaban-. El jazz que se tocaba era de primera, y algunos de sus exponentes estaban muy cerca de la vanguardia (La Vanguardia con mayúsculas eran Archie Shepp y Don Cherry, pero para mí fue en aquel Umbria Jazz que Jarrett comenzó a despuntar). Casi siempre íbamos en bola Helga, Janette, Jorge, Ben y yo.

Aquí el video del famoso solo de Keith Jarrett. Se puede ver mucho de la plaza central de Perugia, las escalinatas de la catedral, la galería Umbria y Corso Vanucci, que es la calle en donde está la banda:




El rescate de Inge

Inge era una estudiante holandesa de la Universidad para Extranjeros, amiga de Helga. A pesar de los comentarios protectores de Jorge Carreto, se enamoró perdidamente de otro estudiante, un iraquí. Y se fue a vivir con él.
A las pocas semanas, Helga se enteró de que el iraquí le hacía la vida de cuadritos a Inge, celándola por todo. Más tarde, la encerró en el cuarto que compartían. En otras palabras, la tenía prácticamente secuestrada. Inge había decidido huir y le pidió ayuda a Helga –y, por extensión, a nosotros.
El departamento que ellos tenían estaba sobre Via Garibaldi, una calle a la que se accedía desde Piazza Fortebraccio, allí donde se asentaba el Palazzo Gallenga, sede de la Universidad Italiana para Extranjeros. El plan era, primero cerciorarnos de que el iraquí había entrado a sus clases; después ir por Inge, sacarla de ahí con todas sus cosas, tomar un camión que bajara por la parte posterior de la ciudad y acompañarla a la estación de trenes para que tomara uno que la llevara a Florencia, y luego a Ámsterdam.
Helga, Janette y Carreto se encargaron de sacar y llevar a la raptada a buena estación; yo, de comprobar que el iraquí había entrado a la Universidad y de echar aguas en caso de que saliera del Palazzo Gallenga (afortunamente, sólo había un gran portón).
Luego de que el hombre entró, me quedé esperando en la puerta varias horas. Por suerte era un estudiante responsable y no hubo necesidad de echar la carrera cuesta arriba para apurar a mis amigos.

Días después, precisamente en Piazza Fortebraccio, el iraquí se detiene y me pregunta, malencarado:
-Oye, ¿de casualidad no has visto a Inge?
-No, ¿por qué? -haciéndome el sorprendido-.
-¡Quién sabe adonde se fue esa pendeja! –y siguió su camino.

martes, febrero 12, 2008

Nuevo poema hermético ¿de Jimmy Johnson?

Hace unos días, reparando un departamento se encontró debajo de una duela un rollo de papel que tenía garabateado un poema hermético. En la esquina derecha, una firma: J. J.

De inmediato supusimos que se trataba de una obra desconocida del gran autor Jimmy Johnson, pero hay un dato desconcertante: debajo de la firma está escrita la fecha 2006 y no hay registros de la estancia del poeta durante aquel año en ese departamento.

¿Será, acaso, que Jimmy lo escondió allí hace décadas y puso 2006 como la fecha en la que suponía sería encontrado su pequeño tesoro literario? ¿O llegó intempestivamente de visita, escribió y escondió? Algunos expertos aducen que en realidad es obra de alguno de los estudiantes de San Vicente y las Granadinas que habitaron ese lugar en el año de referencia. El estilo, sin embargo, es perfectamente johnsonesco.

Analicemos el texto.


Tan pronto… -!Oh no!-
Nuestra estrella: trampa
¡Oh! ¡Brassier¡ ¡Puerta!

¡Nalga! ¡Oh, vierte trasero!
Te veo vertir Kaa
¡Nos vemos!

¡La desgracia lo tiene tan total!
Todos son forma de árbitro.
¡Anuncio y falso todo!


Hay que decir en primer lugar que el ritmo entrecortado es similar al de los otros poemas herméticos de Jimmy Johnson. En esta ocasión el autor al parecer cuenta un encuentro demasiado cercano con un travesti (posiblemente disfrazado de actriz famosa).

En el momento en que el personaje se desnuda, el poeta descubre la trampa. Se asombra de que el brassier sea relleno y busca la puerta.

Entendemos que la falsa estrella se pone decúbito. De ahí la exclamación: “¡Nalga!” y la poética descripción en la que, el travesti no vierte semen, sino trasero… y Kaa, la malvada serpiente de la versión Disney de Robin Hood, que es una evidente referencia fálica. De ahí que el poeta huya.

En el tercer verso lo vemos lamentarse, y también admirar el tamaño de aquellito. La referencia a la forma de árbitro hace pensar en los traumas sobre los réferis expresados por Johnson en otros poemas. El árbitro como falsedad, y la denuncia de la sociedad de consumo y mercadotecnia como una falacia absoluta.

En fin, una obra diferente y mágica.

Aquí la versión original en inglés.


As soon… -Oh no!-
Our star: con.
Oh! Bra! Door!

Butt, oh pour buttock!
I see ya po
ur Kaa,
See ya!

Wretch has so total
All are ref form
Ad a fake all!


Recordamos al improbable lector la necesidad de leer en voz alta los poemas, para captar mejor su fuerza y su significado profundo.

martes, febrero 05, 2008

Biopics: Una salida in extremis

De Creta nos fuimos al Pireo, donde compramos boletos de tren para cruzar el Peloponeso e ir a la ciudad de Patras. De acuerdo con la costumbre italiana, compramos los boletos, nos fuimos a desayunar y horas más tarde tomamos el tren. Al llegar a Atenas, nos dimos cuenta de que en Grecia –a diferencia de Italia- los boletos eran para un tren en específico, con lugares asignados, y no para una ruta en general. Para nuestra fortuna, quienes compraron nuestros asientos eran una pareja de civilizados turistas suecos. Diferente le fue a unos gringos con Eurailpass (un mito genial, si los hay), a los que unos griegos corrieron de mala manera y, por andar alegando, se quedaron sin lugar.

Fue un viaje interminable en un tren lentísimo y lleno, con un calor insoportable. Los gringos insistían en sentarse y el conductor les dijo –con la ayuda de un soldado parecido a Jerry Lewis, que estaba en día franco y la hizo de traductor- que tenían dos opciones: viajar parados o bajarse del tren. Mientras avanzábamos entre paisajes áridos, y yo corroboraba que mis pocas palabras de griego antiguo eran absolutamente inútiles para darme a entender con el pasajero de enfrente (quién sabe cómo supe que era un carpintero) del otro lado pasaban convoyes llenos de soldados, que sacaban medio cuerpo –medio torso desnudo- de la ventanilla para saludar efusivamente a nuestro vagón. Al menos cuatro trenes repletos de soldadesca.

Patras era una ciudad de tamaño mediano. En la parte baja era moderna y con un puerto bastante sucio y empacadoras tercermundistas de pasitas, pero con amplias plazas, una hermosa catedral y un bonito malecón en la parte baja. La parte alta, a la que subía por una escalinata, era antigua, con ruinas romanas. Estuvimos cuatro días allí.

La idea –ese romanticismo de los nombres- era bañarnos un día en el Golfo de Patras, y otro en el Golfo de Corinto. En ambos las playas eran de guijarros, con el agregado de que el agua estaba helada y el calor era alucinante. Te metías al mar y querías salir de tanto frío, te pasabas a la playa y sentías que te asabas. La solución era meter parte del cuerpo en el agua y refrescar la cabeza de vez en cuando. Hay una foto –tomada por Janette desde el mar- en la que estoy en esa situación, leyendo El Amor Loco, de André Breton, y se me nota una incipiente calvicie. En una esquina de la fotografía aparece el cofre de un jeep militar que avanza por el camino a mi espalda.

En la madrugada del 15 de julio tomamos el ferry a Ancona, de regreso a Italia. Un barco popular y masivo, en el que las familias griegas y turcas hacían una suerte de picnic interno, para luego dormirse en los pasillos. En la mañana, estábamos viendo por la televisión Los Locos Addams (con larguísimos subtítulos en demótico), cuando la transmisión se interrumpió. Apareció un conductor de noticiero, luego imágenes de Arzobispo Makarios III, etnarca y presidente de Chipre. Un rumor de sorpresa recorrió el barco. Algunas mujeres empezaron a gritar y a jalarse los cabellos. Los mochileros pedimos explicaciones en inglés. Un marino nos dijo que acababa de darse un golpe de Estado en Chipre, y que acababan de deponer a Makarios. Cuando se le preguntó por qué la reacción de la gente era tan agitada, respondió: “Eso quiere decir que Grecia va a entrar en guerra con Turquía”.

Efectivamente, la junta militar griega –que pretendía la anexión de Chipre- estaba detrás del golpe de Estado perpetrado por Nicos Sampson, un político de ultraderecha, y era de esperarse una pronta invasión turca a Chipre, en defensa de la minoría turca de ese país… y también para crear su propio Estado pelele.

Al otro día de nuestra llegada a Italia (¡Ah, qué agradable fue volver a leer en alfabeto latino!) los periódicos mostraban fotos de mochileros intentando huir en masa de Grecia: habían cortado las comunicaciones con el exterior. El nuestro fue el último barco de pasajeros en zarpar de Patras.

La junta militar griega no terminó el mes. El fracaso de Chipre causó división entre los militares más viejos, que la depusieron y convocaron a un gobierno de unidad nacional que reinstauró la democracia. El jefe del parlamento chipriota, Glafkos Clerides, tomó la presidencia interina de ese país, pero no pudo evitar una segunda ola de invasión turca –que ocupó una tercera parte del territorio de Chipre- ni el desplazamiento de miles de refugiados de una zona a otra. Nicosia quedó partida: “la línea divisoria está a tres cuadras de mi casa” –me comentó, unas semanas más tarde, un deprimido Angelos Angelis-; “murió demasiada gente; gente que conozco”.

viernes, febrero 01, 2008

Biopics: Entre Socratitos y Kazantzakis

¿Cómo le hacía Sócrates para pensar?

En Atenas, Janette y yo nos alojamos en un hotelito cerca de la plaza Omonía. La ciudad, a pesar de que arquitectónicamente parecía una multiplicación de edificios sin chiste, tenía muchos encantos. El más impresionante de ellos: la posibilidad de ver la Acrópolis desde muchos ángulos. Caminar colina arriba hacia la Acrópolis te daba una sensación singular: aquello estaba Arriba, sobre un zócalo altísimo, allí donde la mente y el alma del hombre occidental quieren llegar. Extraño, porque la ciudad no es terriblemente alta –comparada sobre todo con las de Norteamérica-, pero siempre generaba la sensación de apuntar al cielo.
Las ruinas griegas dejaban una impresión diferente de las romanas. Sin dejar de ser grandiosas, expresaban mayor reposo, mayor balance, con un extraño juego entre rectas y curvas. Es cierto que en la Acrópolis había grandes estatuas de bronce y ornamentos lujosos, pero resultaba más fácil imaginarlos en las ruinas romanas; aquí la pura proporción arquitectónica bastaba: la proporción era el lujo. Y las Cariátides me impresionaron, tanto en su contexto original, como en el Museo de la Acrópolis, que aún recuerdo como una delicia, así como el Museo Arqueológico Nacional. Aquello fue una sucesión de figuras exquisitas: estatuas, gorgonas, jarras, vasos, máscaras.
Algo muy padre de Atenas era que, como en México, apenas salías de la zona arqueológica, te encontrabas con unas fondas: ahí podías comer, sentado en unas sillas plegadizas de metal con anuncio de chesco, frente una mesa de metal con anuncio de chesco, algo muy parecido a unos tacos al pastor, con tu chesco bien helado.
Y había que andar tome y tome agua (de cebada, de la que había maquinitas en cada esquina) porque he de decir que hacia un calor tremendo. Hubo una pregunta que nos hicimos muchas veces en voz alta: ¿Cómo le hacía Sócrates para pensar con ese calor tan agobiante? Llegó un momento en que nosotros no podíamos. Me tomé una foto en la Academia, en la que estoy mostrando un bloc con la leyenda: “¡Viva Socratitos!”. En ese momento, me parecía admirable que, con ese calorón, pudiera caminar, pensar y echar rollo al mismo tiempo. Días después, llegamos a dos hipótesis: la primera es que había habido un cambio de clima con el paso de los siglos; la segunda, que la Academia ateniense tomaba largas vacaciones de verano.
Otra cosa que aliviaba el calor atroz era el café frío, que los griegos consumían en grandes cantidades y que de inmediato me sedujo para toda la vida.
Yo suponía que el idioma griego sería complicado de entender. Resultó aún más difícil, tanto como el serbio-croata. Desarrollé una suerte de mnemotecnia para algunas palabras elementales: xenoplastion: hotel, donde los extranjeros van y se aplastan; estiatorion: restaurante, donde vas y estiras las piernas; to logoriasmós: la cuenta, o sea el logaritmo; ekatón: cien, una cantidad de hecatombe.
El último día de nuestra estancia en Atenas, Janette y yo fuimos a cenar a la parte más mona de la ciudad, el barrio de Plaka, donde probé grandes cantidades de retsina, el típico vino resinoso, que no me gustó demasiado pero se me subió mucho. Esa noche platicamos y supe que no compartíamos fantasías.

En la tierra de Kazantzakis

De Atenas (o más precisamente, del puerto del Pireo) partimos a Creta, una isla vinculada a mis ensoñaciones de niño lector y, sobre todo, a la vida de un escritor que me había impresionado: Nikos Kazantzakis. Para el efecto, había llevado conmigo la versión inglesa de su autobiografía: Carta al Greco, que devoré durante la semana que estuvimos allí.
Heraklion, la capital y ciudad natal del escritor, nos decepcionó. Sucia, grasienta, caótica, me recordó Minatitlán y el centro de Acapulco. Sin pensarlo más, decidimos dejarla y tomar un camión para Rethymnon, un pueblecito que –a la vista de un folleto- ofrecía buenas playas. En la prisa por alejarnos, se nos olvidó que cerca de Heraklion estaba Knossos, y nos perdimos de ver las mejores ruinas de la cultura minoica.
El viaje a Rethymnon, en camión de ruta, fue entre montañas y música típica. La orografía, el clima, el bamboleo de los pasajeros y de los colguijos a un lado del chofer, el volumen y la alegría de la música me creaban un calorcito en el espíritu: me hacían sentirme de nuevo en México.
Rethymnon tendría entonces unos diez mil habitantes. Era un pueblo tranquilo: un viejo puerto de calles estrechas, escaleras de piedras, restos de una muralla, un castillo guardián y una hermosa playa de arena, que teníamos casi para nosotros solos.
En aquellos años estaban de moda libros tipo “Europa con 5 y 10 dólares al día”. Un ahorro así exigía sacrificios a los que sólo un estoico estaría dispuesto, pero en Rethymnon pudimos pasarla muy bien, gastando menos de 10 dólares diarios entre los dos. Nos alojamos en un hotelito modesto, como a tres cuadras de la playa. De ahí caminábamos y desayunábamos en una palapa, y cotorreábamos en inglés con meseros y marineros. Media sandía cada uno. Nos pasábamos medio día asoleándonos, leyendo y nadando. Luego comíamos una enorme ensalada griega cada uno, con su respectiva chela bien fría, y nos íbamos a pasear por el pueblo. Al castillo, a la mezquita, a la bahía.
Descubrí a Kazantzakis en tiempos de la Librería Leibnitz. Cristo de Nuevo Crucificado era un intento por recuperar a Jesús de las garras de la Iglesia (ortodoxa en el caso del escritor). Me imaginé que la historia de Manolios –el pescador que la hace de Cristo en una representación del pueblo, y que termina linchado a instancias del sacerdote- perfectamente podía haber sido en Rethymnon.

Carta al Greco era una visión de la vida “con ojo cretense”. La búsqueda del gozo, pero no de la esperanza. Hay un par de momentos clave que recuerdo de ese libro: el niño que responde con silogismos intachables y deshace el dogma del maestro-sacerdote; el escritor que va al Monte Athos y hace un ascenso (otra vez esa imagen): trepa afanosamente. Llega y entiende que “Dios está sentado en la cima del hambre, la sed y el sufrimiento”, por lo que el hombre no debe hacer “un paraíso imaginario de ingenuidad y cobardía para cubrir el abismo”. Dios existe, pero no es un ser distinto, no es un ente trascendente: es una fuerza presente en todas las cosas y en todos los seres.
Jesús, Lenin, Buda y Ulises son las cuatro figuras que, en distintas etapas, pasan y pesan en la vida de Kazantzakis. En su recorrido –porque, como el Quijote, prefiere el camino a la posada-.La vida, un trayecto para llegar al lugar en donde sin miedo, sin esperanza, se es libre.
Hacia el final de nuestra estancia, se llevó a cabo en los jardines municipales del pueblo el Festival del Vino. Ya Luis Foncerrada nos había hablado de ellos. Llegas y te venden un vaso o una garrafa: con ella te sirves todo el vino que quieres. Los utensilios tenían hermosos decorados con referencias a la Grecia antigua. El vino era dulce como la noche, como la música y como las risas de todos. Bebimos lo suficiente como para que los vasos se nos cayeran dos veces, pero no terminamos lo suficientemente ebrios como para no llevarnos, con mucho cuidado, la garrafa intacta.