jueves, noviembre 29, 2007

Guareschi y la paradoja de Don Camillo

Cuando nació mi segundo hijo, le pusimos Camilo porque el nombre me gustó. De inmediato salió, de varios cuates del ámbito de la militancia izquierdista, la pregunta: “¿Es por Camilo Cienfuegos o por Camilo Torres?”. Por jugar, y por llevarles la contraria, siempre respondía: “Es por Don Camillo, el cura que se enfrenta al onorevole Peppone”. Sólo aquellos con formación cristiana sabían de qué estaba yo hablando.

Me refería a las películas de Duvivier, con los comediantes Fernandel y Gino Cervi, basadas en las novelas de Giovannino Guareschi que tienen como personaje central a un sacerdote católico, “no clerical”, que oficia en un pequeño pueblo de la llanura padana (en la provincia de Regio Emilia, vecina a Módena) y se enfrenta cotidianamente al alcalde (y mecánico), el comunista Peppone. Las películas me divertían, especialmente porque me recordaban los rollos locales de Emilia-Romagna (recuerdo un discurso de Peppone en la URSS, en el que habla de la propiedad diurética del agua mineral emiliana que me tuvo retorciéndome de risa, pero había que haber vivido en Emilia para entenderlo).

Don Camillo y Peppone son enemigos políticos e ideológicos, pero también son coterráneos, copartícipes de una misma cultura y, a fin de cuentas, cómplices. Por ello, muchos vieron en las novelas del derechista Guareschi un anticipo del “compromiso histórico” con el que se quiso unir políticamente al “pueblo trabajador” y el “pueblo católico”, enfrentados desde el inicio de la segunda posguerra.

Al final de una de las cintas, Don Camillo y Peppone se están persiguiendo en bicicletas. Se rebasan mutuamente. Están luchando entre sí, pero con una sonrisa. Viven en una confrontación constante, pero se reconocen, se estiman. Corren juntos el camino de la vida.

Don Camillo es un cura poco ortodoxo, algo mentiroso, listo para la trampa y bueno para los trompones. En la primera película hay un partido de futbol, los “rojos” contra los “blancos”, y el broncudo sacerdote recibe merecida tarjeta roja del árbitro. Luego se sabrá que el alcalde compró al silbante… y que el enojo del cura era porque él también lo había sobornado, sólo que por menos dinero.

Hay alguien que siempre lo cacha en la trampa (en la mentira, en la exageración, en la ira) y es el Cristo crucificado de su parroquia. Ese Cristo le habla con voz tipluda –algo impropia, pienso yo- y Don Camillo le responde. Es una percepción real, que le quita al cura la exigencia de tener fe, de creer sin ningún sostén.

¿Tenía fe Don Camillo? No necesariamente, porque tenía una prueba sensorial de la existencia de Dios. Pero tal vez sí: la tendría sólo si dudaba que la voz viniera realmente de Cristo, y si superaba esa duda. En principio no lo sabemos, y la figura del sacerdote termina siendo engañosa, porque si existe contacto real, la fe se vuelve innecesaria.

Guareschi, de buen cristiano, resuelve la paradoja, al explicar su libro. No es Cristo/Dios el que habla con Don Camillo. Pero tampoco esa voz es un parto de la fantasía del cura, o una alucinación. “Es la voz de mi conciencia”, define el autor, “porque quien habla en mis historias no es el Cristo, sino mi Cristo… cosas mías personales, asuntos míos internos”.

"Me basta siempre lo que Dios me concede”, dice Don Camillo, “Si Dios me pone el dedo no le agarro la mano… aunque a veces querría agarrársela”. Es una filosofía en la que el hombre nunca está solo, está contento de la compañía de Dios, no intenta agarrarle la mano y aferrarse a ella, pero deja que la mano divina tome la suya.

viernes, noviembre 16, 2007

Tres imágenes de Kurosawa

I. Un joven médico está encuclillado frente a la estera en la que yace un anciano moribundo. Escucha la historia de su vida. Tiene que aprender a mirar sus ojos en el momento en que agoniza. Solo así entenderá el significado de ser doctor (Barbarroja)

II. Un joven, a quien hace años el dictador le arrancó los ojos el día que derrotó a su padre, ha encontrado refugio en las ruinas del castillo que una vez fue suyo. Él no lo sabe, pero su hermana, que ha ido por la flauta que le ha acompañado por toda su vida de ciego, cayó víctima de una celada y fue decapitada. Ella le había dejado un Buda para protección. En su inútil espera, el muchacho tropieza y el Buda se cae por un despeñadero. Sigue esperando en el castillo destruido. (Ran)

III. Un joven soldado cruza un túnel (sueña que cruza un túnel); del otro lado se encuentra a los vivos. Éstos le recuerdan que, al igual que sus camaradas, está muerto y que tiene que regresar al túnel (o está soñando que ha muerto). O no, él está vivo y sus camaradas son los que no pueden salir del túnel. Tal vez está soñando todo mientras agoniza en un hospital militar (Sueños).


Etcétera 293, 10 septiembre 1998

miércoles, noviembre 14, 2007

Biopics: El humo

En el primer capítulo de la magnífica novela La coscienza di Zeno, de Italo Svevo, el protagonista inicia a contar su vida, prodigiosamente banal como la de todos nosotros, con un análisis de su adicción al cigarro, de los distintos métodos con los que intentó dejarla y de todas las cosas de la vida que él relacionaba con su dependencia a la nicotina.

Es hasta esta parte del recuento de mi vida que toco el tema, porque si he de poner fecha de inicio a mi tabaquismo, es en marzo de 1974. Una tarde estábamos comiendo Mapes, Carreto y yo en una trattoria romana y les gorreé el enésimo cigarro. Por primera vez se negaron, y me dijeron que fumaba casi tanto como ellos, pero nunca compraba. Salí a la calle, en la tabaquería compré tres cajetillas: unos Players para Jorge, unos Marlboro rojos para Eduardo y unos Gauloises Circle BleuGauloise lights, vaya oximorón!) para mí. Desde entonces he sido buen negocio para las tabacaleras.

Mis padres fumaban mucho. Y fue mi papá quien indujo a mi mamá al vicio, cuando se casaron. Hay que abogar, a favor de él, que pertenece a la generación que se identificaba con Humphrey Bogart, con el eterno cigarrillo colgando del labio, que hacía juego con el ala del sombrero. Era parte del sex-appeal. Cada uno de mis progenitores se fumaba, cuando menos, una cajetilla diaria de Pall Mall sin filtro (creo que todavía no habían inventado el filtro), que cambiaban obligadamente a Raleigh sin filtro cuando no conseguían los Pall Mall, que eran importados.

Cuando yo era muy pequeño, mi papá me llevaba a ver el señor que fumaba. Era un anuncio espectacular en la glorieta de Insurgentes: la figura pintada de un señor elegante tenía una mano mecánica y un cigarro en ella, acercaba la mano a la boca (que era un hoyo en el edificio), lo alejaba y, en ese momento, salía de la boca-túnel un gran aro de humo. Eran tiempos en los que la contaminación no se consideraba problema, tiempos en los que –dictaba el anuncio- México crecía, progresaba y se embellecía con Cementos Tolteca. El bello cemento sustituía los agrestes campos, símbolo de atraso y pobreza. La gran voluta de humo que viajaba por la ciudad a partir de la glorieta de Insurgentes era, en cambio, símbolo de industria y modernidad. Supongo que eso es lo que quería inculcarme mi papá.

De cualquier manera, el humo y los cigarros, pero sobre todo los cerillos, me incomodaron mucho de niño. Y no me atraía probar, a diferencia de varios de mis compañeritos. Mi primer cigarro lo fumé, casi forzado, a instancias de Javier Valle, en Tehuixtla, como a los diez años. Nomás para que no dijeran que era sacatón. Me mareó, me supo horrible y me pareció un asco.

Probé otros pocos en el Augustinian Academy, con resultados menos dramáticos, pero igualmente desagradables. Sin embargo, en uno de mis viajes a México, compré en el aeropuerto unos Tareyton, que consumí parcialmente antes de tirarlos en el aeropuerto de llegada.

Durante mi adolescencia, aunque muchos de mis cuates fumaban, a mí me parecía un poco tonto; más aún, cuando probé la mariguana, que –a diferencia del tabaco- tenía un efecto claramente placentero. Alguna vez había promociones de una nueva marca de cigarro y nos topábamos a bellas edecanes que nos ofrecían cajetillas –recuerdo particularmente unas que encontramos Víctor y yo en la colonia Roma-, que aceptábamos nada más porque venían de ellas. Yo solía regalar la mía a algún cuate fumador. Además, practicaba atletismo y ya bastante esfuerzo hacía sin fumar como para agravarlo.

La primera vez que de verdad se me antojó fumar fue en el viaje a La Mira y Playa Azul. Todos los demás fumaban en esa época (aunque Munguía no daba el golpe) y me causaba cierta envidia verlos a todos disfrutar de su cigarrito en la hamaca, después de haber comido un rico pescado en la playa. Sin embargo, me aguanté el antojo, que fue en aumento conforme pasaron los meses.

La primera vez que pedí un cigarro fue en el auditorio de Economía. Era una discusión del megagrupo de CEA II a la que habíamos forzado a los del Partido Comunista, porque no queríamos hacer la investigación que ellos proponían. Después de mi intervención, sentí que las rodillas me temblaban al sentarme: pedí un cigarro porque pensé que calmaría mis nervios. Dudo que lo haya hecho, pero al menos me entretuvo las manos.

En otra ocasión Irma, mi fugaz novia atleta, me ofreció un cigarro en medio de una discusión personal armada por ella. Me dije, justificatorio: “ella fuma y es campeona nacional de salto de longitud”. Al rato la atmósfera del vocho en el que estábamos se volvió irrespirable –afuera llovía- y pensé: “sí, pero la verdad es que en el atletismo femenino no hay tanta competencia”. En mi casa concluí que actué como Víctor cuando regresó de su visita a la Villa Olímpica y exclamó “¡Voronin fuma!”, con la misma excitación con la que Arquímedes habría gritado “¡Eureka!”. Voronin era un gran gimnasta, medallista de aquellos juegos del 68.

Durante largos meses en Economía fui pasando del que acepta un cigarro, al que gorrea uno al día, después dos y tres y cuatro y cinco. Todavía me mareaban, pero ya era un mareo placentero. En los días de la gira y posteriores gorreaba seis, siete, ocho y nueve. Con los precios de los cigarros en Italia, aquello era prohibitivo para los otros. Así que empecé a comprar.

Primero fueron MS (Monopolio di Stato), luego fueron Stop (en la leve expectativa de que fueran “stop smoking”) y de nuevo MS, en la otra vez que viví en Italia. En México fueron, sucesivamente, Del Prado, Baronet, Commander, Marlboro rojos y luego Marlboro Lights. Todo un proceso de hacerse tonto, bajando el nivel de alquitrán y nicotina de cada cigarro, pero aumentando paulatinamente la cantidad.

Escribe Zeno, de la mano de Svevo: “… me atrapa una duda: que yo quizá haya amado tanto el cigarro para poderle adosar la culpa de mi incapacidad. ¿Quién sabe si dejando de fumar me hubiera yo convertido en el hombre ideal y fuerte que me esperaba? Tal vez fue esta duda la que me ligó a mi vicio, porque es un modo cómodo de vivir el de creerse grande de una grandeza latente”:

A partir de ahí, el personaje habla de sus tribulaciones para dejar de fumar. Escribía la hora y el día en el que se fumaba su “último cigarrillo”, para encontrarse con el papelito meses después, cigarro en mano. Se fijaba fechas con características rimbombantes para dejar de fumar “el día 3 del sexto mes de 1912, a las 24 horas”, pero igual no las cumplía. La neurosis del cigarro lo lleva a pasar a otras neurosis, como la de amar “pedazos de mujer”, y a contarnos su vida de una manera profunda, triste y muy amena.

A diferencia de Zeno, yo he intentado dejar el cigarro pocas veces, conformándome con la frase de Mark Twain, quien decía que hacerlo era muy fácil, tanto que él lo dejaba como veinte veces al día. Pero vale la pena relatar las veces que he intentado.

La primera fue la más exitosa, y no se debió a ninguna fuerza de voluntad. En 1984 me dio hepatitis, contagiada por mi hijo, y no sólo no se me antojaba fumar, sino que me parecía grotesco hacerlo en la cama que compartíamos. Rayo se curó, me quedé solo, chupando hartas paletas mientras leía la biografía de Stalin escrita por Isaac Deutscher, y se me fueron yendo las ganas. En los últimos días de mi enfermedad, mi padre solía visitarme, platicábamos y él encendía un cigarro, que fumaba con deleite. Se me antojaba cada vez más. Hasta que un día le pedí uno. Puso una cara de verdadera pena, y me dijo que le acongojaba mucho “haberme heredado el vicio”, me dijo que no, insistí, accedió y volví a fumar.

La segunda consistió en poner en un tarro el dinero que nos gastaríamos mi primera esposa y yo en cigarros. Iba funcionando muy bien hasta que un día de diciembre, camino a España, pasamos por Génova, allí donde la carretera es una sucesión interminable de túneles y puentes entre acantilados y el auto no puede parar. Nuestro hijo Camilo, que apenas tenía un año, vomitó. No podíamos detenernos (no había cuneta) ni abrir las ventanas (por el frío y por las tremendas ráfagas de viento en los puentes, que mecían el auto). Cuando por fin terminó el paso y llegamos a un paradero, no sólo hicimos limpieza. También compramos cigarros.

La tercera fue con los chicles de nicotina, que saben horrible. Iba yo muy bien hasta que me invitaron a una “reunión de expertos” que analizarían el futuro del país a partir de un cuestionario amplísimo. Ahí estaba yo entre intelectuales, políticos y big shots –en la banca de atrás, Carlos Slim- y que una guapa edecán me ofrece un Commander. Híjole, cómo decirle que no. Creo que los psicoanalistas pueden encontrar un patrón, que va desde las edecanes pagadas que me daban la cajetilla, pasa por Irma en el Vocho y continúa con esta otra edecán.

La cuarta quiso ser de güevos, pero terminó con un pequeño choque en el Periférico, camino a Xochimilco, con Taide y los niños. Mis nervios me traicionaron.

¿Puedo decir que estoy en la quinta? Durante la redacción de este capítulo me he fumado dos cigarros, pero con una boquilla anti-nicotina que supuestamente me permitirá sufrir menos el día en que decida dejar de fumar. Ese método le está funcionando a Taide, que no fuma desde hace más de cuatro meses. Por lo pronto, he de admitir que cuando se acabó la dotación y volví a fumar sin boquilla, sentí la garganta carrasposa. Pero la verdad me pregunto, como Zeno, si superar el tabaquismo es tarea de personas superiores. Aunque, a diferencia de él, es un tema que no me obsesiona. Por eso este no es el Capítulo I.

jueves, noviembre 08, 2007

Mitos Geniales IV. Alfonso Solares (Biopics)

Alfonso Solares, el segundo de Edmundo Flores en la representación mexicana en la FAO, era un tipo irrepetible e inolvidable.

Empecemos con la pinta. Cuando lo conocimos tenía unos 28 años. Era un cuate gordo (para la época: hoy se diría que tenía un ligero sobrepeso) y más bien bajito. Usaba trajes –casi siempre de color claro- que parecían quedarle estrechos y largos; parecían a propósito para que se viera más gordo. Los trajes, invariablemente, estaban lamparosos y con manchas de grasa. Pero su principal característica era que sudaba copiosamente, con independencia del clima. Solía continuamente pasarse la manga de la camisa por la frente para secarse el sudor, lo que termina por echar a perder las camisas. Tenía una voz tipluda, con acento veracruzano (obvio, porque era veracruzano) y costaba trabajo imaginar cuanto sudaría en su tierra. A pesar de ello, una anciana mesera del hotel decía que era “bellissimo” porque, según ella, se parecía al Duce.

Sigamos con sus costumbres, que eran lo más difícil de repetir. Se despertaba crudo y pedía de desayunar huevos fritos –una rareza en Italia, donde los sirven a medio cocinar- y una cerveza. A los huevos fritos les echaba, en los primeros días, una cantidad exorbitante de los chiltepines que había conseguido en Yugoslavia. Cuando, meses después, encontramos una tienda cerca de Termini que vendía frascos de jalapeños, tuvimos la malhadada idea de comentárselo a Solares, y ya nunca más los pudimos comprar. Cada que íbamos, nos decían que había venido nuestro amigo a llevarse los 20 frascos. Si comíamos con él, llevaba su frasquito, le echaba chile a todo y, entre plato y plato, tragaba más jalapeños. Por supuesto, eso le aumentaba la sudoración.

Comer con él era toda una experiencia. Usaba los manteles para secarse el sudor y las servilletas para sonarse rotundamente la nariz. Un movimiento constante: bocado, limpieza facial con el mantel, mordida a un chile, sonarse con la servilleta; otro bocado, otra secadita, tal vez acompañada por limpiarse las manos grasosas en el mantel, otra mordida al chile, otra sonora soplada, buscando el lado no moquiento de la servilleta. En fin, un asco hasta para nosotros.

Sus comidas estaban siempre precedidas, decantadas y proseguidas por la ingestión de grandes cantidades de alcohol. A la cerveza matutina seguía una sambuca (o un Campari), y otra sambuca y otra y otra, hasta llegar a la comida, en donde era un vaso de vino, y otro y otro, y luego, para digerir, un anís y otro y otro, con lo que se arribaba a la cena, con más vino y un whiskey y otro y otro.

Nunca he visto un alcohólico tan perennemente desesperado. Apenas lo veíamos, nos decía: “Acompáñenme, teóricos, que necesito una sambuca”. Y se le notaba el ansia en la espera.

No tenía intereses culturales, pero le importaba mucho el sexo. Sus películas favoritas eran las comedietas sexualosas italianas de la época, sobre todo las de Edwige Fenech. Pero presumía no ser teórico. En nada. Andaba con varias mujeres –recuerdo una escocesa pelirroja, mayor que él- y todas tenían el tipo de que hacían cosas divertidas y cochinas con él.

Veracruzano, guarro, muy simpático, egresado de la Facultad de Economía de la UNAM. En otras palabras, grillísimo. Había sido activista en el 68, y una madriza que le pusieron los militares cuando tomaron Ciudad Universitaria le había afectado un pie para siempre, por lo que cojeaba ligeramente. Pero cuando lo conocimos estaba plenamente integrado al sistema, sobre todo a través de su hermano, quien tenía un buen puesto en Gobernación, “con Moya, nuestro próximo Presidente”. Nosotros éramos unos viles teóricos que no sabíamos la realidad de la praxis política.

Su lógica era tan priísta, tan del viejo estilo, que a veces, cuando había mucha cola en un bar y él ya quería su sambuca, sacaba una charola mexicana, la mostraba rápidamente y exigía ser atendido antes que los demás. Normalmente no lo pelaban y eso lo dejaba muy triste.

Grillaba todo el tiempo, y esa era su virtud. Se iba con el representante de Cuba, con el de Yugoslavia, con el de Indonesia, se empedaban juntos y Solares grillaba, grillaba y grillaba. Ser incansable en el chupe y en la grilla fue la clave para que México le arrebatara a Argentina (a la que tocaba por turno) la presidencia del Grupo de los 77 (que no agrupaba a 77, sino a 102 naciones no-alineadas). Las alianzas que tejió al propósito resultarían fundamentales para el éxito de México en la Cumbre Mundial de Alimentación, que tuvo lugar en Roma, en noviembre de 1974. Y varias de las propuestas que se lanzaron, por la iniciativa mexicana, en aquella ocasión siguen vigentes: fue un adelantado del multilateralismo.

Es paradójico que Solares, quien tal vez fue quien más contribuyó a ese buen momento de Echeverría, vio su estrella declinar precisamente el día que llegó el Presidente para asistir a aquella cumbre. En la espera, Solares consumió una sambuca y otra y otra y otra, y cuando llegó el Presidente a saludar a quienes lo aguardaban en el aeropuerto, él terminó por caerse de borracho, literalmente, enfrente del mandatario.

En 1975, Edmundo Flores pasó a ser embajador de México en Cuba. Para allá se llevó a Solares, quien al parecer ya le sirvió de poco, porque estaba siempre en el agua. Solares duró un año en la isla, hasta que un día se fue sin decir nada, como las chachas, para reaparecer en México. Murió, destruido por el alcohol, un par de años después.

martes, noviembre 06, 2007

Galletas de la fortuna: un arte en decadencia



La confección de galletas chinas de la fortuna es un arte en peligro de extinción. Así lo comprobamos el domingo. Las galletas que nos dieron en el restaurante decían puras tonterías. Taide se quejó de la que le tocó en suerte: “Confío en ti”, estaba escrito en el papelito.

-¡Y a mí qué me importa si la galleta confía en mí! –se quejó, antes de comerse a la confiada.

De ahí –estaban con nosotros Camilo y Taidita- surgió la idea de renovar los mensajes contenidos en estas galletas. Aquí algunas de las propuestas:

Galletas pronosticadoras:
“Ganarás la lotería cuando el Atlas gane el campeonato”
“Encontrarás un extraterrestre, pero no lo reconocerás”

Galletas de solidaridad étnica:
“¡Zhenli Ye Gon es inocente!”
“Lo hecho en China está bien hecho”

Galletas preventivas:
“En este restaurante se clonan las tarjetas”
“Si sigues chupando tanto, te dará cirrosis”
Fabiruchis quiere contigo”
“El cocinero es cómplice del Caníbal de la Guerrero

Cualquier cosa es mejor que una galleta que confía en ti.

lunes, noviembre 05, 2007

Carrera AvilaSport 5Km


Noté que después del viaje a Italia, aunque caminamos muchísimo, mi condición física se resintió. Al menos así lo indicaron los tiempos que hice corriendo en el circuito Gandhi. Tardé un buen en regresar a los niveles de primavera, pero octubre fue un buen mes en términos de kilómetros devorados y de retorno a tiempos decentes -para mi bajo nivel. Incluso, por primera vez, aguanté 8 kilómetros.
Al mismo tiempo, Taide se puso a correr -en caminadora, es ave de gimnasio- y, a las pocas semanas, ya se echaba largas distancias (como calentamiento de lo que en realidad le gusta, que son las pesas). Atribuyo su rápida evolución al hecho de que dejó de fumar hace cuatro meses.
El caso es que la animé y nos inscribimos en una carrera "molera": los 5 kilómetros de AvilaSport. El sábado fuimos a inscribirnos a unas oficinas oscuras y gachas, en Avenida Patriotismo, para la carrera, que sería el domingo. Esta vez el chip iba en los tenis.
El clima estuvo estupendo. Ni frío ni calor. Había sólo unos pocos centenares de corredores.
Habíamos quedado de correr juntos y que al final, se lanzara el que más condición tuviera, que sería Taide. No fue así exactamente. Le aguanté el ritmo a Taide como 600 metros, y luego luego se me despegó. Hice el primer kilómetro en 6.25 y consideré que era un ritmo correcto, pero la verdad le bajé tantito. Me fui persiguiendo a un señor cincuentón, al que rebasé por ahí del kilómetro 3, y entreteniéndome con unos que llevaban camiseta de Seguros Atlas, que sprinteaban, caminaban jadeando mientras yo los rebasaba, volvían a sprintear para frenarse echando el bofe cuando llegaban junto a mí. En el último kilómetro jalo a todo lo que doy, y me doy cuenta de que no es mucho, porque el cincuentón me pasa. Me concentro en ganarle a un señor que tiene camiseta de los Pumas. Tampoco. Checo mi tiempo: 32.24, apenas 4 segundos menos que en la Carrera de la Primavera.
Pasada la meta, me recibe Taide, con su Gatorade en la mano. Pasa un fotógrafo pesetero y posamos. Ella dice que llegó entre paparazzi. Rifan unos relojes para pasar el rato (y gana el cincuentón que me rebasó), dicen que ya están los resultados, vamos a ver y yo digo que me aumentaron un minuto, porque aparezco con 33.23. Taide se había calculado 27 minutos y aparece con 29.10. Es la hora que no salen los datos oficiales en internet. Taide dice que de todos modos logró sus dos objetivos, que eran ganarme y hacerlo en menos de media hora.
Quedé conforme con mi desempeño, pero más que con mi tiempo, con el hecho de que -a diferencia de las dos rutas anteriores- esta vez no llegué semimuerto, no me dolió la cabeza durante el resto del día y a la mañana siguiente amanecí con dolorcitos normales. Eso significa una cosa: mis piernas mejoran, pero mis pulmones de fumador (y eso que ahora uso unos filtros que se quedan con parte de la mierda que antes entraba a mi cuerpo) atentan contra mis tiempos.
En la búsqueda de tiempos y lugares oficiales (vendrá actualización), en el sitio web de la empresa organizadora, me encontré que ya ni el póster estaba en la página, pero -cosas de la red- ví que estaba mi foto entre las de la Carrera de la Primavera. Es a la llegada. Nótese cómo le gano a un chavo... pero como llego al mismo tiempo que una señora mayor.

jueves, noviembre 01, 2007

Biopics: Roma, Perugia, Módena

Llegamos a Roma un domingo por la noche, y por la crisis petrolera no se podían usar automóviles particulares. Una visión rara: junto al sitio de taxis en la estación Termini, había una carreta tirada por caballos.
Nos instalamos en el Hotel Sant’Anselmo, en el monte Aventino, cerca del Circo Máximo y de la sede de la FAO. Allí vivía Solares y decía que era barato. No para nosotros. Mapes, Carreto y yo compartimos un cuarto; Mártir lo hizo con Castañares, quien fungió en los primeros días como un Cicerón bastante despistado.
Pasamos esas primeras jornadas turisteando por una Roma caótica, ruidosa y con pátina de años en sus rojizos edificios. Lo hicimos siempre a pie (tomamos el camión, y fue una aventura, sólo para ir a San Pablo Extramuros), hasta que llegó el momento en que nos dimos cuenta de que era inabarcable.

Tengo en la memoria varias viñetas de esos paseos, que al principio eran grupales.
Un día nos lleva Casta a ver una puerta en el Aventino. Nos pide que nos asomemos por el cerrojo, lo hacemos y vemos, bajo un arco perfecto de flores, la resplandeciente cúpula de la Basílica de San Pedro.
Otra noche estamos rolando por la misma zona, y vemos que hay mucha gente en una iglesia. Nos asomamos, y es Paolo VI quien oficia la misa. Parecía un párroco más, pero con muchos feligreses. Eso se acabó con Woytila y su Iglesia carismática y espectacular.
Visito el Cementerio de los Ingleses, junto a la Pirámide de Caio Cestio. Es uno de los pocos camposantos en los que me ha gustado estar. Un lugar tranquilo, verde, con hermosas estatuas. Descubro una muchacha pálida, de amplias faldas largas, que pasea por ahí con una rosa en la mano. Es como una aparición. En determinado momento, la muchacha se inclina y deposita la rosa sobre una lápida. Es la de Keats, en donde dice “Aquí yace uno cuyo nombre está escrito en agua”.
Una tarde estoy a mitad de Plaza Venecia y veo que, desde el Coliseo se aproxima una manifestación. “¡Ah, la izquierda italiana!”, pienso en lo que se acercan. Para mi sorpresa, porque para mí manifestación era sinónimo de izquierda, la encabezan personas mayores que lanzan vivas al Duce. Una anciana se detiene y lanza besos al balcón desde donde Mussolini lanzaba sus discursos. “Viejitos nostálgicos”, pienso entonces. Pero se acerca otra parte de la marcha, con una gran manta que dice Fronte Della Gioventù. Miles de jóvenes universitarios que corean consignas de su partido, el Movimiento Social Italiano- Derecha Nacional. Son greñudos, van de jeans. No parecen distinguirse de los demás chavos del mundo, salvo por dos detalles: las chamarras negras y los zapatos puntiagudos, también negros. Una consigna me da escalofríos: “Pi-Pi-Pinochet siamo tutti con te!”.

Tuvimos una reunión con Flores, en su despacho en la zona de la EUR, quien nos dijo de entrada: “Ni crean que voy a ser su mamá, ustedes buscan su universidad y no se metan en pedos… me hablan y los saco sólo si los atrapan con droga… y si llegara a haber una gran crisis internacional, se van a Holanda, porque allí sí hay petróleo”. Nos acabaría protegiendo y ayudando más de lo que él mismo sospechaba. También nos advirtió que tendríamos un shock cultural, y que en seis meses estaríamos chillando por regresar a México: nos explicó que era una experiencia pasajera, y que, luego de superarla, todo nos sería más fácil.
Comimos varias veces con él y su gente en el comedor de la FAO (que no era taaaan caro) y solían ser comidas muy divertidas, impregnadas de frases sabias y cotorras. A través de él conocimos personajes interesantes, que incluían buena parte de la colonia mexicana en Roma, entre los cuales destaca María Luisa Puga, con quien hice buena química de inmediato.
Edmundo Flores tenía un equipo breve, pero muy eficiente. Alfonso Solares –quien merece capítulo aparte- era, con Flores, el encargado de la grilla; Rodulfo Figueroa hacía relaciones más institucionales e Irene Ruiz, super chambeadora y eficaz secretaria, era el pilar que los apoyaba. Ahí descubrí un secreto que no siempre he podido aplicar con entereza: la clave de un buen jefe es tener un equipo con cualidades diversas y saber explotar estas cualidades, tratando a cada quien como la persona diferente que es, sin pretender hacerlo todo pero siempre dejando claro quién manda.

Visitamos la Università La Sapienza de Roma, que era una opción de estudio, y el campus fue para nosotros un chasco monumental. Mucho concreto, poco espacio. ¿Dónde estaban las canchas? ¿Dónde, los jardines, los murales, o algo así como una fuente de Prometeo? ¿Dejar Ciudad Universitaria para venir a esto?
Creo que el chasco de La Sapienza, el costo del hotel -cuyo bidet no pude controlar cuando me puse a jugar con él- y la conciencia de que no podíamos intentar agotar una ciudad infinita como Roma, nos empujó a Carreto, a Mapes y a mí a un viaje relámpago a Perugia y a Módena.

A Consuelo le habían dicho que el lugar ideal para estudiar italiano era Perugia, donde se encuentra la Universidad Italiana para Extranjeros. Nuestra amiga yugoslava Lada Muminagic confirmó el dicho. Y Módena era la tierra prometida por Adrián Lajous.
Perugia era una ciudad pequeña, situada sobre una colina o bastión, por la que parecía había pasado toda la historia europea, desde los lejanos tiempos de los etruscos. Blancuzca, llena de callejuelas empinadas, con pequeños castillos y plazas sorprendentes. Allí nos enteramos que los cursos de italiano eran trimestrales e iban de acuerdo a las estaciones. Se acercaba el de primavera. Vimos un poco la oferta de cuartos de estudiante: los que había estaban gachos, pero nos explicaron que muchos se liberarían terminado el curso invernal.
Módena, en comparación, era mucho más moderna, y de inmediato se notaba el bienestar económico. Allí pudimos quedarnos en casa de un cuate, Roberto Livi, que era amigo de una amiga de Irene Ruiz. Lo primero que me sorprendió de Módena fue la ópera. Hablamos con Livi por teléfono y le pedimos vernos “en el restaurante más barato de la ciudad”. Se llamaba La Lirica, y efectivamente era un localucho, cuyas paredes color verde moco estaban adornadas por retratos de boxeadores, tenores y sopranos: unos en guardia y con guantes; los otros, en traje de representación: Rigoletto, Aida, I Pagliacci. Esa noche, Livi invitó a cenar con nosotros a unos amigos de la izquierda extraparlamentaria. Tomamos vino y cantaron. De repente uno se suelta con Che Gelida Manina, reconozco que es de ópera, pero nos explican que la letra del aria está cambiada: la mano helada es la de Scelba, quien era Ministro del Interior en una breve época negra de la política italiana. Otro día fuimos a un bar a comernos un panino (durante un tiempo pensé que la fórmula pan-prosciutto-pan era sólo falta de imaginación) y un obrero, con su overol grasiento, pone una moneda en la rockola. Se escucha un aria operística y el hombre da una sabrosa mordida a su almuerzo.
Fuimos a la sede de la Facultad de Economía, que no estaba en el campus central, ni tampoco en el original del centro histórico, sino que ocupaba dos pisos de un rascacielos moderno. Allí platicamos con Sebastiano Brusco, profesor de economía política, quien nos explicó que el grupo de profesores de la Facultad seguía, en términos generales, las teorías neo-ricardianas, una suerte de post-keynesianismo influenciado por la escuela clásica inglesa, y en particular por Marx. Nos dijo que los planes de estudio eran flexibles y que podíamos diseñar uno a nuestro gusto y conveniencia. También nos recordó algo fundamental: se necesitaban, para la inscripción, nuestros documentos, traducidos y autentificados.
Al día siguiente tuvimos la conversación con Michele Salvati, el profesor que nos había recomendado Lajous, y que era el más respetado en la Facultad. Su primera reacción fue: “México, hmmm, un caso muy interesante de bonapartismo partidista”. El tipo hablaba nuestro mismo idioma. Nos dijo que la Facultad era relativamente reciente, ya que había nacido de un acuerdo entre la Confindustria –la confederación patronal- y la CGIL –el sindicato dominado por el Partido Comunista-, y nos dio a entender, como ya lo había hecho Brusco, que en esa Facultad se preparaba a los profesionales que iban a controlar la política económica cuando el Partido Comunista entrara al poder. Nos pareció maravilloso.
Algunos estudiantes de último año –Mario Noera, Mario Bonifatti- se acercaron a nosotros y nos invitaron a la sede de la organización política que hacía el diario Il Manifesto, cuya sede habíamos visitado en Roma (recuerdo cómo enviaban las notas en el edificio de ese periódico, cruzado por extrañas tuberías: las enrollaban, las metían en un tubito, movían una palanca y el tubo, empujado por válvulas de aire, cruzaba la tubería). Hablaron muy bien de la escuela, pero la conversación fue sobre todo de política. Noera dijo –muy despacio, para que entendiéramos- una frase muy cierta, que se me quedó grabada: “Aquí no será sólo escuela de economía. También de política, porque Italia es hoy el país del mundo en donde se vive más intensamente la lucha de clases”.
La cereza del pastel fue que una de las noches que nos quedamos en Módena –precisamente la del 11 de marzo de 1974- tocó Incredible String Band en el Teatro Storchi. Era un signo de los cielos: había que quedarnos allí. El concierto estuvo delicioso –Robin Williamson era alto y grácil y torpe, Mike Heron tocaba el órgano con un fervor casi religioso- y al final, mientras el público se retiraba, ellos seguían tocando una y otra vez los acordes finales de A Very Cellular Song: “May the long time sun shine upon you/ all love surround you/ and the pure light within you/ guide you all the way on”.