martes, diciembre 26, 2006

Diez novelas italianas

Continúan las listas.

Las diez novelas italianas que más me han gustado:

1. Menzogna e sortilegio, Elsa Morante
2. Il nome della rosa, Umberto Eco
3. La coscienza di Zeno, Italo Svevo
4. Baudolino, Umberto Eco
5. La ciociara, Alberto Moravia
6. L'isola di Arturo, Elsa Morante
7. Storia di Vous, Giancarlo Marmori
8. Todo modo, Leonardo Sciascia
9. Lessico famigliare, Natalia Ginzburg
10. Il visconte dimezzato, Italo Calvino

viernes, diciembre 22, 2006

Biopics: Tenejapa

Verano del 72. Noticias en el frente financiero de años atrás cruzaban la frontera: American Cyanamid absorbió a Shulton, le puso a Mister Shultz una oficinita y reestructuró su organización corporativa. En México, eso se traduce en que liquidan a mi papá, en que mi mamá compra con ese dinero un contrato para subarrendar un pequeño edificio de departamentos en Paseo de la Reforma y en que me propongo no comprar jamás el shampoo Breck. Poco después llega Janette a México, en una visita que no me desagradaba, pero que tampoco me entusiasmaba como supuestamente debería. Ella se quedó en uno de los departamentos del edificio nuevo, pero mi mamá –con su irremediable vocación de celestina- le dijo a mi papá que se había quedado en casa de los Lomnitz. Sólo pasamos una noche juntos en el depa (precisamente cuando a mi mamá le dio por enfermarse y me quedé con el sentimiento de culpa). Mi papá pronto conseguiría trabajo en Carven de México, productora del perfume Ma Griffe.


En la UNAM, en tanto, un grupo de porros de izquierda capitaneado por Mario Falcón y Miguel Castro Bustos, bajo el pretexto del ingreso a la Universidad de alumnos normalistas, tomó la rectoría y se enseñoreó en la Ciudad Universitaria. Falcón era un loquito, cuyo único chiste era pintar murales revolucionarios y Castro Bustos había estado ligado con políticos del priísmo duro. Aún así se hacían pasar por “Comité de Lucha de la Facultad de Derecho”. La Asamblea de Economía los repelió, con una notable intervención leninista de El Pino sobre la enfermedad del infantilismo de izquierda, El rector Pablo González Casanova despachó en el edificio de la Escuela Nacional Preparatoria, hasta que cayó.


El primer semestre llegó a su fin, así que los cuates decidimos echarnos otro viaje-baño de pueblo. Decidimos ir a Chiapas, a los Altos. Foncerrada se echó para atrás, así que fuimos Mapes, Julián, Rafael Rangel, Munguía, la Bracho, una canadiense amiga suya, Janette y yo. Los ocho, en el Safari del Departamento de Medio Ambiente de la SSA: tres adelante (uno semiparado y como Ignacio, con una nalga en el espacio), tres atrás, apretujados y dos sobre el toldo plegado.


En Oaxaca surgieron unos pequeños problemas. Patricia Bracho no quiso entrar a comer al mercado “porque me da asquito”. Otra mañana, Janette y yo decidimos desayunar en los portales y Munguía nos acusa de pequeño burgueses que comen hot-cakes (Patricia era caso perdido). Luego pernoctaríamos en Tuxtla Gutiérrez y en San Cristóbal de las Casas, no sin antes pasar por una feria alucinante en el pueblo de Ocozocuautla. La idea era visitar comunidades indígenas, platicar con ellos, conocer sus problemas y su forma de vida. Yo tuve la precaución de comprarme un libro en Tuxtla acerca de los tzeltales y los tzotziles. Ahí aprendí, entre otras cosas, que son muy celosos de su religión, que distinguían fuertemente entre el indígena y el ladino que habla español, que desconfían de todos, pero sobre todo de los gringos, que prefieren los términos “indígena” e “indito” al de “indio” y que para ellos el cerdo es un animal maldito.


En San Cristóbal decidimos dividirnos en dos grupos. Mapes, Munguía, Janette y yo iríamos a Tenejapa, una comunidad tzeltal; Julián, Rafael, Patricia y la canadiense visitarían a gente importante de San Cristóbal, empezando por el obispo recién nombrado, Samuel Ruiz. Los de Tenejapa nos quedamos con el jeep. Eran unos 40 kilómetros de terracería, montaña arriba, en una tierra de feracidad extraordinaria, de un verde que jamás he vuelto a ver, hasta llegar a una desviación, en la que había que estacionar el vehículo. De ahí, caminar cuesta abajo, hacia el pequeño valle entre montañas, por una brecha fangosa. Lo hicimos junto con otro grupo de ladinos. El descenso fue lento y problemático, con el lodo a menudo hasta la rodilla. Ya estábamos cerca del pueblo y una niña se empezó a hundir en el fango: entre varios la sacamos, y el barro se tragó uno de mis zapatos en ese esfuerzo. Tras dos horas de caminata, llegamos a Tenejapa, pedimos hablar con el maestro de la escuela, nos dijeron que se había regresado a San Cristóbal; pedimos hablar con el Presidente Municipal, nos dijeron que no estaba, pero volvía en la noche. Nos quedamos sentados en la plaza central del pueblo, vacía, con la mirada en una cancha derruida de volibol, en frente nuestro, y en una iglesia muy grande, pero casi en ruinas, a nuestra izquierda. Eduardo empezó a hacer letras de lodo. T. E. D. Y preguntó:
-¿Ustedes creen que Ted Kennedy sea candidato a la presidencia de Estados Unidos?
Soltamos una risotada. Y Munguía pronunció, en su seudo inglés chilango, una frase que haría historia entre los cuates:
-“The great Tape Mapes (Teip Meips), you need see for believe”.
Al anochecer, se acercó a nosotros un indígena a caballo. Nos preguntó quiénes éramos, a qué veníamos, a quién esperábamos. Entre cortesías (como decir que su caballo “Flaquito” no estaba flaco), le dijimos que éramos estudiantes de México, que veníamos a conocer cómo vive la gente de Tenejapa y esperábamos al presidente municipal.
-¿Y ya lo vieron? –preguntó.
-No. Salió a visitar una comunidad y vuelve en la nochecita.
-Pues ya llegamos –dijo el hombre, se bajó del caballo y nos saludó con mano suave.
Fuimos a su oficina, que estaba dentro de su casa y era un lugar bastante extraño. Un escritorio con su silla, tres sillas de paja enfrente. Había dos posters y dos fotografías en la sucia pared a espaldas del alcalde. Un poster ya estaba deslavado, era a tres colores, de la campaña presidencial de Adolfo López Mateos, en 1958. El otro era más nuevo: la panorámica de la ciudad de Nueva York. Una de las fotos era de John F. Kennedy (¡Mapes no andaba tan perdido!); la otra del munícipe con el antropólogo gringo que le regaló la foto de Kennedy y la imagen de Manhattan. En la pared a nuestra derecha, un arco y dos flechas, colgados a la manera de estandarte.
La plática fue general, pero muy informativa. La comunidad primero elegía a su jefe, y luego el PRI lo lanzaba como candidato (único). Los verdaderos jefes eran ancianos, pero para ser presidente municipal había que saber hablar español. Tenejapa era muy pobre, vivía de la agricultura, pero las comunidades serranas del municipio eran todavía más pobres. El maestro se quedaba tres días a la semana, no había doctor kaxtlán (castilla), pero sí medicina tradicional. Tampoco había párroco, desde hacía años, pero la iglesia “sí funciona”. Habían venido una vez unos gringos del Instituto Lingüístico de Verano, pero quisieron convertir a los indígenas al protestantismo, así que fueron expulsados. Mucha gente se va del municipio. Unos a San Cristóbal, a buscar trabajo o las mujeres ya contratadas como sirvientas. Otros, a la selva, para buscar tierras qué trabajar, pero allá hace mucho calor y las tradiciones se pierden. Él estaba allí para obedecer a la comunidad. Su sueño, visitar Nueva York. Nos ofreció su casa para quedarnos, le dijimos que daríamos una vuelta por el pueblo y regresaríamos en la noche.
Fuimos al único comedero, cenamos frijol con huevo a un precio irrisorio. Platicamos con la dueña, nos dijo que al día siguiente vendrían los de la sierra, a comprar Pepsi-Cola para las ofrendas y a vender a sus hijas para que se fueran de sirvientas. Nos explicó que lo tradicional para las ofrendas es el aguardiente local, el posh, pero que de alguna manera alguien convenció a los indígenas de que la Pepsi era igualmente efectiva, pero más barata. La Pepsi, no la Coca. Del otro asunto, que los padres pedían un mes de adelanto de sueldo a quien quisiera llevarse a las niñas: era un intermediario ladino, que nada más les daba cincuenta pesos, y la muchacha de todos modos trabajaba un mes gratis.
Salimos del local, y un borracho se nos acercó. Nos preguntó cuál era nuestra religión. Mapes estaba a punto de decirle que no éramos creyentes, pero me acordé de mis lecturas y lo interrumpí:
- ¿Pues de cual? De la verdadera. La de Nuestro Señor Jesucristo.
-Ah bueno –dijo el hombre, dio la media vuelta y se fue.
Caminamos un rato más por las calles empedradas del pueblo. Había poco que ver y nada que hacer, más que ver, por unos minutos, un cielo maravillosamente estrellado. Recalamos de regreso a casa del presidente municipal.
El alcalde le dijo algo a su mujer en lengua tzeltal. A ella no le gustó nada, y se puso a reclamar. La mujer nos llevó a un cuarto, sacó unas ropas de ahí, tomó unos polvos y los regó en cada una de las cuatro esquinas, pronunciando una suerte de encanto para alejar los malos espíritus que trajéramos. Prendió una vela maloliente y cerró la puerta. El lugar tenía una cama matrimonial y se decidió que Janette y yo dormiríamos allí; Jorge y Eduardo en el suelo, en sus bolsas de dormir. El cuarto, sucio de por sí, comenzaba a apestar con el humo de la vela. La apagamos y nos quedamos en una oscuridad tan total que nos era desconocida. Nos percatamos de que la habitación no tenía ventanas y, como si alguien adivinara que pretendíamos abrir la puerta, escuchamos un cerrojazo, el sonido de un candado, de unas llaves que dan la vuelta, de unos pasos suaves que se alejan. Nos habían encerrado por dentro. Era el inicio de una noche inenarrablemente larga.
El colchón en el que nos acostamos Janette y yo era viejísimo y cada centímetro cuadrado estaba desigual: tenía como colinas y barrancas. El silencio y la negrura eran abrumadores. De repente, alguno de nosotros preguntaba “¿Estás despierto?” y otro respondía, en voz de perfecta vigilia: “Sí”. En una ocasión nos animamos a prender la vela, pero el hedor nos hizo desistir al poco tiempo. No nos atrevimos a decir más. Janette se acurrucó a mí. Yo trataba de conciliar el sueño y no podía. Muchas horas después –al menos eso creímos- el silencio se rompió con unos gritos en tzeltal, gritos que se repetían y que, después de unos segundos de desasosiego, logramos descifrar en un rito de medianoche. Deduje que nos habían encerrado para que la curiosidad no nos llevara a asomarnos y profanar la ceremonia. Pero esa deducción lógica desapareció con el paso de las horas: el insomnio que se vuelve pesadilla: imaginé que era de día, pero los indígenas habían decidido mantenernos encerrados por tiempo indefinido. No podía ser que todavía no amaneciera. No me atreví a comentar mis paranoias. Una eternidad después, escuchamos voces casuales que provenían de la calle. Volvió a caer la lógica: ahora sí amanecía, la gente empezaba a salir. Nos abrieron la puerta y hemos de haber salido pálidos de ese cuarto. Agradecimos a nuestro anfitrión que nos haya dejado pasar la noche y, ya en la calle, comentamos nuestros temores nocturnos, y mis compañeros estaban tanto o más paranoicos que yo.
Las siguientes horas de aquel domingo en Tenejapa fueron un viaje en el túnel del tiempo a la edad media.
Visitamos la iglesia. Enorme, oscura, sin bancas, sin altar. Pequeños grupos rezaban, entre sollozos, ante figuras de santos. Nos detuvimos frente a una familia. El hombre, la mujer, el bebé. Tenían enfrente a una virgen dolorosa, habían dispuesto dos hileras de velitas encendidas ante la imagen. La mujer gritaba, imprecaba, sollozaba en su lengua, gritaba de nuevo con un dolor desgarrador, como de reclamo, y el hombre vertía ceremoniosamente Pepsi-Cola en el pasillo que formaban las hileras de velitas. “Es la Sagrada Familia sumida en la ignorancia y el fanatismo”, pensé. Cuando salíamos de la iglesia, una figura me llamó la atención: un Cristo atroz, de cara ensangrentada, yacía en una vitrina. Habían pegado esa cabeza a un cuerpo minúsculo, de trapo rojo. Y varios indígenas, en estado de ebriedad, le lloraban y le exigían a ese Cristo deforme, monstruoso.
También pasamos por el mercado y descubrimos que no se usaba el dinero, sino el trueque. Un pedazo de reata por tres naranjas. Los pesos y centavos servían para otra cosa. Se divisaba que de la montaña bajaban grupos numerosos, cargando en la espalda cajas de botellas vacías de Pepsi. Doblabas la mirada y, junto al comedero –que es donde vendían el refresco- se llevaba a cabo la compra-venta de sirvientas para la ciudad. Había algo de maravilloso en la sensación epidérmica de haber viajado en el tiempo: la Edad Media cotidiana, la que vivieron millones, no fue como las sagas de la literatura. Era así, como la que vivían en ese momento los tzeltales y quién sabe cuántos pueblos más en el tercer mundo. Pero también era algo que golpeaba la víscera. Las tripas y el corazón. Decidimos no quedarnos otro día más. Cuando partimos, un perro perseguía a un cerdo, y los niños le lanzaban piedras al pobre marrano. Recuerdo haberme detenido un instante durante la caminata cerro arriba, haber volteado a ver Tenejapa y haberme dicho, en silencio: “es una pesadilla”.


Al día siguiente fuimos los ocho a Chamula, donde los tzotziles no querían dejar que la amiga de Patricia entrara a la iglesia (era muy difícil adivinar la nacionalidad de Janette, con su pelo oscuro ensortijado y su jorongo), les explicamos que no era gringa sino canadiense, y accedieron. Allí escuchamos una letanía musical bonita, pero interminable, mientras unas ancianas ponían capas y capas de ropa preciosa a una virgen. También soltaron muchísimos cohetes. Pero ese pueblo tenía otro sabor: que fuera accesible por la carretera de terracería lo había hecho menos auténtico, más rencoroso, con ese rencor que da sentir de cerca la riqueza y la modernidad y no poder, no saber o no querer acceder a ellas.


Regresamos a México dando la vuelta por Veracruz. En las Cumbres de Acultzingo (Rafael y yo íbamos sobre el toldo) empezó a hacer un frío del carajo. Por Puebla empezó a llover. Tuvimos que cerrar el toldo y apretujarnos en el Safari. Casi llegando a México surgió una discusión por dinero, no recuerdo bien cómo. Y que Jorge Munguía se pone a llorar, reclamándonos que discutiéramos de eso, cuando él había puesto el coche e iba a tener que pagar una llanta que se ponchó en el camino. Entonces quien se lanza llorando es Rafael Rangel: su papá le había dado un dinero para comprar unos encargos en Tapachula, si es que llegábamos a Tapachula, y lo tenía guardado porque lo tenía que devolver. No sabíamos cómo, pero algo se había roto entre nuestras penurias de dinero y lo que vimos.

Un par de meses después, Munguía nos dijo a Mapes y a mí que fuéramos de nuevo a Tenejapa, a llevar unas pelotas de volibol y una red. Le dijimos que no. Que unos balones de volibol no iban a resolver nada. Que eso era populismo echeverriísta. Que la pobreza que habíamos visto en Michoacán era una cosa, pero que Chiapas era, de plano, otro pedo. También dijo que quería aprender tzeltal-tzotzil. Le respondimos que le tomaría como 15 años, si es que se aplicaba.

lunes, diciembre 11, 2006

Diez novelas anglosajonas

Continuemos con las listas.

Las diez novelas anglosajonas que más me han gustado:

1. Nineteen Eighty Four, George Orwell
2. The Maltese Falcon, Dashiell Hammett
3. Alice's Adventures in Wonderland, Lewis Carroll
4. Beautiful Losers, Leonard Cohen
5. Travels With My Aunt, Graham Greene
6. The Bonfire of the Vanities, Tom Wolfe
7. The Big Money, John Dos Passos
8. Sula, Toni Morrison
9. Dark as the Grave Wherein My Friend is Laid, Malcolm Lowry
10. Frankenstein, Mary Shelley

viernes, diciembre 08, 2006

Biopics: Tres estéticas

I. Cadáveres en el cuarto forrado de corcho

Hicimos buena parte del trabajo de Michoacán en casa de Julián, en el Pedregal. Había un sótano forrado de corcho para que la música se oyera sin reverberaciones y Julián lo utilizaba como guarida personal. Yo me dediqué a los números, Mapes a hacer que el trabajo fuera gigantesco y todos al análisis. A las reuniones, que eran casi diario –ya se sabe que Mapes exigía un tabique- se incorporaron Vicky y la Bracho. En ellas, mucho más que hablar de economía, lo hacíamos de nuestros deseos, las experiencias que habíamos vivido y las que queríamos vivir, nuestra visión social, con bastantes toques de cine, música y literatura. Discusiones bizantinas, por ejemplo, sobre si “Pobrecito mi patrón”, de Facundo Cabral, era una obra destinada a adormecer al proletariado, sobre si era católico "amor al prójimo" estrellar contra la pared la cabeza de un bebé recién bautizado o sobre si el pueblo mexicano estaba dormido, enajenado o esperando el momento para acabar con el sistema. Recuerdo que discutimos un texto absurdo del abuelo de Julián en contra del sonido estéreo.

A instancias mías, jugamos varias veces el juego surrealista de “cadáveres excelentes”. Podía ser un dibujo a cuatro manos (ninguno sabe lo que hay en los demás cuadrantes, sólo que la línea debe tocar el centro) o, más comúnmente, el de preguntas y respuestas (la respuesta es escrita al mismo tiempo que la pregunta). Salían algunas cosas bastante chingonas, que daban lugar a discusiones interminables sobre su pertinencia en la vida real: “¿Qué es la pureza? –Una bola de fuego que se apaga con amor”. Con el tiempo el juego fue volviéndose espacio de lucimiento, particularmente de Jorge Munguía, que siempre inventaba respuestas “hiperpoéticas”, del tipo “muere la vela al dar su luz”, cuando el Cadáver Excelente demandaba cosas como “un perro atropellado” o “una guirnalda seca en la cabeza del rey”.

Una vez dije que me parecía sexy sentir las pestañas de una mujer en el pómulo. Esa tarde nos acostamos varios en una cama, y Patricia Bracho me abrazó, me pasó sus pestañas en el pómulo. Se ponía como veinte capas de rimel y luego se las separaba con un peligroso alfilercito. Yo las sentí rasposas, eran como pequeños espetones que me arañaban. No reaccioné a su provocación, que me pareció francamente desagradable.

En ese circo hogareño, Julián actuaba en la pista principal. Hay que señalar que en aquella época había dos tipos de moda varonil en la escuela: la funky y la jipiteca, y casi todos nos movíamos entre esos extremos. Julián, en cambio, era decididamente funky, estrictamente pre-disco. Camisa de nylon, azul con puntos blancos, pegada al cuerpo, con botones en la zona genital “para que no se te desfaje”, pantalones blancos de gabardina o poliéster, también ceñidos, con una ligera campana, zapatos de plataforma y mariconera de cuero, en la que guardaba cartera, llaves, cigarrera, encendedor. Su greña estaba en capas y usaba un bigote que se peinaba hacia arriba (Para poner las cosas en perspectiva, yo tenía un par de playeras funky -una de estrellitas, otra de color vino con mangas amarillas-, usaba morral oaxaqueño multicolores y botas militares o –si el clima lo permitía- huaraches de suela de llanta y llevaba el pelo largo de raya en medio, bastante maltratado y en incipientes vías de extinción). Julián, por supuesto, tenía el espejismo de que estaba buenísimo, y para demostrarlo nos daba los ejemplos de su hermana y su mamá (con la hermana bastaba y sobraba). También se consideraba un gran bailarín y nos mostraba algunos pasos mientras los demás estábamos despatarrados después de la comida. Obviamente, era música funk (Sly & the Family Stone, James Brown, algo de Miles Davis), pero también bossa nova y Elis Regina: si hay un soundtrack para esos momentos es Aguas de Marzo, en voz de la brasileña.


II. Beautiful Losers

En esos meses, también la amistad con Hermann Bellinghausen se hizo entrañable. Había muchos vasos comunicantes. Uno, tal vez el principal, era la música neo-folk. Incredible String Band, Pentangle, The Steeleye Span. Mientras las dos últimas eran agrupaciones más decididamente folk, ISB era una cruza del hippismo tardío, las raíces más ancestrales y místicas del folk británico y un toque de pop culto. Varias de sus canciones tenían momentos diversos, con ritmos e instrumentos variados (el kazoo, por ejemplo) y las letras eran pura poesía. En palabras de ellos: cocinar una sopa con palabras rancias y significados frescos.

Dudo que en aquel momento hubiera en el país más de diez fans de ISB. Hermann y yo hacíamos dos. ¿Qué era lo que nos llevaba allí? Pienso que, en primer lugar, la mística poética. Ambos nos habíamos alejado de la religión en la temprana adolescencia, pero teníamos hambre y sed de espiritualidad, a pesar de lo que dijeran nuestros cerebros. Poesía y música eran un espacio inocuo en el que podíamos gozarla. ISB era aquel lugar en el que los pinos tenían una risa verde, las hojas secas conocían el arte de morir y el tiempo era hijo de la muerte de un mundo vivo que es también una puesta en escena. Un mundo en el que se le podía preguntar al primo Oruga qué hacen sus siete pares de patas o su hilo sedoso, encontrarse al pequeño puercoespín cantando netas o viajar a una cabaña, nuestro hogar en el cielo. Un bello mundo en el que las paredes de este cuarto son distintas de las que había antes, porque son ahora.

I used to search for happiness,
And I used to follow pleasure,
But I found a door behind my mind,
And that's the greatest treasure
.

Y si Incredible String Band era una forma de aliviane que compartía con Hermann, Frank Zappa era la otra, su complemento más rebelde. Humor ácido, creatividad en explosión, sexo, crítica feroz a la religión, a la educación escolar, a los mitos del hippismo y a los de la revolución. Todo articulado en una base fundamental: el grito por la libertad amordazada por gobiernos, familias, medios, modas y miedos, en el marco de una música riquísima, variada, a ratos burlona, a ratos violenta: del rock al clásico de vanguardia, pasando por formas de jazz que parecían tener una capacidad infinita de variación. Y también el orgullo de asustar al mexiquito clasemediero y supermoralino, todavía hegemónico en aquellos primeros años setenta.

Había muchas otras cosas en esa estética compartida. La felicidad de ser latinoamericanos en el sentido expresado por el cineasta Glauber Rocha: el haber adquirido una cultura universal de manera caótica. Primero Paz y García Márquez y luego Ovidio, Shakespeare revuelto con Jodorowsky, Beethoven con Jagger, Richards y Violeta Parra.

¿Y qué mejor manera de expresar ese intento de organizar un caos místico y revolucionario que Beautiful Losers, la novela de Leonard Cohen? Durante un tiempo, Hermann y yo adoramos esa novela. La saga de la santa católica Katherine Thekawika, de origen mohawk, mística y un tanto masoquista, y la historia –también teñida de sadomasoquismo- de un triángulo amoroso de revolucionarios que dicen luchar por la independencia de Quebec dan lugar a momentos alucinantes. En uno, los personajes modernos pintan una Partenón de plástico con pintura de uñas rojísima. Esa imagen fue para mí la síntesis de nuestra cultura norteamericana.

Las pláticas con Hermann duraban horas. Pasaban por el pedo como suspiro del alma (Cabrera Infante) a la definición de “fellinazo”, al género (femenino) de la expresión “me late”, a la primera educación sentimental o no (Struwwelpeter y Juan de Dios Peza), al encuentro de rarezas estéticas (¡las fotos de Olga Desmond!) a la creación, por supuesto, del Club de Elogios Mutuos de nuestros respectivos trabajos literarios. En alguna ocasión, la plática se comía la noche y salíamos de casa de Hermann, en la Irrigación, a desayunar tortas de tamal junto con los obreros que llegaban al turno matutino en las fábricas de la zona.


III. La pasión beat

La longitud de las pláticas con Hermann le daba celos a Víctor. De poco servía explicarle que eran las dos de la mañana, que nuestras casas colindaban por atrás, y que nos veíamos muy a menudo. Así era él, rabioso y pasional. Soñaba que masticaba vidrios y entonces mordía la botella de cerveza. Se excitaba con frases como la de una santa en O Cangaceiro: “si me dejas, te juro por la virgen santísima que te corto en pedacitos” o con la leyenda de que Glauber Rocha usó balas de verdad en Antonio Das Mortes.

“Dios hizo la tierra; Satán hizo las bardas”, decía Antonio Das Mortes. “A desalambrar”, decía Daniel Viglietti. Había que saltarlas, romperlas. Romperse desde adentro. Vomitar vidrios mal digeridos, con güevos y con humor. Eso quería Víctor. De ahí que siguiera con pasión el caos creativo de la generación beat, que admiraba. Y que fuera desarrollando un estilo poético visceral y sin mediaciones ni escamoteos.

Esto implicaba, necesariamente, cuestionar todo y ponerse en crisis. La Facultad de Arquitectura, con todo y autogobierno, le empezó a parecer un corset, sobre todo después de que hizo amistad con Yosi Anaya, una maestra suya que vivía en Cuajimalpa, hacía batiks (empezaba una onda artesanal que más tarde se hizo industria) y lo hizo ver que su inclinación era más hacia las artes plásticas que hacia la arquitectura.

Entonces decidió cambiar de carrera. Pasarse al CUEC y estudiar cine. Para ser admitido tenía que presentar una historia en gráficas (fotos, pinturas, collages, lo que fuera). Hizo dos trabajos, y en ambos yo fui el protagonista. Uno fue una serie de fotos tomadas muy noche en un centro histórico fantasmal. Yo llevaba un overol que ha sobrevivido 35 años de uso. El otro –con el que fue admitido- fue una serie de dibujos realizados a partir de fotografías tomadas en Yuriria, Guanajuato, adonde fuimos un fin de semana. En esa ocasión, en un museo local había una antigua túnica de obispo colgada de un perchero. Víctor cerró la puerta del cuarto, aprovechando que sólo había un vigilante, me pidió que me pusiera la túnica –cosa que hice no sin miedo- y me tomó unas fotos. En los dibujos, jugó con mi silueta y un ave.

Estas tres estéticas se juntan en mí. Y tanto Julián como Hermann fueron protagonistas de algunos trabajos escolares del breve paso de Víctor por el cine.