viernes, octubre 28, 2005

Viñetas de San Diego

A fines de agosto estuve en San Diego, con mi cuate Robert, alias Craven de Kere. Estas son algunas impresiones de la ciudad.

Bajo el calor californiano, junto a la playa de Belmont, está la montaña rusa más vieja del mundo. Los maderos truenan al paso del cochecito. Es uno entre muchos parques de atracciones de la ciudad, cada uno con su montaña rusa, sus puestos de algodón azul de azúcar y cheap thrills al mayoreo.
Por la calle, junto a uno de los bares que está enfrente del parque de diversiones, pasan las rubísimas chicas bronceadas. California girls. Dice Craven que se aburrió rápido de verlas. La mesera, en cambio, se parece a Sandra Bullock.

Es cada vez más difícil, lo compruebo, disfrutar de una comida verdadera fuera de casa, en San Diego. El imperio abrumador del fast food que es, antes que nada, fake food. Simulacros de comida en simulacros de restaurante, con mucha harina, mucha sal y mucha, pero mucha azúcar.

La ciudad duerme temprano. Después de las nueve de la noche, encontrar abierto un restaurante que no sea de comida rápida puede convertirse en una odisea, absolutamente imposible de recorrer sin un automóvil.

Será por el tipo de turismo (el zoológico, Seaworld, las playas), pero San Diego es, a los ojos del visitante, tierra de niños, de cristianas familias numerosas, con sonrisas Kodak a toda prueba. Tan grandes, tan nucleares y tan risueñas, que parecen venir de los años sesenta. Son grandes consumidores de fast food.

Se ve que es una ciudad rica, aún para los estándares de Estados Unidos. Una ciudad de barrios bajos que no lo son. Dicen que estás en el slum y no lo crees. No es el de Houston, Nueva York o St. Louis. Son clasemedieros disfrazados de pobres.

Es una ciudad atravesada por un bosque, que los pobladores han sabido respetar a lo largo de las décadas. Una ciudad que, por sapiencia, planeación o suerte, no parece haber sido atravesada por la especulación inmobiliaria. Una ciudad sin peatones, salvo por un estrecho espacio del centro. A pie se hace jogging, no se va de un lugar a otro.

El zoológico, mundialmente famoso, vale el boleto, el largo ascenso a la zona africana y los recorridos por los diferentes vericuetos. Vi animales cuya existencia desconocía. Bueyes gigantes, okapis, ofidios de todos los tamaños y colores imaginables, un kiwi al que le inventan una noche americana para que podamos husmear. Vi koalas, canguros y puercos de Borneo. Hipopótamos desde el fondo del estanque. Monos chilladores y gorilas en pose de estatua de Rodin. Pero el mejor lugar son los aviarios. Enormes, de jaulas elevadísimas, con senderos por los que el visitante transita, o se sienta a escuchar los sonidos de los diversos pájaros que creen que están en su hábitat, que son libres y que el mundo les ofrece, opíparo, sus bondades. Por un instante, el visitante también se siente en la selva, hasta que voltea y una reja lo delata.

Otra atracción es el Parque Balboa, que a ojos vista es el centro de una ciudad colonial mexicana con espacios abiertos muy gringos. Pero es una antigüedad falsa, hecha para una exposición mundial en los años treinta. Es un set hollywoodiano con catedral falsa, casitas típicas falsas, ayuntamiento falso. El parque tiene varios museos (de ciencias, de deporte, de botánica). En uno de ellos, el Museo del Hombre, se monta una exposición con estelas mayas (copias), momias egipcias (verdaderas, pero en sarcófago de imitación), unos tejidos interesantes de etnias panameñas y un espacio para los indígenas originales de la región, que –por lo visto- estaban demasiado atrasados para ser considerados chichimecas.

La insistencia en esta pobre tribu me hace pensar en la obsesión de tener una raíz propia, californianiana y no mexicana, porque Balboa, aunque bonito, da la sensación de ser un intento monumental de presentar una historia robada.

Esa misma sensación se percibe en la visita al Pueblo Viejo, que guarda lo más representativo del primer asentamiento en San Diego. Allí están, de entre lo relevante, la catedral verdadera, la vieja escuela de una sola aula (en ella, las fotos de los maestros, las distintas banderas que han ondeado en California y el código de conducta de hace 140 años, que especificaba con claridad el número de latigazos por travesura, y la más castigada era jugar con naipes), la que fue estación de Wells Fargo (me quedó claro, al fin, que Juárez viajaba en carroza de gran lujo) y el viejo cementerio, donde descansan los restos, entre otros, de José Estudillo, fundador de la ciudad. Todo, en medio de restaurantes supuestamente mexicanos, casas solariegas de patio interior y casas más pequeñas, parecidísimas a las que forman, hoy en día, el centro de Mexicali. Pequeños museos –todos privados, por supuesto, el museo público es una especie en extinción en Estados Unidos-, tiendas de souvenirs y un ambiente como de Oestelandia.

Pasando el Pueblo Viejo hay un “sendero histórico”, bastante empinado y bueno para hacer ejercicio. Durante la subida voy reconociendo plantas, olores, la misma tierra, y siento profundamente –a diferencia de San Francisco, a diferencia de Anaheim, a diferencia de Texas y de Albuquerque- que es mi tierra, tierra mexicana que nos fue robada.
En la cima hay dos monumentos. En uno ondea la bandera de las barras y las estrellas, en homenaje a una brigada mormona, que fue traída a defender el lugar para Estados Unidos, a cambio de tolerancia religiosa. Desde ahí se divisan los nudos del freeway.
El otro está a un costado de un amplio parque en el que las familias hacen día de campo. Es Miguel Hidalgo, lo reconozco. Pero lo que se lee muy claramente en la placa es el nombre del presidente que hizo la donación del pueblo mexicano al pueblo de los Estados Unidos: Gustavo Díaz Ordaz.

Redescubro en San Diego que los gringos de verdad se divierten comprando. Es parte integral de su felicidad. Para ellos un mall, como un parque de atracciones, es un lugar divertido y feliz (que en su visión vendrían a ser la misma cosa).

Petco Park, el parque de beisbol, es también un gran mall. Limpio, amplio, abierto a tus dólares. Es también un lugar en el que se ve que los gringos tienen perfectamente desarrollado el sentido del espectáculo popular. Encuentran la manera de mantener siempre interesado al espectador: hay un ritmo paralelo al del partido, el espacio entre innings se hace pequeñito con la ayuda de la gran pantalla y sus patrocinadores (Bimbo incluido). Hay continuidad en la diversión, se cumple el precepto de que no haya un minuto sin nada que ofrecerte (a fin de cuentas, para que no haya un minuto para ti mismo, en el que disfrutes el simple hecho de ser y de ver y sentir el campo de juego).

“En este lugar se permite la emisión de sustancias tóxicas conocidas por provocar cáncer y bajo peso al nacer”, dice un aviso cincelado en la puerta de vidrio del hotel. Es la manera californiana de decir: “aquí se permite fumar en algunas áreas”.
Sin embargo la gente fuma, y mucho, cuando va de un lugar a otro. Consume toda la nicotina que puede mientras es legal, para aguantar el rato que tendrá que estar sin ella. La criminalización del tabaco continuará: es posible que en el mediano plazo se prohiba fumar en las calles californianas.

La Jolla parece caro. Seguramente es más caro de lo que parece. Craven y yo rondamos por las vitrinas de las galerías de arte: cosas bonitas, aunque muy poco arte. Buen tema para una discusión especiosa, envuelta en humo. El conoce un lugar desde donde hay una vista espectacular de la bahía de San Diego. Casas casi tan espectaculares, de grandes ventanales, están a nuestras espaldas. Noto que, si llevamos la vista más allá, apenas cruzando el puente, está una realidad completamente diferente: Tijuana, México.

lunes, octubre 24, 2005

Biopics: Miami y la Boda de Martha

En ese verano del 70 ocurrieron otras cosas. Una es que nos cambiamos de casa. Fue todo menos dramático. Nos pasamos a Milton 45, a dos casas de donde vivíamos. El grueso de la mudanza fue hecho por los vecinos. Parecíamos hormiguitas yendo en fila de una casa a la otra con algo cargado. Sin duda, en aquella época, la Anzures tenía todavía alma de barrio.

La otra noticia fue que se casaba Martha, mi media hermana. La boda era en Miami, y yo iría “a entregarla”, en representación de mi papá (quien no podía ver a la mamá de Martha ni en pintura). Lo curioso es que mi mamá y mi hermano fueron conmigo.

En migración, el agente gringo se la armó de pedo a mi mamá. Supongo que porque tenía pasaporte cubano y no había puesto dirección a la que llegaría. Mi mamá se puso a temblar y a intentar sacar, entre los papelitos de su desordenadísima bolsa, alguno que tuviera la dirección de algún familiar lejano. Yo le increpé al agente que hubiera puesto así a mi mamá, que era una persona decente. Le dije que nos íbamos a quedar con el señor Frank Campos, gerente de Avis Rent-a-Car en Miami, quien nos estaba esperando a la salida. Le pedí que pusiera el nombre de referencia y la compañía. El gringo así lo hizo. Eran otros tiempos.

Eso no quita que, al igual que mi mamá, yo le tenga una gran aversión a los trámites burocráticos. Como a ella, me mortifican muchísimo. Los hago de malas, y siempre los pospongo hasta que de plano no queda de otra. Lo peor es que los tengo siempre presentes. Vivo eternamente con el pendiente del trámite que no he hecho. Con la sensación de culpa por no haberlo realizado, con el temor de que algo terrible va a suceder por mi omisión y con el enojo de sentir que cada trámite es una carga injusta sobre la humanidad. Esta sensación sólo se compara con su equivalente: cuando termino un trámite siento que me embarga levemente la felicidad y yo mismo me siento leve. Supongo que es algo hereditario, porque mi mamá se ponía peor que yo y mi papá de plano les tenía una fobia total.

En Miami nos quedamos en casa de los Campos. Janette, a quien trajo su papá desde Boca Ratón, se quedó en casa de mi hermana. Los Saddy regresarían a México, porque el señor se había asociado con unos inversionistas mexicanos para hacer una empresa de cosméticos vendidos de casa en casa. El nombre de la línea de cosméticos era Laura Elizabeth, el mismo de su hija menor.

En Miami hacía mucho calor. Pero también una suerte de frío, que encontró mi mamá, al buscar a algunas personas, refugiados cubanos que vivían en la ciudad. Sucedía que respondían los hijos o los nietos, quienes afirmaban no saber español. O que visitaba a las personas, y éstas se la pasaban hablando mal de los que se habían quedado en la isla, y mal de los que habían hecho más dinero, y mal de los vecinos, y mal de Estados Unidos.

La mejor conversación a la que yo asistí durante ese viaje, fue a la que tuvo mi mamá con su mejor amiga de la facultad, Clara Luz Martí (pronúnciese Clara Lu’ Madtí). Clara Luz era famosa por su lenguaje barroco (entre cubanos significa que era barroca entre los barrocos). El ejemplo más preclaro de dicho lenguaje fue una vez que fue con mi mamá a visitar a un profesor que estaba enfermo. Cuando llegaron a la casa del maestro, un perro las recibió a ladridos y Clara Luz exclamó: “¡Poned coto a la furia de ese can!”

Clara Luz era hija y nieta de maestras de escuela y, durante su estancia en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, decía insistentemente que no quería terminar como ellas, que no iba a ser “la Maestra Ciruela”. Era muy brillante, y para el triunfo de la Revolución, ya era jueza. La Revolución la dejó sin trabajo y decidió emigrar a Miami. Allí empezó siendo afanadora de hotel. Cuando tuvo algo de dinero, pudo traer al marido, quien era, a decir suyo, un hombre muy guapo, que había trabajado de detective privado (a su descripción, me imaginaba un Sam Spade de guayabera y bigotito recortado). Ella ya había subido de puesto y le consiguió el de afanador del hotel. El hombre dijo que aquello era una bajeza para su categoría y no quiso trabajar. Se divorciaron y Clara Luz siguió luchando por cuenta propia. Nunca más se casó. Cuando platicamos con ella era maestra de High School. “Ya ven, fui cautiva del destino: la Maestra Ciruela”.

En otra ocasión, fuimos a la playa con los Campos. Tomamos dos mesas para el picnic. Una mujer cubana, que llegó horas después, nos pidió que desalojáramos una para ellos. Le dijimos que éramos dos familias (y sí, éramos un montón para mesas tamaño familia nuclear). Después de comer, pensamos en quedarnos con una sola, y dejárselas, pero unos gringos se adelantaron y la tomaron. Entonces vino la mujer a reclamarnos: “Por eso perdimos nuestra patria”, dijo. Mi mamá le respondió: “Yo ya tengo mi patria adoptiva”. Aída Campos la siguió: “Yo también”. En los ojos de aquella mujer se advirtió que no entendía: se había topado con dos cubanas en Miami, y ninguna era refugiada.

Fuimos al ensayo de la boda y después a una cena íntima, donde conocimos más de cerca a Mario, el futuro esposo de Martha. Eran una extraña pareja: él, regordete, artificioso y afectado; ella, como una niña, muy delgada, con brackets, sin figura de mujer. “Martha tiene el cuerpo así porque es maestra de baile”, pensé.

Alcancé a escuchar a Edgar, mi hermano, cuchichearle en voz audible a mi mamá: “¡Mamá, mi hermana se va a casar con un maricón!”, y a ella responderle: “¡Cállate, niño!”. Ya en casa de los Campos, mi mamá me preguntó qué me parecía el novio. Entendí su preocupación y le dije: “Pues se ve amanerado, pero seguro que ya se acostaron. Estamos en Estados Unidos”. Ella respiró con tranquilidad.

La ceremonia estuvo equis. Lo rico fue la pachanga, amenizada por la Sagüesera Bugalú, que llevaba ese nombre por South West Miami, por supuesto. Al día siguiente, medio crudos y a punto de tomar el avión, recibimos las llamadas lagrimosas de algunas viejecitas a las que hijos y nietas habían negado. Ya no había tiempo de verlas.

Llegando a México, nos recibe mi papá. Lo primero que le dice Edgar es: “¡Papá, mi hermana se casó con un maricón!”. Lo primero que le responde mi papá es “¡Cállate, niño!”, pero más tarde nos pregunta acerca del novio. Le decimos que es amanerado, pero no homosexual. Se queda inquieto.

Un año después nos visitarían Mario y Martita. Whiskey en mano, en la sala de la casa, Mario habló hasta por los codos (recuerdo vagamente algo acerca de lanchas de motor, creo que él era vendedor). Esa noche, al irnos a dormir, mi papá nos reprendió a mi mamá y a mí: “Ustedes son unos groseros. Apenas ven una persona educada, y ya dicen que es homosexual”. Le había encantado el yerno.

No por mucho. Apenas había pasado otro año cuando mi mamá recibió una afligida llamada de Martita, pidiendo consejo. La recomendación fue que se divorciara. Aquel hombre tenía novio y llevaba meses sin tocarla. Edgar había tenido razón desde el principio.






Un servidor, la novia, mi mamá y Edgar, el niño con visión

martes, octubre 11, 2005

Victorias en el Disco Duro

Dice Chucho Ramírez, el entrenador de la selección Sub-17, recién campeona del mundo de futbol, que una diferencia substancial entre estos muchachos y sus predecesores, es que ellos no tienen en su disco duro la memoria del México eterno perdedor. Tiene razón.

Quienes hoy tienen 17 años no tienen memoria en vivo de los cachirules que nos impidieron ir a Italia, y siempre han visto que la Verde califica y pasa a la siguiente ronda.

Quienes hoy tienen menos de 25 años nunca han visto a México ser eliminado en la primera ronda. Algunos -recuerdo uno en particular- lloraron amargamente cuando Alemania nos derrotó en los malditos penales, allá por el 86. "¿Cómo, llorar por una derrota de México ante una potencia futbolística? ¡Si eso es de lo más normal!", pensé. Me respondí mentalmente: "Es que está chiquito. Luego se acostumbrará". Afortunadamente no ha sido así.

Hay que ser treintañero para acordarse, aunque sea vagamente, que una vez perdimos ante El Salvador y empatamos con Honduras y Canadá para ser vergonzozamente eliminados. Acercarse a los cuarenta para recordar al inefable Roquita, su equipo que todavía jugaba de zona, las derrotas ante Túnez y Polonia, y la frase del guardameta Soto, quien sustituyó a Pilar Reyes en el medio tiempo contra Alemania: "¡Empatamos, Pilar ! A tí te metieron tres goles y a mí también". Casi es requisito tener los cuarenta cumplidos para rememorar con incredulidad aquel empatito a cero ante Guatemala y la goliza de 4-0 que nos propinó Trinidad-Tobago para no ir a Alemania 74.

¿Qué podemos decir de generaciones todavía mayores? Cuando yo era niño pequeño no había un sólo campeón mundial mexicano de box, en las olimpiadas se obtenía un solitario bronce y los que hoy se conocen como jugadores del Tri tenían el mote despectivo de "Ratones Verdes".

¿Y antes? (Porque, créase o no, hubo un antes). Antes hubo una propuesta para inmortalizar en bronce a Belmonte, un extremo del Irapuato, por haber logrado la hazaña de anotar el gol del empate de México ante País de Gales y conseguir un punto en un Mundial.

Quienes tienen menos de 15, en cambio, pudieron sentirse algo decepcionados porque Ana Guevara "sólo" consiguió plata olímpica y les parece normal que, en futbol, México le pueda ganar a Brasil, a Argentina o a Holanda.

A veces tengo la impresión de que el bueno de José Ramón Fernández (quien tenía 12 años cuando aquel gol de Belmonte) se quedó circulando con las placas de Manuel Seyde (el periodista de Excelsior autor del tenebroso concepto de "Ratones Verdes") y que todavía entiende aquel periodismo como "ejemplo de crítica". No haría mal en escuchar a Chucho Ramírez.

Todo esto me hace pensar que, en aproximaciones sucesivas, avanza la mentalidad triunfadora en México. Que las glorias del Gran Púas, la incansable marcha de Raúl González, los goles de Hugo y cada medallita, cada victoria por pequeña que haya parecido, han contribuido en esta importante construcción.

martes, octubre 04, 2005

Biopics: Música, futbol y Angel

Poco antes de la visita de Diane se celebró el Mundial de futbol en México. Fue pretexto perfecto para que mis papás compraran una tele a color, que inauguramos con el partido México-Unión Soviética. Invitamos a los Valle al cuarto de la tele, y disfrutamos el cero-cero escuchando como fondo las disquisiciones de mi mamá con doña Pepita Valle, que andaba en un día particularmente hipocondríaco.

Como la población estaba metidísima en el fut, las autoridades permitieron graciosamente un concierto gratuito de rock en Ciudad Universitaria. Tocó Canned Heat, un aceptable grupo de blues, muy conocido en México por la presencia del baterista Fito de la Parra. Fui con Víctor, Tina y Janette. Éramos como tres mil chavos en la explanada de las islas, y hasta el conjunto telonero, llamado The Rocking Foo, era bueno. Canned Heat estuvo pocamadre. Bob, el Oso, Hite era, además de todo, un gran animador. Blind Owl Wilson estaba muy pirado, pero era un músico sensible y extraordinario. Los organizadores nos pedían a cada rato que nos portáramos bien (“Nos están mirando. Esta es la oportunidad para que haya más conciertos como éste”), y les obedecimos. Al final, varios se metieron a los ojos de agua de CU, entre ellos Víctor y Paloma, la que no quiso ser mi novia. Iba con Alejandra, mi ex, quien me dijo, preocupada, que su amiga andaba mal: “le gusta comer muchas yerbas”. Regresamos a casa contentos, sintiéndonos, aunque fuera un poquito, ciudadanos jóvenes del mundo.

Poco tiempo después nos enteramos de que Canned Heat estuvo en México cortesía de Alfredo Díaz Ordaz Borja, porque fue el conjunto que amenizó la boda del hijo del presidente.

Después de ver el partido en el que México derrotó 4-0 a El Salvador, Víctor y yo nos dirigíamos a la Zona Rosa cuando vimos algo inédito. Una veintena de personas ondeaba banderas mexicanas (y una salvadoreña) junto al monumento del Angel de la Independencia. Fuimos al chisme. Gritamos “Mé-xi-co, Mé-xi-co”, tal y como nos lo impuso el anuncio de Viana. Seguimos a la gente que coreaba “Mé-xi-co-Bra-sil-Sal-va-dor-Pe-rú-U-ru-guay”, en febril latinoamericanismo. No llegamos a juntarnos cien personas, pero habíamos inaugurado una tradición.

El juego que todos esperaban era Brasil-Inglaterra. Los medios desarrollaron una abierta campaña brasileñista (cosa fácil, con el jogo bonito de la verde-amarelha) pero sobre todo anti-británica. Sucede que los medios ingleses, previo al Mundial, publicaron artículos en los que se denunciaban males como la corrupción, la represión y la simulación de los inversionistas prestanombres (el nacionalismo impedía a los extranjeros ser propietarios mayoritarios de las empresas, pero la inventiva nacional es inagotable). Tal vez porque entre esos medios estaba la BBC, y el gobierno mexicano actuó como el león que cree que todos son de su condición, todo el tiempo escuchábamos que los ingleses decían mentiras sobre México, que escupían en el plato del anfitrión y otros golpes de pecho. La fobia llegó a tal grado que mi mamá decidió no ponerse durante varios meses un vestido que tenía estampado el Union Jack (lo que aquí conocemos erróneamente como “bandera de Inglaterra” y que era parte de los dictados de la moda de Barnaby Street), no fueran a pensar que le iba a Inglaterra.

Ese era el único partido que le interesaba a Tina, convertida en rabiosa fan del equipo de la rosa por razones políticas. Nosotros coincidíamos en que había una manipulación del gobierno, pero los ingleses habían ganado con trampas el Mundial anterior y los brasileños tenían la magia de Tostao y de Pelé (O Rei). Tina se la pasó quejándose de la parcialidad del narrador de la tele (pues sí, era un brasileño) y de nuestros gritos cuando, en los albores del segundo tiempo, Jair hizo el gol que dio lugar a la posterior sambinha.

El partido clave para México era contra Bélgica. Un claro penal y una serena ejecución del Halcón Peña nos dieron el pase a cuartos de final. Como por inercia, fuimos al Angel, a ver si pasaba algo. Había cientos de personas, que luego fueron miles. Tengo grabada la imagen de Janette, su amiga Robin, González Rodarte y yo corriendo por Reforma, tomados de la mano, Raúl haciendo la “V” de la victoria con los dedos índice y medio, y sosteniendo un toque de mota con el anular, el meñique y el pulgar. Como con Víctor en el 68, nada más llegamos al Caballito. De regreso, en vez de militares malencarados, nos encontramos, en plena verbena, que los aficionados habían arrancado un enorme balón de futbol que adornaba la entrada del Hotel María Isabel y lo rodaban rumbo al Zócalo, donde amaneció.

Luego, el breve lapso de esperanza que nos dio el Calaca González frente a Italia, antes de que Calderón se convirtiera en Coladerón, el vibrante “partido del siglo” cuando Italia derrotó a Alemania en una batalla épica, en la que el Kaiser Beckenbauer fue el auténtico héroe y la final que coronó, con marca perfecta, al Scratch de Oro. Pero si me preguntan qué es lo que más recuerdo del Mundial del 70, responderé que fui a un concierto de Canned Heat, porque el rock empezaba a dejar de estar prohibido.